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El goteo de deserciones y expulsiones en Vox ha sido constante desde que Abascal y su cúpula eliminaron las primarias en 2019
La crisis interna de Vox se agudiza. Mientras en otros países la extrema derecha se consolida como un bloque de poder, en España el partido de Santiago Abascal se resquebraja desde dentro. La dimisión de Juan García-Gallardo, exvicepresidente de Castilla y León, ha encendido una mecha que amenaza con extenderse a otros territorios. Su salida no ha sido silenciosa: ha dejado un mensaje claro sobre el autoritarismo interno del partido, sobre las decisiones tomadas a dedo y sobre la falta de democracia interna.
La renuncia de García-Gallardo no es un episodio aislado. El goteo de deserciones y expulsiones en Vox ha sido constante desde que Abascal y su cúpula eliminaron las primarias en 2019, asegurándose el control absoluto sobre las listas y excluyendo a quienes no se plegaban a su línea. Lo que en su día fue una formación que se jactaba de su discurso regenerador se ha convertido en un partido cerrado, donde cualquier amago de disidencia se castiga con la expulsión.
El último ejemplo es la salida forzada de los procuradores Ana Rosa Hernando Ruiz y Javier Bernardo Teira Lafuente, que osaron pedir primarias para recuperar los «valores fundacionales» de Vox. Su destierro ha sido fulminante, siguiendo una lógica de purga interna que ha dejado fuera a nombres que en su momento fueron claves, como Rocío Monasterio o Iván Espinosa de los Monteros. El mensaje es claro: o se obedece sin rechistar o se está fuera.
EL PP OLFATEA LA SANGRE, PERO SIGUE PRESO DE SU PROPIO CINISMO
Este terremoto llega en un momento delicado para Vox. Mientras las encuestas muestran una ligera recuperación en la intención de voto, el Partido Popular ya ha puesto en marcha la maquinaria para absorber el descontento interno de la formación de extrema derecha. No es la primera vez que el PP se aprovecha de la crisis de un partido a su derecha. Lo hizo con Ciudadanos, fagocitando su estructura y arrebatándole sus votantes, y ahora apunta a Vox como próximo objetivo. Pero que nadie se engañe: el PP no es alternativa real, sino el reflejo moderado de la misma estrategia reaccionaria.
Feijóo ya no esconde su estrategia. En su intervención ante la Junta Directiva Nacional del PP, lanzó un dardo envenenado contra Abascal: «Nosotros vamos a darle propuestas y soluciones a los españoles, no somos la oposición de tumbona y sarao». El mensaje era evidente: Vox es una oposición ruidosa, pero el PP no es menos cómplice del desastre. Presentarse como un partido serio y pragmático solo demuestra que sigue siendo la misma maquinaria de poder dispuesta a adaptarse para sobrevivir.
Los populares también confían en que las crisis territoriales de Vox debiliten su poder autonómico y municipal. Castilla y León es el epicentro de la revuelta, pero el malestar interno no es exclusivo de esta comunidad. Extremadura, Castilla-La Mancha, Baleares y Cataluña también son focos de tensión donde podría repetirse el mismo escenario. En Murcia, donde Vox amenaza con tumbar los presupuestos, el PP ya contempla un adelanto electoral que le permita prescindir de sus socios ultras.
El leve repunte de Vox en las encuestas nacionales es un espejismo. El ascenso global de la extrema derecha, con figuras como Trump, Orban o Le Pen, crea la ilusión de una ola imparable que también beneficiará a Vox, pero la realidad en España es distinta. Mientras en otros países los ultras consolidan su poder, Vox sigue atrapado en luchas internas y purgas interminables. Su estructura de partido autoritario y dependiente del caudillismo de Abascal no permite que sus bases se organicen ni generen un liderazgo sólido fuera de su cúpula. Crecer en intención de voto no servirá de nada si el partido se sigue desmoronando desde dentro.
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