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La bronca no va de egos ni de tertulia barata: va de si el periodismo sirve para fiscalizar el poder o para montar persecuciones con cámara y coartada política.
EL PERIODISMO NO ES CORRER DETRÁS DE ALGUIEN CON UNA CÁMARA
Jordi Évole no necesitó levantar la voz. Le bastó con una frase cargada de veneno fino para dejar señalado el problema. El 28 de junio, la polémica ya estaba servida: Évole respondió en X a Vito Quiles después de que este se diera por aludido por unas declaraciones del presentador de Lo de Évole en el Festival de las Ideas y la Cultura (FIC), organizado por elDiario.es y celebrado en Rivas-Vaciamadrid los días 26 y 27 de junio.
“Por Dios, don Vito. Usted piense lo que quiera sobre mí. Ante todo, libertad. Y disculpe que igual le he pillado persiguiendo al novio de Ayuso y le estoy interrumpiendo en su maratoniana jornada laboral”, escribió Évole. Luego remató: “Su cinismo nos marca el camino. Feliz domingo”. Sarcasmo, sí. Pero no solo sarcasmo. También diagnóstico.

Porque aquí el asunto no es si Évole cae mejor o peor, ni si Quiles tiene más o menos seguidores en redes. La cuestión es más grave: una parte de la derecha ha decidido llamar periodismo a la intimidación, investigación al acoso y libertad de prensa al derecho a convertir las instituciones en un plató de agitación ultra. Y cuando alguien lo señala, la respuesta es la de siempre: victimismo, ruido y una bandera de “libertad” usada como trapo para tapar la basura.
El origen estaba en el FIC, donde Évole habló del futuro del periodismo y, preguntado por la evolución del oficio, lanzó una ironía directa: “Que al periodismo lo salvó Vito Quiles”. La frase era una bofetada sin contacto físico. Su deseo, explicó, es que la profesión vaya justo en dirección contraria a esas prácticas. Porque una cosa es incomodar al poder y otra muy distinta es perseguir a cualquiera que salga por una puerta con la excusa que toque ese día.
Évole lo expresó con bastante claridad: “Lo que está haciendo este chico es ponerse en la puerta del Congreso y, salga quien salga, perseguirle con cualquier excusa”. No hace falta mucho más. Ahí está el método. Esperar, abordar, grabar, lanzar una acusación, cortar el vídeo, subirlo a X y esperar que el algoritmo haga el resto. No es periodismo de investigación. Es caza de contenido.
Y conviene decirlo sin rodeos: las y los periodistas preguntan, investigan, contrastan, contextualizan, se equivocan a veces y rectifican cuando toca. Las y los agitadores buscan la escena, no la verdad. Buscan la humillación, no la información. Buscan que el vídeo circule antes de que nadie pueda comprobar nada. Es otra mercancía más del capitalismo de la atención: indignación empaquetada, conflicto instantáneo y una audiencia educada para confundir grito con valentía.
LA LIBERTAD DE PRENSA NO ES UNA PATENTE DE CORSO ULTRA
Vito Quiles respondió a Évole tirando de la tragedia de Adamuz y del ministro Óscar Puente. “Quiero pensar que no eres idiota. Tienes a un ministro con 46 muertos a sus espaldas y medio gobierno en la cárcel, no te atrevas a decir que mi periodismo no tiene justificación”, escribió en X. La frase lo dice casi todo. Un accidente con 46 víctimas mortales convertido en munición política inmediata. El dolor como argumento arrojadizo. La muerte como decorado para defender un estilo que vive precisamente de eso: de forzar el choque y luego presentarse como víctima.
Nadie discute que un ministro pueda y deba ser fiscalizado. Faltaría más. Nadie discute que las familias de las víctimas de Adamuz merecen verdad, responsabilidades y reparación. Lo obsceno es usar esa exigencia legítima para justificar cualquier práctica, cualquier persecución, cualquier teatrillo. La rendición de cuentas no necesita matonismo mediático. Necesita documentos, datos, investigación, preguntas bien hechas y perseverancia. Lo demás es espectáculo de saldo.
El problema es que el espectáculo funciona. Y funciona porque hay una industria detrás. Una industria política, mediática y económica que ha descubierto que sale muy rentable fabricar enemigos, señalar personas, provocar incidentes y luego vender cada límite institucional como censura. Es el negocio perfecto: si les dejan hacer, lo monetizan; si les frenan, también. Siempre ganan clics. Siempre ganan ruido. Y mientras tanto, el periodismo pierde terreno.
No es casual que Évole hablara de “cinismo”. La palabra pesa. Porque el cinismo consiste en envolverse en la libertad mientras se pisotean las condiciones mínimas para que la libertad exista. Consiste en gritar “prensa libre” mientras se deteriora el trabajo de las y los periodistas que sí acuden al Congreso a informar, no a montar performances. Consiste en acusar a medio mundo de servilismo mientras se actúa como correa de transmisión de una agenda política perfectamente reconocible.
El Congreso ya había sancionado a Quiles con tres meses de retirada de acreditación por grabar en zonas no autorizadas y difundir imágenes. No es un detalle menor. No hablamos de una anécdota simpática ni de un exceso juvenil. Hablamos de normas, de espacios institucionales, de límites que existen para que el trabajo informativo no se convierta en una jungla donde gana quien más empuja, quien más insulta o quien más rápido sube el vídeo.
Y ahí la derecha juega a dos bandas. Primero alienta estas prácticas porque le sirven. Después, cuando reciben una respuesta o una sanción, se pone solemne y habla de censura. Muy cómodo. Muy viejo. Muy cobarde también. Porque defender la libertad de prensa no es defender que cualquiera use una acreditación como arma de hostigamiento. Defender la libertad de prensa es proteger el derecho de la ciudadanía a recibir información, no basura con rótulo de exclusiva.
La respuesta de Évole no arregla el problema, claro. Un tuit no desmonta una maquinaria. Pero a veces una frase sirve para enfocar. “Su cinismo nos marca el camino” funciona porque retrata una época: la de los que confunden fiscalizar con acosar, informar con perseguir y libertad con impunidad. Y conviene no comprarles el marco.
El periodismo no lo salvará quien corre detrás de alguien buscando un corte viral; lo salvarán quienes aún creen que la verdad vale más que un linchamiento rentable.
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