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El nuevo presidente electo de Colombia no inventa nada: mezcla motosierra económica, cárcel como espectáculo y patria convertida en amenaza.
EL TIGRE QUE RUGE CON MANUAL AJENO
Abelardo de la Espriella no llega como una rareza política. Llega como síntoma. Su victoria en la segunda vuelta del 21 de junio, con un 49,66% frente al 48,70% de Iván Cepeda, no es solo un resultado estrecho, menor a un punto. Es la prueba de que la ultraderecha latinoamericana ha aprendido a vender el miedo con envoltorio de salvación nacional. Y funciona. A veces por cansancio, a veces por rabia, a veces porque las élites mediáticas llevan años preparando el terreno.
El 25 de junio, el Consejo Nacional Electoral le entregó la credencial como presidente electo. La escena fue casi perfecta para la épica reaccionaria: discurso religioso, patria herida, enemigos internos, promesa de auditoría, acusaciones de saqueo y esa vieja coreografía de quien habla como si acabara de liberar un país, no de ganar unas elecciones por la mínima. De la Espriella dijo que gobernaría para todas las colombianas y todos los colombianos, pero su campaña ha respirado otra cosa. Ha respirado castigo. Ha respirado revancha. Ha respirado una idea de democracia donde primero se señala al enemigo y luego se discute si conserva derechos.
No hay misterio ideológico. El propio personaje se vende como “el tigre colombiano”, en una copia de saldo del zoológico político que convirtió a Milei en “león” y a Bukele en gerente carcelario de la seguridad. El problema no es el apodo, aunque ya dice bastante. El problema es el paquete completo: antipolítica para llegar al poder, moralismo para blindarse, mano dura para aplastar disidencias y neoliberalismo para abrir la caja pública a los de siempre.
De Milei toma la fantasía de la poda salvaje. Reducir el Estado hasta en un 40%, bajar impuestos, desregular, prometer eficiencia mientras se prepara el terreno para que las y los trabajadores paguen la factura. Esa es la trampa. Llaman “casta” al adversario, pero después gobiernan con empresarios, gurús del ajuste, viejos poderes y oportunistas de toda la vida. El Estado solo les molesta cuando financia derechos. Cuando financia seguridad, contratos, privilegios o represión, entonces ya no es monstruo. Entonces es herramienta.
De Bukele toma lo más peligroso: la política convertida en celda. El modelo salvadoreño se vende como eficacia, pero las organizaciones de derechos humanos han documentado detenciones masivas y arbitrarias, denuncias de tortura, desapariciones forzadas, muertes bajo custodia y demolición del debido proceso desde el estado de excepción iniciado el 27 de marzo de 2022. El dato importa porque la propaganda lo esconde. La seguridad sin derechos no es seguridad popular: es administración del miedo desde arriba.
La frase atribuida a De la Espriella resume la pendiente: “Primero los derechos de la gente de bien y luego los bandidos”. Suena simple. Demasiado simple. Ahí está la trampa autoritaria entera. ¿Quién decide quién es “gente de bien”? ¿Quién reparte el carné moral? ¿La policía? ¿El Gobierno? ¿Un juez o una jueza bajo presión? ¿Un presidente rodeado de cámaras? En América Latina ya sabemos cómo acaba esa división. Siempre empieza contra “los criminales” y termina contra sindicalistas, estudiantes, periodistas, defensoras y defensores de derechos humanos, comunidades indígenas, campesinas y barrios pobres.
MANO DURA PARA ABAJO, MERCADO LIBRE PARA ARRIBA
El discurso de De la Espriella promete orden, pero no habla de justicia social. Promete fuerza, pero no igualdad. Promete patria, pero mira hacia Estados Unidos, hacia Israel, hacia el bloque internacional que entiende la seguridad como negocio y la política exterior como alineamiento automático. Su futura toma de posesión está prevista para el 7 de agosto, y antes incluso de llegar al cargo ya ha dejado clara su voluntad de restablecer relaciones con Israel, rotas por Gustavo Petro tras la masacre en Gaza. Ahí también hay una señal. El pacifismo no cotiza en la bolsa de la nueva derecha.
La receta es conocida: se culpa a los pobres de la inseguridad, se culpa al Estado de la crisis, se culpa a la izquierda de todos los males y se absuelve al capital. Siempre. Las causas estructurales desaparecen del mapa: desigualdad, abandono territorial, concentración de riqueza, economías ilegales, falta de servicios públicos, corrupción empresarial, guerra prolongada. Todo se resume en una palabra cómoda: “bandidos”. Y con esa palabra se fabrica permiso social para gobernar a golpes.
Colombia no necesita una motosierra. Colombia necesita escuelas, hospitales, reforma agraria, justicia territorial, cumplimiento de acuerdos de paz, empleo digno, protección ambiental, garantías para las víctimas y presencia estatal que no llegue solo con uniforme. Pero eso exige política. Exige negociación. Exige instituciones. Exige escuchar a quienes llevan décadas poniendo los muertos. La ultraderecha odia todo eso porque no cabe en un vídeo viral.
La campaña de De la Espriella también revela otra operación: la del falso outsider. Se presenta como ajeno al sistema, pero su victoria fue celebrada por grandes gremios empresariales y se apoyó en los viejos reflejos de las derechas continentales. No viene a romper la mesa. Viene a cambiar los comensales y dejar el menú igual, quizá más caro, quizá más cruel. La antipolítica suele ser la forma más rentable de la política tradicional cuando la política tradicional ya no se atreve a decir su nombre.
El estrechísimo margen electoral debería obligar a prudencia democrática. Más de 26,3 millones de colombianas y colombianos votaron sobre un censo de 41,4 millones. Cepeda anunció impugnaciones sobre unas 33.000 mesas. Hubo 427.000 votos en blanco. No es un cheque en blanco. No es una coronación. No es un mandato para desmontar derechos, perseguir adversarios ni importar modelos punitivos que ya están manchados por denuncias gravísimas.
Pero el populismo autoritario siempre hace lo mismo: convierte una victoria ajustada en mandato absoluto. Llama “pueblo” solo a quienes le votan. Llama “régimen” a todo lo anterior. Llama “libertad” al ajuste y “orden” a la represión. Y cuando alguien protesta, aparece la acusación de antipatria.
De la Espriella quiere imitar a Milei y a Bukele porque ha entendido el negocio político de época: gritar contra el sistema mientras se protege al poder económico, prometer seguridad mientras se degradan garantías, vender patria mientras se entrega soberanía. El tigre no viene a salvar Colombia; viene a demostrar que la jaula también puede pintarse con los colores de la bandera.
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