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Trump gasta miles de millones en armas, aviones y aliados autoritarios mientras millones de personas en su país no pueden comer.
EL APAGÓN SOCIAL DEL “HOMBRE MÁS PODEROSO DEL MUNDO”
Estados Unidos cumple 30 días de cierre del Gobierno federal, el más largo en más de una década. Lo que empezó como una disputa presupuestaria entre republicanos y demócratas se ha convertido en una demostración obscena de poder: Donald Trump ha decidido que si no gana, el país pierde.
El resultado se mide en colas. Colas frente a bancos de alimentos en Washington DC, en Maryland, en Virginia. Funcionarias, controladores aéreos, trabajadoras sociales y personal de museos federales hacen fila para conseguir verduras, leche y pan. Personas con empleo público que, desde el 1 de octubre, no han cobrado ni un dólar.
El presidente, mientras tanto, se ha negado a liberar 5.000 millones de dólares destinados al programa SNAP, que garantiza comida a 42 millones de personas en situación vulnerable. Prefiere reservar el dinero para su “opción nuclear”: una maniobra legal para aprobar los presupuestos sin negociar con el Congreso.
El contraste es brutal: Trump ha movilizado 20.000 millones para rescatar a la Argentina de Javier Milei, ha autorizado la compra de dos aviones privados Gulfstream por 172 millones de dólares para su secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y ha iniciado la demolición del Ala Este de la Casa Blanca para construir su propio salón de baile presidencial.
Estados Unidos es hoy un país en el que se disparan los gastos militares y se cierran los comedores infantiles.
EL HAMBRE COMO ARMA POLÍTICA
“Cada semana que pasa, si el gobierno sigue cerrado, más familias se quedarán sin ahorros y sin comida”, advierte Radha Muthiah, directora del Capital Area Food Bank, que ha abierto cinco nuevos puntos de reparto solo en la capital. En uno de ellos, la cola se extiende varias manzanas. Agnes, una granjera de Brandywine, reparte parte de su cosecha: “Hay que ayudar, esto nos afecta a todos”.
El 1 de noviembre, si nada cambia, el SNAP dejará de funcionar. El subsidio medio es de 330 dólares al mes para una familia de dos personas, el equivalente a 80 comidas. 400.000 personas solo en el área metropolitana de Washington dependen de esa ayuda.
A la par, más de 130 programas infantiles Head Start —que ofrecen educación y alimentación a 750.000 niños— dejarán de recibir financiación. El Programa WIC, que provee leche, frutas y cereales a 6 millones de madres y bebés, también se quedará sin fondos.
El senador Bernie Sanders ha denunciado que Trump viola la ley al negarse a liberar los fondos de emergencia, y ha advertido: “Está dispuesto a dejar que millones de niños pasen hambre si eso le reporta un rédito político”.
La cifra habla por sí sola: uno de cada ocho estadounidenses depende del SNAP. De ellos, más de un tercio son personas mayores o con discapacidad y dos de cada cinco hogares incluyen a alguien con empleo.
No es pobreza estructural, es pobreza programada. Un castigo deliberado en nombre de una cruzada ideológica contra los servicios públicos.
EL GRAN ROBO DE LA DIGNIDAD
Mientras el hambre se normaliza, Trump utiliza el cierre del Gobierno como rehén para destruir el Obamacare y forzar recortes masivos a Medicaid. Su Big Beautiful Bill, aprobada este verano, recorta un billón de dólares en sanidad y ayudas alimentarias y exigirá a los beneficiarios trabajar para recibir asistencia.
En la práctica, eso significa 10 millones de personas sin seguro médico en la próxima década. Personas que, en el país que más gasta en defensa del planeta, morirán por no poder pagar una consulta.
El presidente que se proclama “el elegido” para salvar a Estados Unidos está demoliendo no solo la Casa Blanca, sino también el contrato social que sostenía a su nación. Trump no ha cerrado el Gobierno: ha cerrado la compasión.
Y mientras el país más rico del mundo reparte nabos y cebollas entre sus empleados federales, los ricos siguen cenando en salones con vistas al hambre.
La foto del siglo XXI no es un cohete a Marte ni un rascacielos de cristal. Es una cola interminable frente a una carpa blanca en Maryland. Una mujer con una credencial federal esperando su turno para llenar una bolsa de comida.
Eso es hoy Estados Unidos: una superpotencia sostenida por bancos de alimentos.
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