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El fuego, que fue provocado según las autoridades competentes, se ha llevado por delante el 27,6% de la masa forestal de la isla.
El pasado 15 de agosto, el cielo de Tenerife se tiñó de naranja y gris, una mezcla trágica que delineó una de las catástrofes más devastadoras que ha sufrido España este año. Pero no estamos simplemente hablando de un incendio común y corriente. Se refiere Rosa Dávila, la presidenta del Cabildo insular, a un siniestro «salvaje» y «errático» que parecía tener vida propia, llegando al punto de desafiar las predicciones de expertos meteorológicos con su propio microclima.
Este incontrolable monstruo arrasó con el 6,7% de la superficie de Tenerife, haciendo que este paraíso insular entrara en el libro de los infames récords. Y si bien el número en sí es alarmante, la cifra se torna más sombría al percatarnos que casi un tercio de su pulmón verde, un preciado 27,6% de su masa forestal, ha sido reducido a cenizas.
Pero, ¿qué nos dicen estos números? Sí, España ha visto incendios antes. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el fuego no solo quema, sino que desafía las leyes de la naturaleza?
UNA CARRERA CONTRA EL FUEGO, LA «TORMENTA PERFECTA»
El Observatorio Astronómico del Teide, una joya de la ciencia, fue uno de los tantos que vio de cerca la amenaza de este devastador enemigo. A medida que el fuego avanzaba, arrastrándose por la isla, su avance «extremadamente errático» hizo que las primeras horas fueran cruciales, pero complicadas. Como bien apunta la presidenta del Cabildo, «el fuego fue ingobernable». Un recuerdo que, según el presidente de Canarias, Fernando Clavijo, fue comparable a «una tormenta perfecta».
Con la orografía y la vegetación de Tenerife jugando en contra, con barrancos abruptos y una masa verde lista para arder, la situación pronto se salió de control. Y en medio de todo esto, un dato que no puede pasarse por alto: las palabras de Clavijo aludiendo a que quien provocó el fuego lo hizo «con pleno conocimiento de causa y con una clara intencionalidad».
No es suficiente decir que este fue un incendio de grandes proporciones. Debemos recalcar que fue un incidente inusual, donde la rapidez y la virulencia se unieron para crear un escenario sin precedentes. Las pavesas, partículas inflamadas, jugaron un papel esencial, sumado a las condiciones ambientales que crearon una auténtica trampa para la isla. Como si estuviera narrando una película de terror, Clavijo menciona cómo las piñas en los pinares estallaban como «cotufas» (palomitas de maíz), llevando el fuego a donde quisieran.
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