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Cuatro mujeres y un menor asesinados en un solo día exponen el fracaso sistémico de una sociedad que sigue sin protegerles
RADIOGRAFÍA DE UNA JORNADA TRÁGICA
En apenas 24 horas, cuatro mujeres fueron asesinadas por violencia machista en España. Cuatro nombres, cuatro historias, cuatro silencios. El primero ocurrió en Algemesí (València) a las 6:30 del martes 25 de junio: una mujer de 44 años fue degollada en su domicilio junto a su hijo de 9 años, también asesinado. El agresor era su expareja, contra la que había interpuesto varias denuncias. El niño, huérfano de instituciones, acabó muerto por el mismo hombre que debió estar lejos.
A las 10:15 en Gijón (Asturias), una mujer de 48 años fue hallada sin vida. El sospechoso, su pareja, intentó después quitarse la vida. Dos horas más tarde, en Las Palmas de Gran Canaria, una mujer fue asesinada a puñaladas en el barrio de Guanarteme. La policía detuvo a su pareja poco después. Por la tarde, en Ruguilla (Guadalajara), una joven de 27 años fue estrangulada por su expareja, que huyó y se entregó posteriormente. Ninguno de estos crímenes fue un acto impulsivo. Todos fueron anuncios ignorados.
Cada uno de estos asesinatos estaba precedido de señales, de alertas, de contextos de control, de miedo, de denuncias sin respuesta o con respuesta insuficiente. Y, sin embargo, la noticia volvió a tratarse con un pudor que escuece: titulares tibios, enfoques ambiguos, cobertura interrumpida por el calor, el tráfico o las rebajas.
LAS PEQUEÑAS POBLACIONES COMO EPICENTRO INVISIBLE
Lo que une a estos crímenes no es solo el género de las víctimas. Es el mapa. Tres de las cuatro mujeres asesinadas vivían en localidades de menos de 100.000 habitantes. Lugares donde el anonimato es imposible, pero el aislamiento también. Donde denunciar significa enfrentarse no solo al agresor, sino al pueblo entero.
Según datos del Ministerio de Igualdad, el 57% de los asesinatos machistas entre 2010 y 2023 se produjo en municipios de tamaño medio o pequeño. Y en la mayoría de ellos, no existe casa de acogida, ni punto violeta, ni profesional especializado permanente. Lo que sí existe es miedo. Y el silencio. Y las puertas cerradas. Las mismas que esconden la violencia hasta que es demasiado tarde.
La España vaciada está también vacía de recursos para la protección de las mujeres. No basta con carteles institucionales el 8 de marzo ni con pulseras telemáticas que no siempre se activan. Las mujeres y niñas en estos territorios están desprotegidas en lo esencial: el acceso real, cotidiano y permanente a la ayuda que puede salvar sus vidas.
EL IMPACTO INVISIBLE: VÍCTIMAS MÁS ALLÁ DE LAS ASESINADAS
El asesinato de una mujer nunca es solo suyo. No lo es cuando muere ante la mirada de sus hijas e hijos, cuando su cuerpo queda expuesto a la opinión pública, cuando su comunidad se despierta con el eco del crimen. En Algemesí, el niño de 9 años fue asesinado junto a su madre. No fue una víctima colateral: fue una víctima directa del machismo asesino. Como lo son las 429 hijas e hijos que han quedado huérfanos desde 2013 por violencia machista en España, según datos oficiales del Gobierno.
El asesinato machista no termina con la muerte. Continúa en el trauma de la infancia, en la cadena de dolor que se extiende por generaciones. Vecinas que escucharon los gritos, familiares que alertaron sin ser escuchadas, profesoras que notaron algo raro y no supieron qué hacer. Porque no basta con formar a juezas y jueces: hay que formar a toda la sociedad. Porque no basta con proteger a quien denuncia: hay que intervenir antes de que esa denuncia sea necesaria.
¿HASTA CUÁNDO? EXIGENCIA URGENTE Y NECESARIA
Cada crimen machista es un fracaso del Estado. Uno más. No es una tragedia privada. Es una responsabilidad colectiva. Y lo seguirá siendo mientras el presupuesto contra la violencia de género sea insuficiente, las campañas institucionales sean testimoniales, y los planes educativos no incluyan formación emocional, feminista e igualitaria desde Infantil.
En 2024, el Gobierno destinó 301 millones de euros a la lucha contra la violencia machista. Al mismo tiempo, aumentó en 4.300 millones el gasto militar. ¿Qué dice eso de nuestras prioridades como país? Que es más fácil invertir en tanques que en salvar vidas.
No se trata solo de castigar. Se trata de prevenir, proteger y reparar. De hacer un plan nacional que ponga a las mujeres en el centro, con medios, con personal, con plazos. De dejar de improvisar duelos públicos cada vez que nos asesinan a una más. Porque cada minuto sin actuar es una cuenta atrás para la siguiente.
No hay sociedad democrática posible mientras ser mujer implique jugarse la vida por amar, por romper o por existir.
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