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Un planeta al borde del colapso que aún seguimos alimentando
Las cifras son tan claras que duelen. El mundo aumenta en 2025 un 1,1% sus emisiones de CO₂ procedentes de petróleo, gas y carbón, según el Global Carbon Budget. Nada se frena. Nada se replantea. Nada cambia al ritmo necesario. Y mientras las y los científicos repiten que “se están haciendo cosas”, también subrayan lo esencial: se hacen demasiado tarde y demasiado lento, justo cuando todo indica que el límite de 1,5 ºC está a punto de reventar.
La COP30 en Brasil no es un cónclave diplomático; es el espejo de un sistema económico que prefiere la ruleta rusa al autocontrol colectivo. Allí, Donald Trump amenaza con dinamitar cualquier acuerdo global, y Brasil se juega ser la COP del freno real o la COP en la que se certificó que el planeta perdió el rumbo.
Estamos sentenciándonos. Y no por falta de avisos, sino por exceso de codicia.
LA ARITMÉTICA DEL COLAPSO QUE NADIE QUIERE MIRAR
Los datos del Global Carbon Budget son demoledores. El carbón sube un 0,8%, el petróleo un 1% y el gas un 1,3%, empujando las emisiones globales hasta las 38 gigatoneladas de CO₂, un 72% más que en 1990. Son números que describen un crimen lento y perfectamente documentado.
China, Estados Unidos, la UE e India aumentan sus emisiones respecto a 2024, aunque por motivos distintos. China podría estar cerca de su pico, la UE muestra un repunte leve (0,4%), India avanza inexorable (1,4%) y EE.UU. hace justo lo contrario de lo que debería: crece casi un 2%. Ese salto estadounidense confirma que el discurso climático se ha convertido en propaganda partidista mientras la atmósfera se llena de dióxido invisible pero letal.
El investigador Pep Canadell, del CSIRO australiano, alerta sobre una tendencia que ya es política de Estado: el gas seguirá varios años en la matriz energética global, y eso es incompatible con la descarbonización. Lo repite de manera casi quirúrgica. Nadie escucha.
Y mientras tanto, el presupuesto de carbono compatible con 1,5 ºC está “virtualmente agotado”. Según el propio informe, en cuatro años habremos quemado todo el margen que quedaba para no sobrepasar el abismo.
Pero los gobiernos siguen actuando como si el clima fuera un videojuego con vidas infinitas.
GEOECONOMÍA DEL DESASTRE Y LA COP QUE DECIDE SI HAY FUTURO
Belém do Pará acoge una COP histórica. No por optimismo, sino por urgencia. Lula da Silva exige una hoja de ruta justa y planificada para superar los combustibles fósiles, pero lo hace mientras los eurodiputados del Partido Popular votan en contra de los objetivos climáticos de la UE. Un gesto que blanquea el negacionismo climático, legitima los intereses fósiles y entrega el futuro a quienes viven del presente más sucio.
El 75% de todo el CO₂ acumulado en dos siglos procede de quemar combustibles fósiles. Es física básica, no ideología. Y sin embargo, en los parlamentos europeos y en los congresos americanos se sigue discutiendo si actuar es demasiado caro, como si el precio de la inacción no fuera exactamente la devastación.
Los planes remitidos a la ONU para 2035 suman apenas una reducción del 12%, cuando debería ser más del doble. Canadell lo resume sin adornos: “las políticas actuales nos proyectan a un calentamiento de 2,8 ºC”. Esa cifra no es un escenario; es una condena. Un mundo a +2,8 ºC es un mundo de incendios permanentes, cosechas fallidas, migraciones masivas y océanos irreconocibles.
Mientras los países discuten, las empresas fósiles consolidan beneficios y capturan gobiernos. Mientras las y los jóvenes marchan por las calles, los despachos deciden retrasarlo todo. Y mientras las y los activistas arriesgan su libertad, los culpables reciben subvenciones, rescates y complicidades institucionales.
Lula quiere que esta COP sea “la COP de la verdad”. La verdad ya está escrita: si no se detiene el aumento de emisiones este mismo lustro, no habrá vuelta atrás.
No es el clima lo que está fallando. Somos nosotros. Y todavía hay quien dice que exageramos.
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