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LA TENTACIÓN DEL PACTO
Decir que con el fascismo no se negocia no es una consigna, es una advertencia histórica. Cada vez que se intentó pactar con él, la humanidad pagó el precio en sangre, silencio y ceniza. No hay diálogo posible con quien niega la dignidad del otro, del diferente, del pobre o del exiliado. Negociar con el fascismo es otorgarle estatus político a lo que en realidad es un proyecto de destrucción.
El fascismo no quiere gobernar, quiere dominar. No busca representación, busca sumisión. No acepta la pluralidad, la extirpa. La historia del siglo XX lo demostró con claridad brutal: Mussolini fue invitado a formar gobierno por el rey; Hitler fue votado en el Parlamento y designado canciller por los conservadores que creyeron poder controlarlo; Franco fue bendecido por la Iglesia y financiado por las élites económicas. Ninguno necesitó asaltar el poder a la fuerza: se lo entregaron quienes pensaron que podrían pactar con él.
Y así nace siempre el fascismo: de una alianza entre el miedo de las clases medias, el cinismo de las élites y la desesperación de los desposeídos. No llega del subsuelo, como repite la mitología liberal, sino del despacho. Lo incuban quienes, en nombre del orden, deciden que un poco de barbarie puede ser útil para conservar los privilegios.
EL FASCISMO NO SE DISCUTE, SE DESOBEDECE
Negociar con el fascismo es asumir que puede ser domesticado. Pero su naturaleza es expansiva. El fascismo no se sienta en una mesa: la rompe. No reconoce el derecho del adversario a existir, y por tanto, todo intento de acuerdo se convierte en su victoria moral. Es el lobo al que se le abre la puerta esperando que coma con modales.
El antifascismo, en cambio, no es un extremismo opuesto. Es el límite ético que preserva la civilización. No es odio, es defensa. No es intolerancia, es supervivencia. Quienes acusan al antifascismo de fanatismo olvidan que sin él no habría democracia, ni sindicatos, ni prensa libre, ni educación pública, ni voto femenino. Olvidan que cada derecho social se conquistó contra quienes hoy se llaman patriotas mientras desmantelan la sociedad que dicen proteger.
El fascismo no se alimenta de argumentos, sino de impunidad. Vive del espectáculo, de la indignación perpetua, de la simplificación moral. Por eso el combate no es solo ideológico, es cultural, económico y afectivo. No basta con desmentir sus bulos; hay que disputar el deseo de quienes los creen. Hay que ofrecer horizontes donde la gente encuentre dignidad, no solo discursos.
Combatir el fascismo no es solo enfrentarse a sus líderes, sino a las estructuras que lo hacen posible: los medios que lo blanquean, los empresarios que lo financian, las instituciones que lo legitiman, las redes que lo amplifican, los partidos que lo toleran por cálculo electoral. Cada silencio, cada equidistancia, cada apelación vacía a la “unidad nacional” es una rendición preventiva.
NO ES UNA BATALLA DEL PASADO, SINO DEL PRESENTE
Hay quienes repiten que el fascismo murió en 1945. Es falso. El fascismo muta: cambia las botas por corbatas, los desfiles por platós de televisión, los campos de concentración por fronteras externalizadas. Hoy su rostro es el algoritmo, su propaganda la desinformación, su bandera la identidad convertida en mercancía.
Cuando se criminaliza la pobreza, cuando se encierra a quienes migran, cuando se banaliza el odio en los debates, el fascismo está entre nosotros. Cuando un ministro apela a la seguridad para justificar la censura, cuando un juez filtra a la prensa para destruir a un adversario político, cuando una empresa amenaza con deslocalizar empleos para imponer silencio, el fascismo opera. No necesita tanques: le basta con la pasividad de las y los demócratas.
Combatirlo significa no normalizarlo. No invitarlo a los platós, no citarlo como si fuera una opinión más, no compartir sus marcos de lenguaje. Combatirlo es educar, organizar, movilizar, votar, escribir, resistir, recordar. Es no olvidar que la democracia no se defiende con declaraciones, sino con límites claros y memoria viva.
Negociar con el fascismo es aceptar que la libertad tiene precio. Y no lo tiene. Ningún pacto con el miedo ha traído justicia. Ninguna tregua con la mentira ha traído verdad. El antifascismo no es una postura política: es una posición moral ante la historia.
Porque cuando el fascismo llega, no se discute con él. Se le enfrenta, se le desobedece, se le arrincona hasta que vuelva a donde pertenece: a los manuales de advertencia
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