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El PSOE y Sumar se aferran a la aritmética imposible mientras Junts dinamita el tablero político con un “no” a todo.
LA GOBERNABILIDAD COMO FICCIÓN
El Gobierno de Pedro Sánchez se mueve entre la negación y la resistencia. Junts ha decidido bloquear la legislatura entera, salvo cinco leyes ya pactadas antes del divorcio con Moncloa, y el Ejecutivo responde con su manual habitual: restar importancia, prometer diálogo y repetir que todo seguirá “votación a votación”.
Pero esta vez el bloqueo es total. Míriam Nogueras lo ha dejado claro: se acabó hacer de muleta. El independentismo posconvergente no aprobará los Presupuestos Generales del Estado, ni las reformas judiciales, ni la ley de secretos oficiales, ni ninguna de las 25 normas en tramitación. Lo que queda es una legislatura suspendida en el aire, sin capacidad de legislar, sostenida únicamente por la aritmética parlamentaria y la obstinación política.
Desde el Gobierno se repite el mantra de que solo una moción de censura puede tumbar al presidente, pero esa hipótesis requiere algo más que magia: PP, Vox y Junts votando juntos un candidato alternativo. Una imagen tan improbable como tóxica. Por eso en Moncloa insisten en que “no hay KO mientras no haya moción”. La estrategia es aguantar, incluso sin Presupuestos, con las cuentas prorrogadas de 2023 y un discurso de estabilidad que choca con la realidad: un Congreso paralizado por un juego de vetos cruzados.
El diagnóstico es de parálisis, aunque el Ejecutivo lo disimule con eufemismos como “responsabilidad” o “mano tendida”. Carlos Cuerpo, ministro de Economía, ha repetido el guion oficial: “Seguiremos trabajando ley a ley”. Pero las leyes ya están muertas antes de nacer. La geometría variable se ha convertido en geometría imposible.
En los pasillos de la Cámara, la sensación es que Sánchez y Díaz siguen al frente de un barco sin timón, movido por inercia política y por el miedo a reconocer que el ciclo puede haber terminado. Moncloa confía en resistir hasta 2027, aunque la legislatura esté clínicamente muerta.
JUNTS, EL BOTÓN DE EMERGENCIA CATALÁN
El golpe de Junts es más político que aritmético. Puigdemont necesita diferenciarse de ERC y sobrevivir al ascenso de Aliança Catalana, que le disputa el voto soberanista desde la ultraderecha. Por eso Nogueras no se limita a oponerse: anuncia un “no” programático, una ruptura total con el Ejecutivo y un desafío a los que confiaban en que todo seguiría igual. “Es un baño de realidad”, dijo.
El Gobierno lo interpreta como una rabieta electoral. Junts lo plantea como un pulso de poder. En ese tablero, todos ganan algo de tiempo, aunque nadie gane nada de fondo.
Desde Sumar, Yolanda Díaz intenta mantener el relato del diálogo y la utilidad. En el Congreso, retó a Junts a votar contra los permisos retribuidos por fallecimiento de familiares. Ironizó: “El Gobierno de coalición le sienta muy bien a Catalunya”. Un dardo envenenado que refleja la impotencia del socio minoritario ante una mayoría que ya no existe.
Los Comuns y Izquierda Unida repiten la consigna: la legislatura no peligra. Pero ese optimismo es puro voluntarismo. ERC, en cambio, se desmarca. Gabriel Rufián lo dijo sin rodeos: “Son muy pesados. Esto ya va de quién aguanta más, si Feijóo o Sánchez”.
En la bancada socialista, algunos ministros creen que la estrategia pasa por aguantar y culpar del bloqueo a Junts. “Quien tumba, pierde”, repiten, evocando la derrota parlamentaria de la jornada laboral reducida que se convirtió en victoria social. Pero la calle no siempre compensa la aritmética.
Por ahora, los socios más leales —EH Bildu, el BNG o el PNV— mantienen su apoyo. Oskar Matute lo resumió con pragmatismo vasco: “Mientras haya ventana de oportunidad, seguiremos negociando”. La ventana, sin embargo, se estrecha cada semana.
Feijóo, mientras tanto, observa el espectáculo desde la oposición, sin arriesgarse a presentar una moción de censura que no prosperaría. Prefiere describir el escenario como “una legislatura acabada y agónica”. Vox aplaude desde la grada. Y Sánchez, fiel a su instinto de supervivencia, sigue citando el argumento más viejo del poder: la legitimidad de quien resiste.
El problema es que resistir no es gobernar. Y gobernar sin legislar es una forma sofisticada de agonía democrática.
Una legislatura puede morir sin caer.
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