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Los demócratas de Estados Unidos exigen que el hermano del rey Carlos III testifique ante el Congreso para esclarecer los vínculos entre la red de prostitución de Jeffrey Epstein y Donald Trump.
DE “SU ALTEZA REAL” A SOSPECHOSO INTERNACIONAL
El jueves 6 de noviembre marcó el final de una era, aunque pocos en el Palacio de Buckingham se atrevieron a decirlo en voz alta. Andrew Mountbatten Windsor, hasta hace poco “Su Alteza Real el príncipe Andrés”, perdió oficialmente su título y cualquier tratamiento vinculado a la realeza británica. Lo que parecía una sanción simbólica por sus relaciones con el magnate Jeffrey Epstein —condenado por explotación sexual de menores— se ha convertido ahora en una crisis internacional.
El Parlamento estadounidense, empujado por el ala demócrata, exige que Andrew testifique ante la Cámara de Representantes sobre su papel en la red de prostitución de Epstein. No se trata solo de su propia responsabilidad. El objetivo de fondo es otro: incriminar al presidente Donald Trump, cuyo nombre aparece vinculado en decenas de testimonios y documentos que, sin embargo, siguen ocultos por decisión del Partido Republicano.
Andrew, que ya había sido apartado de los actos oficiales y reducido al ostracismo familiar, enfrenta ahora una ofensiva política de alcance global. La monarquía británica, que lleva décadas gestionando escándalos sexuales con la precisión de una empresa de relaciones públicas, ve en este caso un punto de no retorno.
El “caso Epstein” se ha convertido en el espejo donde se refleja la podredumbre del poder: hombres ricos, impunes y protegidos por estructuras que lo encubren todo, desde Nueva York hasta Londres.
EL BLOQUEO REPUBLICANO Y EL MIEDO A TRUMP
El control republicano de la Cámara de Representantes mantiene por ahora a salvo a Andrew Mountbatten Windsor y a Donald Trump. El presidente de la Cámara, Mike Johnson, se ha erigido como guardián de ese silencio. Su estrategia es clara: impedir cualquier investigación que pueda rozar al magnate.
Johnson incluso ha bloqueado la toma de posesión de Adelita Grijalba, congresista electa por Arizona, precisamente porque se ha comprometido a firmar la moción para publicar los documentos secretos de la red de Epstein. Esa moción, respaldada por 217 representantes demócratas y cuatro republicanos, permitiría desclasificar la lista completa de clientes y colaboradores. Solo falta una firma para alcanzar la mayoría necesaria de 218 votos.
El presidente del Comité de Supervisión, James Comer, ha declarado sin pudor que no hace falta investigar a Trump “porque el propio presidente ha dicho que no está en la lista”. En ese tipo de declaraciones se resume el nivel de impunidad que protege al poder cuando el poder se investiga a sí mismo.
Aun así, los demócratas han enviado una carta formal al ex príncipe Andrew, advirtiendo que, si recuperan el control de la Cámara tras las elecciones del próximo año, no dudarán en citarlo. En Estados Unidos, una citación del Congreso tiene fuerza legal equivalente a la de un tribunal, y negarse puede implicar penas de prisión.
La Casa Blanca y Buckingham comparten el mismo temor: que un testimonio del hermano del rey destape la conexión directa entre Epstein, Trump y una red global de prostitución de élite.
UN ESCÁNDALO QUE PUEDE QUEBRAR LA “RELACIÓN ESPECIAL”
El Reino Unido intenta minimizar el daño, pero el golpe simbólico es devastador. Andrew ya no es “príncipe”, ni “real”, ni “representante de la Corona”. Es un hombre degradado, perseguido por su pasado y temido por su silencio. Su testimonio podría arrastrar a políticos, empresarios, diplomáticos y miembros de la realeza que durante años se movieron en el entorno de Epstein con absoluta normalidad.
La prensa británica guarda silencio selectivo. Los tabloides hablan de “vergüenza familiar”. La BBC, de “asunto cerrado”. Pero en Washington nadie lo da por cerrado. El caso Epstein —esa mezcla de tráfico sexual, dinero negro y chantaje político— sigue latiendo bajo la superficie.
Si los demócratas logran reabrir la investigación, la relación entre Estados Unidos y el Reino Unido entrará en su mayor crisis desde la Guerra de Irak. Londres teme un efecto dominó: cada declaración podría comprometer a la familia real y dañar la imagen internacional del país en plena recesión.
No se trata solo de un escándalo moral. Es una cuestión de poder y de clase. De cómo los hombres más influyentes del planeta usaron sus privilegios para esconder delitos que cualquier ciudadano anónimo habría pagado con décadas de cárcel.
Andrew Mountbatten Windsor ya no tiene corona ni escudo. Solo le queda una verdad que puede destruir a muchos más que a él.
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