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Cuando una institución pública deja de proteger a las y los trabajadores para glorificar al poder
Hay algo profundamente torcido en el Departamento de Trabajo de Estados Unidos. No es solo el ruido habitual de escándalos personales o investigaciones administrativas, que ya de por sí serían graves si se confirman. Lo que está ocurriendo ahora va más allá. Una agencia creada para defender a las y los trabajadores ha sido transformada en un altavoz de propaganda presidencial, cuidadosamente diseñada, repetitiva y emocional, con un lenguaje que no busca informar ni proteger derechos, sino moldear obediencia.
Durante las últimas semanas, las cuentas oficiales del Departamento han abandonado cualquier rastro de su misión histórica. En lugar de recordar obligaciones empresariales, inspecciones laborales o sanciones por abusos, difunden vídeos y gráficos con estética distópica y música solemne. El mensaje no es neutral. “Recuerda quién eres, estadounidense”, se lee bajo un lema inquietante: “Una patria. Un pueblo. Una herencia”. No es una coincidencia semántica. Es una cita ideológica.
Ese tríptico resuena de inmediato con la consigna nazi “Un pueblo, una nación, un líder”, utilizada en la Alemania de los años treinta para fusionar identidad nacional, homogeneidad étnica y culto al jefe. No hace falta exagerar para verlo. Basta con mirar. La propaganda no necesita copiar palabra por palabra; le basta con replicar la estructura emocional.
El goteo continúa. “Fe en Dios. Ley y orden. Orgullo en nuestra patria”. “El dominio globalista ha terminado”. “Hace un año este país estaba muerto”. “Ahora somos el país más caliente del mundo porque por fin tenemos un presidente que pone a América primero”. El Departamento de Trabajo habla como un comité de campaña, no como una institución pública.
La iconografía refuerza el mensaje. Familias blancas de los años cuarenta, niñas y niños sonrientes, escenas de iglesia, referencias explícitas a Dios y a la obediencia. Donald Trump aparece una y otra vez, recortado en silueta heroica, acompañado de consignas como “Nunca rendirse”, “Patriotas al mando” o “Confía en el plan, confía en Trump”. No se informa. Se venera.
ESTÉTICA TOTALITARIA, MENSAJE FASCISTA
El parecido con la propaganda nazi no es una hipérbole retórica. El propio United States Holocaust Memorial Museum describe cómo, durante el Tercer Reich, la exaltación pública de Adolf Hitler era constante y omnipresente. Se le presentaba como la encarnación viva de la nación, el salvador que devolvía el orgullo, el empleo y la grandeza a un país humillado. El paralelismo es incómodo porque funciona.
A ese culto a la figura del líder se suma otro elemento clásico: el enemigo difuso. El Departamento repite el término “globalistas” como causa de todos los males. No define quiénes son, pero no hace falta. Es un silbato para perros, un código habitual en teorías conspirativas racistas y antisemitas que señalan a élites ocultas, extranjeras y desleales. Exactamente la lógica que el nazismo aplicó contra judías, judíos y otros grupos considerados “ajenos”.
La frontera entre Estado e Iglesia también se diluye. La imaginería cristiana no es decorativa. Sirve para legitimar un proyecto de nación blanca, cristiana y excluyente, incompatible con una democracia plural. Cuando una agencia pública adopta ese lenguaje, no está expresando una opinión: está usando recursos comunes para imponer una cosmovisión.
El cinismo alcanza un punto especialmente obsceno cuando, pocos días después del asesinato de Renee Good a manos de un agente de inmigración, una cuenta oficial afirma que “las deportaciones masivas están mejorando la calidad de vida de los estadounidenses”. Convertir la violencia estatal en eslogan de bienestar es una forma de deshumanización.
EL DESPRECIO INSTITUCIONAL A LAS Y LOS TRABAJADORES
Nada de esto ocurre en el vacío. La propaganda acompaña una política material profundamente hostil hacia las y los trabajadores. Bajo Trump, los salarios han perdido poder adquisitivo, la sindicalización ha sido atacada y las protecciones laborales se han debilitado. La plantilla federal ha sido intimidada y purgada mediante mecanismos como DOGE, con decenas de miles de empleadas y empleados evaluados no por su competencia, sino por su lealtad política.
En el propio Departamento de Trabajo, la situación es desoladora. Servicios de oración religiosa en la sede central. Moral hundida. Un enorme cartel con el rostro de Trump colgado de la fachada del edificio Francis Perkins, vigilando simbólicamente a la ciudad. La institución deja de servir al público para servir al líder.
La campaña en redes no es un error aislado de comunicación. Es coherente con un proyecto de captura del Estado. Cuando una agencia laboral glorifica al presidente y culpa a enemigos imaginarios, abandona su razón de ser. No está defendiendo a camareras, repartidores, enfermeras y enfermeros, obreras y obreros. Está preparando el terreno para su disciplinamiento.
Estados Unidos es un país construido por personas migrantes, por comunidades diversas, por luchas obreras durísimas contra el capital. El Departamento de Trabajo nació para equilibrar, aunque fuera mínimamente, esa balanza. Hoy esa historia es pisoteada por una estética autoritaria que blanquea el poder y criminaliza al diferente.
No es solo vergonzoso. Es peligroso. Y es una advertencia escrita con tipografía institucional: cuando la propaganda entra por la puerta principal, los derechos salen por la de atrás.
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