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La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán confirma el colapso del orden internacional basado en reglas y abre paso a una política global gobernada por la fuerza.
Durante décadas se nos vendió la idea de que el mundo había aprendido algo de las guerras del siglo XX. Tras 1945 y, sobre todo, después del final de la Guerra Fría en 1991, se construyó una arquitectura institucional que prometía contener la barbarie: Naciones Unidas, el derecho internacional, tribunales globales y acuerdos multilaterales. No era un sistema perfecto. De hecho, estaba lleno de abusos, hipocresías y violaciones flagrantes. Pero al menos existía la ficción de que las normas importaban.
Hoy esa ficción se está desmoronando.
La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán en 2026 es una señal brutal de ese cambio de época. No solo por la dimensión del conflicto, sino por el mensaje político que envía: ya no hace falta justificar la guerra, ni siquiera fingir que existe un marco legal que la limite. Si en 2003 la invasión de Irak se sostuvo sobre mentiras cuidadosamente fabricadas para convencer al mundo, ahora ni siquiera se pierde tiempo en ese teatro.
La guerra se presenta como un hecho consumado. Se ataca primero. Se explica después.
Y el derecho internacional queda reducido a un decorado inútil.
Este deterioro no ocurre en el vacío. Coincide con un momento histórico en el que varias potencias han decidido abandonar cualquier pretensión de contención. El resultado es una transformación profunda del sistema internacional: la política global deja de organizarse alrededor de reglas y vuelve a hacerlo alrededor del poder militar.
El planeta regresa así a un modelo más antiguo, más brutal y más familiar en términos históricos: la ley del más fuerte.
EL FIN DEL MULTILATERALISMO
Durante los últimos 30 años, el sistema internacional funcionó bajo una idea central: la cooperación multilateral podía moderar los conflictos entre Estados. De esa lógica surgieron instituciones como el Tribunal Penal Internacional, la Organización Mundial del Comercio o el panel científico sobre cambio climático (IPCC).
Ese modelo nunca fue altruista. Estados Unidos lo impulsó porque también servía a sus intereses estratégicos. Pero aun así implicaba cierto grado de responsabilidad global: mantener alianzas, respetar normas y sostener un marco de estabilidad.
Ese equilibrio ha saltado por los aires.
El trumpismo ha acelerado un giro que ya venía gestándose desde hace años. En 2026, Washington ha abandonado cualquier pretensión de liderazgo institucional para adoptar una estrategia basada en la presión directa: guerras preventivas, sanciones unilaterales, aranceles como arma geopolítica y una creciente hostilidad hacia organismos internacionales.
La Casa Blanca no solo ha dejado de proteger el orden internacional. Está contribuyendo activamente a desmontarlo.
El patrón es evidente. Estados Unidos ha bombardeado objetivos en Oriente Próximo sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Ha lanzado operaciones militares sin control del Congreso estadounidense. Y ha presionado a países aliados para alinearse con sus decisiones sin debate público.
En paralelo, se intensifica una lógica económica igualmente agresiva: guerras comerciales, fragmentación de cadenas de suministro y una creciente instrumentalización de la economía como arma estratégica.
El resultado es una fractura global.
Las alianzas internacionales pierden estabilidad. Los acuerdos comerciales se debilitan. Las instituciones multilaterales se vuelven irrelevantes.
El mundo se fragmenta en bloques cada vez más hostiles entre sí.
LA NORMALIZACIÓN DE LA FUERZA
En este nuevo escenario, el papel de Israel resulta decisivo.
La ofensiva sobre Gaza tras el ataque de octubre de 2023 abrió una etapa marcada por un nivel de violencia difícil de comparar con conflictos recientes. La destrucción sistemática del territorio, el castigo colectivo a la población civil y el bloqueo total de suministros han generado una crisis humanitaria que numerosos organismos internacionales han denunciado.
Las cifras hablan por sí solas.
Decenas de miles de personas muertas, millones desplazadas y una infraestructura civil prácticamente arrasada. Hospitales, escuelas y redes de agua convertidos en objetivos militares o víctimas colaterales de una guerra sin límites visibles.
La guerra ya no se libra solo contra ejércitos. Se libra contra sociedades enteras.
El problema no es únicamente la brutalidad del conflicto. Es la impunidad con la que se desarrolla.
El Tribunal Penal Internacional emitió órdenes de detención contra dirigentes israelíes por presuntos crímenes de guerra. Sin embargo, varios Estados firmantes del Estatuto de Roma han insinuado que no cumplirán con su obligación de ejecutar esas órdenes.
En paralelo, Washington ha respondido sancionando a miembros del propio tribunal.
El mensaje es devastador: las reglas internacionales solo se aplican cuando conviene a los poderosos.
Ese doble rasero erosiona cualquier credibilidad del sistema jurídico global. Si las normas no se aplican a quienes tienen más poder militar, dejan de ser normas y se convierten en propaganda.
Europa observa este proceso con una mezcla de impotencia y contradicción. La Unión Europea se define como defensora del derecho internacional, pero su reacción ante la devastación de Gaza ha sido, en gran medida, tibia o ambigua.
La razón es estratégica.
Muchos gobiernos europeos temen romper con Washington en un momento de creciente inestabilidad global. Esa dependencia limita su capacidad de actuar con autonomía.
Así, el continente que más se beneficia de un orden internacional basado en reglas se encuentra incapaz de defenderlo con firmeza.
Mientras tanto, el resto del planeta observa.
Países del sur global, que durante décadas denunciaron la hipocresía del sistema internacional, interpretan esta situación como la confirmación de lo que siempre sospecharon: el derecho internacional nunca fue universal, solo fue útil mientras beneficiaba a quienes lo escribieron.
Y cuando deja de ser útil, se abandona.
Ese es el verdadero cambio de época.
No estamos ante una crisis puntual ni ante un conflicto aislado. Estamos ante una transformación estructural del sistema internacional. Las normas que durante décadas pretendieron contener la violencia entre Estados se están evaporando.
Y cuando las reglas desaparecen, lo único que queda es el poder.
La ley del más fuerte vuelve a gobernar el mundo.
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