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La desinformación y el cine como herramientas para consolidar el poder del odio.
Joseph Goebbels, el siniestro maestro de la propaganda del Tercer Reich, es presentado en la película El ministro de propaganda como un hombre de carne y hueso, con las contradicciones propias de cualquier ser humano, pero con una capacidad descomunal para manipular y destruir. Este enfoque no busca absolver, sino entender cómo un sistema tan brutal se cimentó sobre mentes aparentemente «ordinarias». La normalización del mal es un fenómeno que no pertenece al pasado; pervive en las sombras de nuestros días.
Goebbels construyó la imagen de Adolf Hitler como un salvador mesiánico. Su dominio de los mecanismos de propaganda fue clave para consolidar un régimen genocida que asesinó a más de seis millones de judíos y desató una guerra que dejó 55 millones de muertos. En sus manos, el cine se convirtió en un arma. Películas como El judío Suss (1940) difundieron un antisemitismo insidioso, disfrazado de arte patriótico. Como muestra el filme, incluso críticos de renombre, como Michelangelo Antonioni, alabaron estas obras, subestimando su carácter tóxico.
El cine no era solo entretenimiento; era una herramienta para moldear la percepción pública y justificar crímenes atroces. La propaganda nazi encontró en la cultura una forma sutil de implantar ideas de odio. Este modelo, aunque adaptado a los tiempos modernos, sigue vivo. En 2023, Alternativa para Alemania (AfD) utilizó la muerte de un policía a manos de un refugiado como pretexto para llamar a la violencia contra inmigrantes, replicando las estrategias de Goebbels en los años 30.
EL PRESENTE: DESINFORMACIÓN, ODIO Y LA NORMALIZACIÓN DEL FASCISMO
En pleno siglo XXI, el auge de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos nos recuerda que las lecciones del pasado no siempre son aprendidas. Los discursos de odio han encontrado nuevas plataformas: las redes sociales, un espacio donde las fake news proliferan sin control efectivo. Estudios recientes han señalado que el contenido falso se comparte hasta un 70% más que las noticias reales, lo que amplifica su impacto en la opinión pública.
El victimismo, una estrategia central de Goebbels, sigue siendo un pilar de la retórica de líderes ultraderechistas actuales. En su narrativa, no son los responsables de la violencia estructural, sino las víctimas de un sistema que «privilegia» a inmigrantes, refugiados y colectivos marginados. La manipulación no busca reflejar la realidad, sino distorsionarla para generar miedo y odio.
En Alemania, AfD ha sabido explotar estos temores. En 2025, se anticipa que este partido alcance resultados históricos en las elecciones, lo que marca un punto de inflexión en la política europea. Paralelismos preocupantes se encuentran en Estados Unidos, donde el posible retorno de Trump amenaza con consolidar políticas de exclusión y represión. En otros contextos, como Palestina o Ucrania, el uso de propaganda para justificar atrocidades sigue siendo una constante.
El cine y los medios de comunicación, lejos de ser herramientas neutrales, juegan un papel crucial en estas dinámicas. Desde las películas de Leni Riefenstahl hasta las campañas digitales actuales, la cultura ha sido secuestrada para servir a los intereses de los poderosos, disfrazando opresión como heroísmo. Esta maquinaria mediática no solo perpetúa el odio, sino que lo normaliza.
SIN FINAL, PERO CON UN MENSAJE
El peligro del fascismo no reside solo en los regímenes totalitarios; se encuentra en cada acto de desinformación que no combatimos, en cada discurso de odio que toleramos y en cada injusticia que ignoramos. La propaganda no es solo historia; es el presente que seguimos permitiendo.
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