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Cuando la extrema derecha incendia las calles y el Gobierno mira hacia otro lado, la sociedad civil se convierte en la última línea de defensa.
EL RUIDO DE LAS CALLES CONTRA EL SILENCIO INSTITUCIONAL
Tensiones acumuladas durante décadas estallaron el 30 de noviembre de 2025, cuando decenas de miles de personas marcharon en Zagreb, Rijeka, Zadar y Pula convocadas por la iniciativa United Against Fascism. Una movilización transversal que reunió a asociaciones vecinales, colectivos juveniles, organizaciones de derechos humanos y movimientos culturales que llevan años advirtiendo de lo mismo: Croacia se desliza hacia un revisionismo histórico que blanquea el fascismo y normaliza la violencia racial.
Las y los organizadores lo dijeron sin rodeos. “Cuando permanecemos en silencio, el fascismo se vuelve plan, no excepción”. La consigna sintetiza bien el clima en el país balcánico: un Gobierno que recorta fondos para educación y prevención de violencia (según la coalición convocante) mientras incrementa el gasto militar, promoviendo una narrativa de amenaza permanente. Una atmósfera donde el enemigo siempre está fuera, nunca en casa; nunca en las instituciones.
Esa deriva, alertan, convierte el miedo en forma de gobierno. “Más armas, más fronteras, más vigilancia… menos derechos sociales y menos vivienda asequible”, resumieron desde la plataforma. No es casual que los recortes lleguen mientras se insiste en que el principal problema del país son los inmigrantes o las minorías étnicas.
En las manifestaciones, sin embargo, el enemigo sí estaba en casa. En Rijeka y Zadar, grupos de extrema derecha intentaron reventar las marchas. En Zadar, la policía intervino; en Rijeka, permitió que los agresores se quedasen allí, vigilados de lejos, mientras lanzaban fuegos artificiales y hacían saludos fascistas. Las imágenes corrieron por las redes. La impunidad siempre tiene patrocinadores.
UN PAÍS ATRAPADO EN SU REVISIONISMO Y UN PUEBLO QUE DICE BASTA
La violencia no surgió de la nada. Desde el verano, Croacia arrastra una secuencia de agresiones contra minorías serbias, eventos culturales y festivales que reivindicaban la memoria antifascista. El ambiente se calentó todavía más tras un multitudinario concierto en Zagreb del cantante Marko Perković Thompson, símbolo histórico del revisionismo ustacha. El evento fue tolerado, incluso celebrado, por altos cargos, incluido el primer ministro Andrej Plenković.
De aquellos aplausos vienen estos ataques. En Benkovac, hombres bloquearon una obra de teatro infantil e intimidaron a periodistas. En Split, una actuación de folklore serbio acabó en intento de linchamiento. En Zagreb, una exposición de la minoría serbia tuvo que ser protegida ante una turba organizada. La extrema derecha entendió estos gestos institucionales como permiso.
Pero este giro no es nuevo. Desde los años 90, los gobiernos conservadores han impulsado una reescritura de la historia escolar para borrar la herencia antifascista de la Yugoslavia socialista. En Europa, además, la presión por “equiparar comunismo y fascismo” (documentada por múltiples organismos de memoria histórica) ha alimentado una narrativa donde los colaboracionistas se convierten en patriotas y la resistencia en anomalía.
La organización Fališ, atacada este verano y finalmente victoriosa en su festival de Šibenik, describió el fenómeno con precisión quirúrgica. “Es una perversión política que convierte la liberación en ocupación y el antifascismo en amenaza”. O dicho de otro modo: un país donde “la verdad molesta y la mentira es moneda política”.
Ante esta degradación moral, el Gobierno solo ha ofrecido negación. Plenković acusó a las marchas de querer “desestabilizar” al Ejecutivo. El ministro de Defensa, Ivan Anušić, fue más lejos: “Estas protestas son pro-yugoslavas”, dijo, en un intento de convertir a quienes denuncian la violencia en traidores internos. Manual clásico del autoritarismo.
Mientras tanto, los partidos liberales y socialdemócratas callan, miran hacia otro lado o permiten nuevos conciertos de Thompson, como hará el Ayuntamiento verde de Zagreb a finales de año. La tibieza es otra forma de complicidad.
En este contexto, la movilización del 30 de noviembre no fue solo un desfile: fue un ultimátum cívico. “No aceptaremos que se ataque a niñas y niños serbios por bailar folklore. No aceptaremos que la presencia de minorías sea considerada provocación”, declaró United Against Fascism.
La frase con la que cerraron la jornada sintetiza lo que ya es evidente:
“El silencio nunca es neutral. El silencio siempre sirve a quienes mejor prosperan en la oscuridad.”
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