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La victoria ajustadísima de Abelardo de la Espriella deja un país partido en dos, una democracia bajo escrutinio y a toda la internacional reaccionaria celebrando como si América Latina fuera su nuevo botín.
UNA VICTORIA MÍNIMA PARA UN PROYECTO MÁXIMO DE REGRESIÓN
Vuelven a ganar los malos. O, al menos, eso dice el preconteo. Y conviene subrayarlo desde la primera línea, porque en Colombia las palabras importan y los procedimientos también: el preconteo no es el resultado oficial ni tiene validez jurídica definitiva. Lo que hay, por ahora, es una fotografía provisional y brutal de un país partido casi exactamente por la mitad.
Abelardo de la Espriella, candidato ultraderechista del movimiento Defensores de la Patria, aparece por delante en la segunda vuelta presidencial celebrada este domingo 21 de junio con el 49,66% de los votos, es decir, 12.957.471 sufragios. Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, queda con el 48,70%, 12.707.570 votos, con el 99,98% escrutado. La diferencia: apenas 250.000 votos, unas 245.000 papeletas según el primer balance. Nada. Un suspiro. Una grieta.
Y por esa grieta pretende entrar un proyecto político entero.
De la Espriella ya se ha presentado como presidente electo, con su liturgia de patria, orden y destino recuperado. El repertorio habitual. Habla de democracia, libertad e institucionalidad mientras lo felicitan Trump, Milei, Abascal, María Corina Machado, Daniel Noboa, José Antonio Kast y Keiko Fujimori. Un casting bastante claro. Cuando la ultraderecha internacional aplaude al mismo tiempo, no está celebrando la libertad: está oliendo negocio, disciplina social y revancha de clase.
El presidente saliente, Gustavo Petro, pidió calma y recordó lo esencial: “es el escrutinio el que determina quién es el presidente”. No es una frase menor. Colombia tiene dos procesos: el preconteo, informativo y provisional, y el escrutinio oficial, que revisa actas, formularios, documentación electoral y, cuando corresponde, votos. Esa diferencia no es burocracia. Es democracia. Y en una elección separada por menos de un punto porcentual, tratar el preconteo como sentencia cerrada es una forma muy cómoda de pisotear el procedimiento.
Cepeda lo sabe. Por eso anunció la impugnación de 33.000 mesas electorales de las algo más de 122.000 instaladas. Lo dijo con claridad: el dato de la noche es preliminar, no oficial ni vinculante. La campaña ha pedido a sus testigos y abogadas y abogados revisar una por una esas mesas, sus actas y sus resultados. Una por una. Lento, sí. Incómodo, también. Pero la democracia no está para complacer la prisa de los vencedores televisivos.
Petro fue más allá y solicitó el escrutinio de todas las mesas y un nuevo conteo de todos los votos, incluyendo el estudio de posibles vulneraciones del software electoral y de mesas afectadas. Señaló también las mesas de Estados Unidos y habló de cambios de dirección IP en servidores vinculados al servicio computacional del preconteo y escrutinio. Son acusaciones graves, que deben probarse con rigor. Pero precisamente por eso no pueden despacharse con un bostezo. Cuando la diferencia es tan estrecha, el escrutinio no es una pataleta: es una obligación democrática.
EL TIGRE, EL LEÓN Y LA MANADA REACCIONARIA
De la Espriella se hace llamar el “Tigre”. Milei, el liberticida argentino, le respondió con su zoológico habitual: “el león y el tigre rugen en Latinoamérica”. La política convertida en jaula, rugido y testosterona de plató. Qué pobreza. Qué cansancio. Qué peligro.
El candidato colombiano tiene 47 años, es abogado, y se hizo conocido defendiendo a personajes como Álvaro Uribe, el exmagistrado Jorge Pretelt, condenado por corrupción, o Álex Saab, señalado como testaferro del derrocado presidente venezolano Nicolás Maduro. Su modelo declarado mira a Donald Trump, Javier Milei y Nayib Bukele. Mano dura, megacárceles, espectáculo, cristales blindados, camiseta de la selección y una idea muy vieja disfrazada de novedad: que los problemas sociales se resuelven con castigo, propaganda y mercado.
Trump ya le había prometido apoyo y “fuerza total” de Estados Unidos si ganaba. Tras el preconteo, publicó en Truth Social su felicitación. Marco Rubio lo llamó y habló de cooperación en seguridad regional, fin de la inmigración ilegal hacia Estados Unidos y fortalecimiento de lazos económicos. Traducido del idioma imperial: Colombia vuelve a ser pieza en el tablero. Otra vez seguridad para los de arriba, frontera para los pobres, negocios para las élites y obediencia geopolítica.
Abascal, desde España, celebró el supuesto fin del “narcosocialismo” de Petro. Esa palabra, como casi todo lo que sale de Vox, no pretende explicar nada. Pretende intoxicar. La ultraderecha no discute proyectos: fabrica enemigos. Comunismo, narcosocialismo, globalismo, invasión, delincuencia, patria amenazada. Cambian el país, los acentos y las banderas, pero el libreto es siempre el mismo. Meter miedo. Prometer orden. Entregar el Estado al capital. Golpear abajo.
Frente a eso estaba Iván Cepeda, 63 años, hijo de Manuel Cepeda Vargas, asesinado por fuerzas paramilitares vinculadas al Estado cuando él tenía 31 años. No es un detalle biográfico. Es la historia colombiana escrita sobre cuerpos. Cepeda dedicó buena parte de su trayectoria a la defensa de las víctimas del conflicto armado y sostuvo durante 13 años una batalla judicial contra Álvaro Uribe, que terminó con una condena al expresidente por soborno en actuación penal y fraude procesal. Eso también explica muchas cosas. No todo, pero muchas.
El choque no era entre dos candidatos intercambiables. Era entre memoria y revancha. Entre derechos humanos y mano dura. Entre una Colombia que, con todas sus contradicciones, intentaba caminar hacia la paz, y otra que mira las megacárceles como quien mira un centro comercial. El capitalismo autoritario siempre promete seguridad, pero lo primero que protege es la propiedad de quienes mandan.
La jornada movilizó a 40.007.312 personas llamadas a votar dentro del país y a 1.414.661 colombianas y colombianos en el exterior. En la primera vuelta, celebrada el 31 de mayo, De la Espriella ya había quedado por delante de Cepeda. Los centros cerraron a las 16.00 hora local. La Misión de Observación Electoral de la OEA dijo que no había observado alteraciones de orden público ni riesgos para el certamen hasta ese momento. El registrador nacional, Hernán Penagos, pidió tranquilidad y recordó que existen procedimientos legales para tramitar reclamaciones.
Bien. Que se usen. Todos.
Porque lo que se juega Colombia no es solo quién ocupa la Casa de Nariño. Se juega si la mitad del país que no votó ultraderecha va a ser tratada como ciudadanía o como objetivo. Petro ya advirtió del riesgo: si se impone el arrasamiento del proyecto político de la otra mitad de la nación, eso sería el comienzo del fascismo. Duro, sí. Pero no delirante. La historia latinoamericana sabe demasiado bien qué ocurre cuando las élites gritan democracia mientras preparan la limpieza política.
Ahora toca mirar las actas. Revisar las mesas. Defender cada voto. No por romanticismo institucional, sino porque cuando los malos ganan por un hilo, lo primero que intentan hacer es convertir ese hilo en una soga.
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