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El laborismo prometió estabilidad y ha entregado desilusión, miedo social y una autopista para Nigel Farage.
UN GOBIERNO SIN ESCÁNDALO, PERO TAMBIÉN SIN PULSO
Keir Starmer llega a este lunes 22 de junio al borde de anunciar su dimisión como primer ministro del Reino Unido, según The Guardian, The Observer y elDiario.es. No han pasado ni dos años desde aquella mayoría absoluta histórica que vendieron como regreso de la sensatez, del orden institucional, de la política adulta. Y ya está. Otra vez Downing Street convertido en sala de espera. Otra vez el país viendo desfilar primeros ministros como quien cambia fusibles en una casa que se cae.
La diferencia es importante. Starmer no se va arrastrado por una fiesta ilegal en pandemia, como Boris Johnson, ni por haber incendiado la economía en cuestión de días, como Liz Truss. No hay un gran caso de corrupción personal que explique la caída. Ese es precisamente el problema. Starmer no cae por un escándalo: cae por haber convertido la esperanza en gestión gris del derrumbe. Prometió reparar un país golpeado por 14 años de gobiernos conservadores, recortes, privatizaciones y Brexit. Pero ha gobernado como si bastara con administrar las ruinas con tono serio y cara de notario.
El Reino Unido lleva desde el referéndum del Brexit, en 2016, atrapado en una década de fatiga política. En 10 años, ha tenido seis primeros ministros. Tres de ellos llegaron en los últimos dos años del ciclo conservador. Starmer debía cortar esa hemorragia. No lo hizo. Pidió paciencia a una sociedad que ya no puede pagar la paciencia. Las listas de espera, los alquileres, las facturas, el transporte, los salarios y los servicios públicos no esperan a que un gabinete encuentre una frase elegante para justificar su cobardía.
Su reputación quedó tocada por decisiones que parecían pequeñas y eran enormes: el efímero nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington, los planes para limitar la ayuda universal a las facturas energéticas de las y los jubilados, la incapacidad para ofrecer una ruptura real con el país de la austeridad. Nada de eso es anecdótico. Cuando gobiernas para no asustar a los mercados, acabas asustando a tu propia gente.
La guerra de Gaza abrió otra grieta. Starmer no supo, no quiso o no se atrevió a hablar con la claridad moral que exige un genocidio televisado. Mientras miles de personas exigían una posición firme frente al asedio a Gaza, el Gobierno laborista jugaba a la prudencia diplomática. Y la prudencia, cuando hay cadáveres, suele ser otro nombre para la complicidad institucional. Ahí se rompió algo con una parte de su base social, especialmente con votantes jóvenes, comunidades racializadas y sectores de izquierda que ya habían votado a Labour más por expulsar a los conservadores que por fe en Starmer.
Tampoco supo disputar el terreno de la inmigración. La extrema derecha colocó el marco, y el laborismo aceptó discutir dentro de él. Error viejo. Error mortal. Si una fuerza supuestamente progresista habla de migración con la gramática del miedo, la victoria cultural se la lleva Nigel Farage antes de abrir la boca. No se frena a la ultraderecha imitando su obsesión por las fronteras. Se la alimenta.
Según YouGov, más de la mitad de las y los británicos, incluidas personas que se identifican como laboristas, apoyan la dimisión de Starmer. Ese dato resume el naufragio mejor que cualquier discurso. Un primer ministro sin corrupción personal, sin una guerra interna pública durante la mayor parte de su mandato y con una mayoría parlamentaria enorme ha terminado siendo tan impopular como Johnson o Rishi Sunak. Eso no es mala suerte. Es política sin alma.
BURNHAM, FARAGE Y EL PRECIO DE NO ROMPER CON LA AUSTERIDAD
El detonante inmediato tiene nombre: Andy Burnham. El hasta ahora alcalde de Manchester ganó el escaño de Makerfield, un distrito rural del norte entre Liverpool y Manchester, por más de 20 puntos frente al candidato de Reform. Según The Guardian, Labour logró allí el 55% del voto, Reform el 35% y Restore Britain, otra formación de extrema derecha, el 7%. La participación fue del 59%, seis puntos más que en las generales. Burnham obtuvo 9.231 votos de mayoría y más votos que Reform y Restore juntos. Una goleada. Y también un aviso.
Burnham no es un revolucionario. Conviene no hacerse trampas. Pero ha entendido algo que Starmer no quiso entender: si la vida cotidiana se ha vuelto una estafa, la política tiene que señalar a quienes cobran la factura. Su discurso sobre servicios públicos, vivienda, transporte, energía y control democrático de sectores esenciales conecta con una idea sencilla: la gente no quiere gestores educados de la precariedad, quiere que alguien pare el saqueo.
El laborismo parlamentario lo ha visto rápido. En mayo, un centenar de diputadas y diputados laboristas pidieron la dimisión de Starmer en las últimas horas de la crisis interna. Este viernes, la ministra de Transportes, Heidi Alexander, le reclamó en privado un calendario de salida. Varias figuras del Gobierno dejaron caer que, si no daba un paso atrás antes del martes, habría una “intervención” en la reunión del gabinete. Bonita palabra, intervención. En política británica significa que tus propias y propios compañeros ya no te ven como líder, sino como obstáculo.
Ahora el proceso puede ser rápido o convertirse en otra guerra de desgaste. Si solo se presenta Burnham y Starmer se retira, necesitaría el apoyo de 80 diputadas y diputados, el 20% del grupo parlamentario laborista, y el respaldo de dos sindicatos u organizaciones afiliadas. Si hay más candidaturas, la decisión pasaría a la militancia. Wes Streeting, exministro de Sanidad, ya ha dicho que estaría dispuesto a presentarse y que cuenta con apoyos suficientes. El calendario que se espera apunta a septiembre, coincidiendo con el congreso laborista en Liverpool. Otra vez septiembre como promesa de recomposición. Otra vez el partido mirándose el ombligo mientras Farage mira el mapa electoral.
Ese es el fondo. Reform está sustituyendo al Partido Conservador como gran vehículo de la reacción. No solo recoge votos. Recoge rabia. Recoge abandono. Recoge barrios triturados por décadas de privatizaciones y les ofrece culpables falsos: migrantes, refugiadas y refugiados, personas pobres, minorías, funcionariado, ecologistas, feministas, cualquiera menos quienes han hecho negocio con el desastre. La ultraderecha no crece porque tenga soluciones. Crece porque el centro neoliberal ha vaciado la palabra futuro.
Starmer deja un país donde lo público sigue siendo tratado como carga, donde las y los trabajadores siguen esperando mejoras materiales, donde la vivienda devora salarios, donde la energía castiga hogares y donde las instituciones parecen pedir paciencia a quienes ya han pagado demasiado. Y cuando la izquierda institucional no se atreve a romper con la austeridad, la derecha extrema aparece con una motosierra simbólica y una bandera. Luego llegan los editoriales sorprendidos. Luego llegan las tertulias sobre el “malestar”. Como si el malestar hubiera caído del cielo y no de una economía diseñada para que todo lo esencial sea negocio.
Burnham tendrá una oportunidad si confirma que no viene a maquillar el mismo edificio. Si su apuesta por recuperar control público de servicios esenciales no se queda en folleto interno. Si entiende que la pelea no es de carisma, sino de poder. Poder de las eléctricas, de las inmobiliarias, de las empresas de agua, de los fondos, de los medios que convierten cada reforma social en apocalipsis fiscal y cada recorte en responsabilidad adulta.
Las elecciones generales están previstas para 2029. Queda tiempo, pero no tanto. La extrema derecha ya está en campaña permanente. El capital también. Y el laborismo acaba de aprender, otra vez, que gobernar sin conflicto contra los privilegiados no evita el conflicto: solo decide que lo paguen las y los de siempre.
Starmer no se marcha porque haya sido demasiado radical, sino porque fue demasiado obediente.
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