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El PSOE intenta aislar la corrupción de Santos Cerdán mientras sus socios exigen responsabilidades políticas y un giro en el rumbo del Gobierno
UN TRIPLE DELITO Y UN SILENCIO QUE RETUMBA
El ingreso en prisión provisional de Santos Cerdán, ex número tres del PSOE y mano derecha de Pedro Sánchez, no es una grieta: es un socavón. Acusado de cohecho, tráfico de influencias y pertenencia a organización criminal, Cerdán ha sido encerrado en Soto del Real por orden del juez Leopoldo Puente. La medida responde a un evidente riesgo de fuga y de destrucción de pruebas, según la Fiscalía. No hablamos de conjeturas: hablamos de audios, de transferencias, de contactos y de presuntas mordidas.
Mientras tanto, el PSOE se atrinchera en el discurso del caso aislado, en el “esto no nos representa”, en el “el partido ha actuado con rapidez”. Pero no basta con cortar una cabeza cuando la hidra es estructural. Cerdán, Ábalos y Koldo García son los nombres visibles, pero lo que se empieza a intuir es una estructura paralela de financiación ilegal dentro del aparato socialista. Y los aliados parlamentarios del Gobierno —ERC, BNG, Sumar, Podemos— ya no disimulan su hartazgo. Solo un Ejecutivo temeroso del calendario electoral y una oposición que huele sangre evitan por ahora el colapso.
Cerdán no solo ha negado los delitos. Se ha presentado como víctima de una “persecución política” por haber sido uno de los “arquitectos” del bloque de investidura de Sánchez. Pero no basta con envolverse en la bandera progresista para escapar de una imputación tan grave. El lawfare no es coartada para robar con corbata.
En su declaración ante el Supremo, el ex secretario de organización solo respondió a su abogado. Negó la veracidad de las pruebas y se puso el traje de mártir. Pero también puso en marcha el ventilador: salpicó al bloque de investidura, al PNV, a Junts, a EH Bildu. Y ahí la mentira estalló en público.
EL PNV DESMONTA LA COARTADA DE CREDIBILIDAD
La gota ácida ha llegado al asegurar que Antxón Alonso, empresario vinculado a la trama a través de Servinabar, fue clave para que el PNV apoyase la moción de censura contra Rajoy en 2018. La respuesta de las y los jeltzales ha sido fulminante: “ridículo” y “mentira” son las palabras elegidas. “Antxón Alonso no ha influido jamás en la ejecutiva de EAJ-PNV, ni siquiera es afiliado”, aseguran desde el partido vasco. Y añaden que en aquella reunión previa a la moción solo estuvieron presentes José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Joseba Aurrekoetxea y Aitor Esteban. El resto es fantasía de defensa desesperada.
El intento de convertir a Cerdán en preso político es obsceno. Su detención no tiene nada que ver con su papel en la arquitectura parlamentaria del sanchismo, sino con el flujo de dinero presuntamente ilícito que pasaba por sus manos. Negocios, favores, contactos, mordidas. El olor no es de conspiración: es de podredumbre.
Desde el Gobierno se insiste en que “el PSOE es un conjunto de buena gente que entiende la política como servicio público”. El problema es que los hechos contradicen el relato. Porque lo que se está viendo no es un caso individual, sino un patrón. Dos ex secretarios de organización imputados por corrupción. Una red con epicentro en el corazón del partido. Y un silencio atronador de quienes deberían responder ante el país.
Pedro Sánchez ha declarado que “es el momento de la Justicia” y ha apartado a Cerdán del partido. Pero las y los aliados no aceptan esta mínima cirugía estética. Exigen un giro. Político. Real. Profundo. El miércoles 9 de julio, Sánchez comparecerá en el Congreso. Allí lo esperarán con exigencias: medidas de regeneración democrática, explicaciones contundentes, compromisos firmes. No es solo un ajuste de relato: es una cuestión de legitimidad.
Podemos ha sido claro: “Sánchez se esconde más que el cabecilla de la trama”, ha dicho Pablo Fernández. Y añade que el PSOE “sigue intentando que pase el verano y se le reste impacto al escándalo”. No hay pacto posible si no se limpian las cloacas.
Por su parte, Sumar y los comuns pedirán personarse como acusación popular. Y no es un gesto simbólico. Es una advertencia: no habrá complicidad con la corrupción disfrazada de pragmatismo institucional.
Zapatero, viejo zorro del PSOE, ha volado a Bruselas para intentar salvar la interlocución con Junts. Porque en la Moncloa ya saben lo que hay: esto no es un bache, es un terremoto. Y si no hay explicaciones, si no hay cambios, si no hay limpieza, el edificio entero se viene abajo.
La Gürtel fue al PP lo que este caso puede ser al PSOE. Y la ciudadanía ya no perdona más cloacas.
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