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Del odio al migrante al amor por las nucleares: cuando el PP copia palabra por palabra a la ultraderecha
UNA DOBLE CARA PARA UNA MISMA POLÍTICA
El Partido Popular ha decidido dejar de disimular. Mientras Santiago Abascal saca pecho con su discurso de búnker, Alberto Núñez Feijóo se pone corbata y baja el tono. Pero los documentos políticos de ambas formaciones, publicados a pocos días de diferencia, comparten hasta las comas. No es una metáfora. En vivienda, migración, impuestos, energía y gestión pública, PP y Vox están defendiendo lo mismo con distinto peinado.
La prueba más evidente es su visión de la Administración Pública: el PP quiere suprimir “tres regulaciones por cada nueva” y Vox plantea exactamente lo mismo, con las mismas palabras. La obsesión por recortar normas no busca eficacia, sino desmantelar derechos y licuar el control democrático. Y de paso, regalarle al capital la alfombra roja. En ese modelo, el “ciudadano” ideal es quien construye sin licencia, especula sin freno y se enriquece sin que nadie le moleste.
En su cruzada neoliberal, ambos partidos quieren que el silencio administrativo sea ley: si la administración no responde, se da por aprobado. El PP lo pide para licencias de edificación. Vox, directamente, para todo. Privatiza, recalifica y contamina: si no contestan en plazo, adelante con la fiesta.
¿El siguiente paso? Que el BOE lo escriba BlackRock.
MIGRACIÓN, VIVIENDA, IMPUESTOS: LA EXTREMA DERECHA CON TRAJE
El ataque coordinado contra las personas migrantes ya no es un tema solo de Vox. Feijóo ha asumido que la xenofobia da votos y ha decidido disfrazarla de tecnocracia. Abascal habla de “deportaciones masivas” y de eliminar derechos a quienes “no se integren”. El PP, mientras tanto, exige repatriaciones exprés, niega derechos a quienes están en situación irregular, y condiciona la residencia a un “conocimiento de la cultura española” que ni define ni le interesa.
La criminalización del migrante es compartida: Vox lo llama “delincuente”, el PP lo llama “no integrado”. Mismo racismo, distinto envoltorio.
En materia de vivienda, la fantasía neoliberal alcanza niveles delirantes. Ambos partidos culpan al inquilino y defienden al casero, por muy buitre que sea. Su receta para la emergencia habitacional es ampliar suelo y construir sin trabas, como si el problema fuera la falta de hormigón y no el saqueo del mercado por parte de fondos buitre y socimis.
El único punto en el que proponen legislar es para perseguir a quienes okupan viviendas vacías. Un problema que afecta al 0,05% de los hogares, pero que les sirve de excusa para reforzar la represión, justificar desalojos exprés y profundizar la estigmatización de la pobreza. Vox pide “mano dura con la inquiocupación”. El PP “impedir empadronamientos”. Ambos quieren que la ley proteja más una cerradura que una vida.
La fiscalidad no se queda atrás: Vox propone bajar el impuesto de sociedades del 25% al 15% y eliminar tributos al ahorro. ¿Quién se beneficia? Quienes ya tienen el bolsillo lleno. ¿Quién pierde? Las y los pensionistas, los trabajadores y trabajadoras precarias, las familias sin red. El PP habla de “impuestos bajos para todos”, como si un CEO y una cajera jugaran el mismo partido.
Y por si no fuera suficiente, el amor por la energía nuclear también une sus almas. Aunque las centrales deben cerrarse en 2035, PP y Vox ya están preparando la vuelta al pasado. Vox ni menciona las renovables: quiere nuevas plantas al lado de las viejas. El PP, más prudente en el tono, defiende alargar la vida de las que ya existen. ¿Argumento? La economía. ¿Consecuencia? Contaminación, residuos tóxicos y dependencia energética.
No hay transición ecológica posible con una derecha que cree que el futuro se construye con uranio enriquecido y desalojos policiales.
No son partidos distintos: son dos caras del mismo bloque reaccionario. El PP ya no copia a Vox, es Vox con modales. Y la clase trabajadora sigue sin estar en el guion.
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