Y no olvidemos: si los dos hombres del vídeo hubiesen sido blancos y con la pulsera de España, la actuación policial habría sido muy diferente.
El reciente episodio de violencia desatada en Lavapiés no es más que la punta del iceberg de una realidad que corroe las entrañas de nuestra sociedad: la brutalidad policial teñida de racismo, una plaga que parece inextinguible en el seno de España. Lo acontecido, capturado en un vídeo que ha circulado como reguero de pólvora, muestra sin tapujos la ferocidad con la que se trató a dos individuos, cuyo único «delito», al parecer, fue el color de su piel. Este no es un acto aislado; es el reflejo de una rutina nefasta y vergonzosa que, por desgracia, parece tener cabida en las prácticas de algunas fuerzas del orden.
Los defensores de la actuación policial, aquellos que salen de las sombras para aplaudir la agresión, no hacen más que exhibir su propia degradación moral. No sorprende que se alineen con la violencia cuando esta se ejerce contra los racializados; es el pan de cada día en los sueños húmedos del fascismo, donde la opresión y el dolor del otro se convierten en espectáculo. Su retórica es predecible, tan desgastada como su empatía, y su apoyo a tales actos no es más que la confirmación de su propia bancarrota ética.
Este incidente destapa, una vez más, la caja de Pandora del racismo en España, un país donde, tristemente, la discriminación racial sigue siendo un hilo conductor en la trama de su sociedad. La agresión en Lavapiés no es un caso aislado; es el espejo de una realidad donde la xenofobia y el racismo estructural campan a sus anchas, ocultos tras la fachada de la tolerancia. Es una bofetada en la cara de aquellos que se empeñan en negar la existencia de racismo en España, un recordatorio de que estamos lejos de ser una sociedad inclusiva y respetuosa con la diversidad.
La hipocresía se palpa en el aire cuando imaginamos cómo habría sido la respuesta si las víctimas hubieran sido blancas, adornadas con símbolos nacionales. ¿Habrían sido también arrojados al suelo, golpeados sin piedad? La respuesta es obvia y resuena en el silencio cómplice de quienes prefieren mirar hacia otro lado. La diferencia de trato es un grito que resuena en los oídos de quienes se han encontrado en el lado receptor de esta violencia: la justicia es selectiva, y su balanza está tristemente desequilibrada.
Es hora de enfrentar esta realidad con la indignación que merece, de exigir responsabilidades y asegurar que la justicia no sea solo una palabra hueca en el discurso oficial. La brutalidad policial, especialmente cuando está teñida de racismo, debe ser erradicada con medidas firmes y consecuentes. No basta con lamentarse; es necesario actuar. España debe despertar y reconocer que, sin una lucha decidida contra el racismo y la violencia institucional, continuará siendo cómplice de las injusticias que se cometen en sus calles. Lavapiés es solo un ejemplo más, pero debe ser el último. Es imperativo que como sociedad rechacemos esta barbarie, elevemos nuestras voces contra el racismo y exijamos un cambio real y palpable. La tolerancia cero ante la brutalidad policial y el racismo debe ser nuestro lema, nuestra guía. No podemos permitir que España siga siendo un escenario donde la dignidad de las personas sea pisoteada por aquellos que deberían protegerla.
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