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Durante dos años sembraron el miedo con agresiones racistas, homófobas y políticas mientras difundían propaganda nazi y preparaban ataques cada vez más violentos
CAZA ORGANIZADA CONTRA QUIENES CONSIDERABAN “INFERIORES”
No eran “niños descarriados”. Tampoco una pandilla marginal sin importancia. La banda juvenil “Whiteboys”, desmantelada en Asturias con 19 detenidos de entre 14 y 22 años, funcionaba como lo que era: una estructura ultraderechista organizada que convirtió las calles de Oviedo/Uviéu, Gijón/Xixón, Avilés y Castrillón en un campo de hostigamiento contra personas vulnerables. Migrantes, personas racializadas, colectivo LGTBIQ+, jóvenes de izquierdas. Cualquiera que encajara en el catálogo de odio de la extrema derecha podía convertirse en objetivo.
La Policía Nacional les atribuye al menos 14 agresiones físicas y actos de acoso. Pero el dato más escalofriante no es solo el número. Es el método. Organizaban auténticas “cacerías”. Salían deliberadamente a buscar víctimas por su origen, religión, orientación sexual o ideología política. Como si la violencia fuese un juego identitario. Como si el fascismo hubiese encontrado de nuevo una cantera juvenil alimentada por redes sociales, discursos políticos irresponsables y años de normalización mediática.
Porque esto tampoco nace de la nada. No aparece espontáneamente en un garaje oscuro. Durante años se ha blanqueado a la ultraderecha como si fuese una opinión más dentro del mercado de ideas. Se les ha abierto tertulias, platós y parlamentos mientras se repetía aquello de “hay que escuchar a todas las partes”. Y al final ocurre lo inevitable: chavales de 14 años compartiendo propaganda nazi y fabricando cócteles Molotov.
La investigación comenzó en septiembre de 2024, cuando las Brigadas de Información detectaron el inicio de sus actividades delictivas. Han sido necesarios dos años de seguimiento para desmontar una estructura que, según la propia Policía, tenía una “fuerte cohesión y disciplina interna” basada en una “ideología radical supremacista”. No hablamos de simples gamberros haciendo pintadas. Hablamos de una organización que asumía códigos paramilitares, simbología nazi y dinámicas de violencia coordinada.
Y mientras tanto, demasiados discursos públicos seguían jugando con fuego. Criminalizando migrantes. Alimentando teorías conspirativas sobre feminismo o diversidad. Presentando los derechos humanos como una amenaza cultural. Luego algunos se sorprenden cuando aparecen adolescentes convencidos de que pegar a un chico gay o perseguir a una persona extranjera es una especie de misión patriótica.
No. No son hechos aislados. Son consecuencias.
NAZISMO DIGITAL, ARMAS Y POLÍTICA DEL ODIO
La propia Jefatura Superior de Policía de Asturias detalla que los miembros de la banda utilizaban redes sociales para comunicarse y difundir “propaganda nazi y eslóganes de admiración hacia figuras del Tercer Reich”. Otra vez la misma historia. Internet convertido en incubadora de radicalización ultra mientras plataformas y algoritmos premian el contenido más agresivo, más viral y más deshumanizador.
Después llega el salto físico. Las calles. Las pintadas. La ocupación simbólica del espacio público. Los mensajes intimidatorios. El intento de generar miedo. Según la Policía, el grupo marcaba territorio especialmente en Gijón/Xixón mediante ataques vandálicos y simbología fascista. Es la vieja lógica de las bandas ultras europeas reciclada para TikTok y Telegram. Mucho meme. Mucha estética juvenil. Mucha música y mucha pose. Hasta que aparecen las armas.
Y aparecieron.
La operación policial se aceleró cuando los agentes detectaron una “evidente escalada en la violencia”. Los jóvenes habían adquirido armas blancas y empezaban a fabricar artefactos incendiarios tipo cóctel Molotov. Ya no era solo propaganda. Ya no eran únicamente agresiones callejeras. El grupo avanzaba hacia una fase más peligrosa.
En los registros de tres domicilios, la Policía incautó hachas, cuchillos, pasamontañas, una pistola de airsoft y abundante simbología nazi. Un pequeño arsenal alimentado por chavales que crecieron escuchando que el problema de Europa eran las personas migrantes, el feminismo o la “ideología woke”. Luego algunos medios todavía hablan de “polarización” como si todas las posiciones fuesen equivalentes. Como si defender derechos humanos y organizar cacerías neonazis fuesen extremos comparables.
No lo son.
También resulta imposible ignorar el contexto político. Asturias acaba de anunciar la creación de un observatorio contra el discurso de odio pese al rechazo de PP, Vox y Foro. Y esa fotografía importa. Porque mientras unas instituciones intentan reaccionar ante el crecimiento de la violencia ultra, otras siguen minimizando el problema o directamente alimentando el marco ideológico que lo hace posible.
La extrema derecha lleva años explotando una narrativa victimista donde cualquier límite al discurso racista se presenta como censura. Pero la realidad siempre termina siendo mucho más concreta. La realidad son adolescentes perseguidos por su orientación sexual. Personas migrantes golpeadas. Barrios llenos de pintadas nazis. Menores aprendiendo a fabricar explosivos caseros.
Y también hay una dimensión profundamente masculina en todo esto. Violencia como identidad. Dominación como rito de grupo. Odio convertido en herramienta para construir pertenencia. No es casualidad que tantos movimientos ultras recluten a jóvenes a través de discursos de fuerza, humillación y supremacía. El fascismo siempre necesitó convertir la frustración social en agresividad organizada contra quienes tienen menos poder.
Los cuatro menores detenidos ya han sido puestos a disposición de la Fiscalía de Menores del Tribunal Superior de Justicia de Asturias. El resto enfrenta acusaciones por delitos de odio, pertenencia a grupo criminal y, en algunos casos, tenencia y distribución de sustancias estupefacientes.
La Policía da la organización por “totalmente desarticulada”. Ojalá fuese tan fácil desmontar el ecosistema político, mediático y digital que fabrica estas violencias cada día. Porque las hachas se incautan. Los cuchillos se decomisan. Pero el odio sigue emitiendo en horario de máxima audiencia
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