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Un acuerdo de última hora que evita la guerra y deja en evidencia la amenaza permanente de EE.UU.
Dos horas antes de que expirara el ultimátum de la Casa Blanca, el escenario cambió por completo. Lo que durante días se había presentado como un ataque inminente contra Irán (con advertencias de devastación total y retórica apocalíptica) se transformó en un alto el fuego temporal de dos semanas. Un giro brusco que confirma lo que ya se ha convertido en patrón: la amenaza como espectáculo, la escalada como herramienta de presión y la retirada como salida habitual.
Ese patrón tiene nombre. En círculos políticos y mediáticos estadounidenses se ha popularizado el acrónimo TACO, “Trump Always Chickens Out”, que define la tendencia del presidente a sobreactuar conflictos para después recular en el último momento. Un comportamiento que no solo erosiona la credibilidad internacional de Estados Unidos, sino que pone en riesgo a millones de personas utilizadas como fichas en un tablero geopolítico. El episodio actual lo ilustra con claridad, tal y como recoge este artículo sobre el gran ridículo de Trump y su política de amenazas vacías.
El acuerdo, anunciado pasada la medianoche en la Península Ibérica, establece una pausa de dos semanas en los ataques mientras se negocia un plan de diez puntos. Entre las condiciones aceptadas por Estados Unidos destacan elementos que hasta hace días rechazaba frontalmente: el control iraní del Estrecho de Ormuz, el levantamiento de sanciones y la continuidad del programa nuclear iraní con fines civiles. Es decir, concesiones sustanciales que contradicen la narrativa previa de máxima presión.
DE LA AMENAZA TOTAL A LA RETIRADA NEGOCIADA
Durante las jornadas previas, el discurso de Donald Trump había alcanzado niveles extremos. Se llegó a advertir de la destrucción de “toda una civilización” si Irán no cedía. Mientras tanto, Estados Unidos e Israel ejecutaban ataques sobre zonas residenciales de Teherán, con víctimas civiles y una escalada que situaba al mundo al borde de un conflicto de dimensiones imprevisibles.
Sin embargo, el desenlace ha sido otro. La mediación del primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, junto con la presión regional de actores como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, forzó una salida diplomática. Incluso Israel, que había intensificado los bombardeos en los días previos, se ha adherido al alto el fuego mientras continúan las negociaciones.
El contenido del acuerdo revela un cambio de correlación evidente. Irán mantiene el control del Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Además, Washington se compromete a levantar sanciones y a compensar los daños causados. A cambio, Teherán acepta una apertura condicionada del tránsito y la continuidad de las conversaciones.
No es un acuerdo definitivo. Es frágil. Y está condicionado a precedentes recientes en los que los compromisos han sido incumplidos, especialmente en contextos como Líbano o Gaza. Pero aun así, marca una línea clara: la amenaza militar no ha logrado imponer condiciones, y la vía negociada ha terminado siendo inevitable.
EL TRIUNFALISMO COMO RELATO, EL FRACASO COMO REALIDAD
A pesar de ello, Trump ha optado por presentar el acuerdo como una victoria. En su red social, Truth Social, aseguró que Estados Unidos había “cumplido y superado todos los objetivos militares” y que el acuerdo definitivo estaba prácticamente cerrado. Un relato triunfalista que contrasta con la lectura dominante entre analistas y medios internacionales.
Desde sectores israelíes hasta comentaristas estadounidenses cercanos al movimiento MAGA, las críticas han sido inmediatas. Se habla abiertamente de una “rendición” disfrazada de éxito. El periodista Owen Jones ha ido más allá al calificar el episodio como uno de los mayores fracasos estratégicos de Estados Unidos en décadas.
La contradicción es evidente. Se pasa de amenazar con una guerra total a aceptar condiciones que antes eran inasumibles. Se construye un relato de fuerza para terminar cediendo en la negociación. Y, sobre todo, se juega con el riesgo real de una escalada bélica que afecta directamente a la población civil.
Este episodio no es una excepción. Es la norma. La lógica de la política exterior estadounidense bajo Trump se basa en la tensión constante, en el uso del miedo como herramienta y en la teatralización del conflicto. Pero también en la incapacidad de sostener esas amenazas cuando se enfrentan a la realidad geopolítica.
Lo que queda tras el ruido es un alto el fuego precario, una región aún en tensión y una evidencia incómoda: la guerra se utiliza como instrumento de presión, pero sus consecuencias son demasiado reales para sostener la ficción durante mucho tiempo.
Porque cuando la amenaza se convierte en rutina, la retirada deja de ser sorpresa y pasa a ser patrón.
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