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CDU y SPD sellan un cordón sanitario frente a la AfD mientras Europa sigue dejando que el fascismo se siente en los parlamentos
EL ACUERDO QUE ALEMANIA NECESITABA Y EUROPA SIGUE EVITANDO
Frente al avance arrollador de la extrema derecha, Alemania ha hecho lo que muchos países no se atreven ni a plantear: unirse para aislarla. La coalición entre la conservadora CDU/CSU y los socialdemócratas del SPD no es un matrimonio de amor, ni una alianza programática, ni un pacto ilusionante. Es una necesidad. Una muralla de urgencia. Un cordón sanitario que, aunque imperfecto, marca una línea roja: con los ultras, ni a la vuelta de la esquina.
La Alternativa para Alemania (AfD), partido xenófobo, autoritario y nostálgico del Reich, ha logrado un 20,8% de los votos en las elecciones del 23 de febrero. Una cifra histórica para la extrema derecha alemana desde 1945. Pero su mayor victoria ha llegado después: según la última encuesta de Forsa, publicada el miércoles, ya sería la primera fuerza política con un 25% de apoyo【https://www.forsa.de/umfragewerte/】. Mientras en países como Suecia, Italia o Países Bajos los ultras ya están en el Gobierno o marcan la agenda, en Alemania se les ha cerrado la puerta. De golpe.
Friedrich Merz, líder de la CDU y futuro canciller, ha pactado con el SPD un acuerdo de 146 páginas que le permitirá formar un gobierno a principios de mayo. Su coalición evitará que la AfD toque poder institucional. No es una rendición: es resistencia democrática. Y ese gesto, que debería ser la norma en Europa, sigue siendo la excepción.
La línea de defensa no la marcan los votos, sino los principios. Que la AfD haya superado al SPD y roce a la CDU en las encuestas no justifica su legitimación política. En democracia, no todo vale. Y el electorado no puede ser coartada para blanquear el odio. Si la ultraderecha quiere institucionalizarse, que lo intente sola. Que no se le regale el poder desde dentro del sistema.
UN FRENTE ANTIFASCISTA QUE EUROPA NECESITA CON URGENCIA
El cordón sanitario alemán ha obligado a Merz a tragarse su programa: ha tenido que abandonar parte de sus propuestas fiscales, matizar su retórica antimigración y aceptar que el derecho al asilo sigue siendo inviolable, como recordó el socialdemócrata Lars Klingbeil, futuro vicecanciller. Esto no es una cesión ideológica: es un ejercicio de responsabilidad. Un freno colectivo para que el fascismo no se normalice desde los telediarios ni desde las instituciones.
Francia debería estar tomando nota. Austria debería estar tomando nota. España también. Porque no basta con condenar las declaraciones racistas, antifeministas o negacionistas de la extrema derecha mientras se le sigue cediendo tiempo, espacio y legitimidad. El cordón sanitario no es censura: es supervivencia democrática. Y Alemania, con toda su historia a cuestas, lo sabe mejor que nadie.
El acuerdo entre CDU y SPD no oculta sus debilidades: hay desacuerdos latentes sobre inmigración, sobre deuda pública, sobre impuestos. Pero ha conseguido lo esencial: impedir que el fascismo se vista de gobernabilidad. Que ningún ministerio quede en manos de quienes elogian a Putin, niegan el cambio climático y señalan a migrantes y minorías como culpables de todo.
El resto del continente debería seguir ese ejemplo. En vez de coquetear con Le Pen, Meloni, Abascal o Wilders, los partidos del sistema tienen una elección clara: o defender el Estado de derecho sin fisuras o ser cómplices de su demolición gradual.
No hay que mirar a Berlín solo con escepticismo por sus vaivenes económicos o su lentitud burocrática. Hay que mirar también con respeto a un país que ha decidido que su memoria no se vende al mejor postor electoral. Alemania se planta mientras otros países se arrodillan ante el populismo.
Mientras el fascismo se disfraza de «libertad», Alemania ha optado por recordarnos que la verdadera libertad es incompatible con la exclusión, la represión y la nostalgia autoritaria.
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