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El emérito se aburre en Abu Dabi y dispara demandas para maquillar la podredumbre de su legado
¿Pero qué dignidad, Juan Carlos? ¿La del que cobró comisiones millonarias de dictaduras mientras nos hablaba de democracia con acento de franquismo reciclado? ¿La del que llenó fundaciones fantasma de billetes y cuentas opacas mientras sus lacayos agitaban banderas y gritaban “unidad de España”? El mismo que desapareció como un ladrón sin ser juzgado, ahora se sube al púlpito de los tribunales para exigir respeto. No para responder por su fortuna suiza, sino para castigar a quienes le señalan. Porque claro, que alguien diga en voz alta lo que todo el mundo sabe, eso sí que es un delito, ¿verdad majestad?
Ha demandado a Corinna Larsen, su examante, en Suiza. La mujer que recibió 65 millones de euros como quien regala flores, y que luego denunció haber sido acosada por él con ayuda del CNI. Sí, el mismo CNI que pagamos tú y yo. Lo contó en Reino Unido y la justicia británica no le dio la razón, pero el relato huele más a película de espías que a culebrón del corazón: seguimientos, amenazas, chantajes. Y todo para recuperar el dinero que él mismo le transfirió, no por amor, sino para esconderlo del fisco. Qué romántico.
Pero no se queda ahí. El 1 de abril, día internacional de las inocentadas, le lanzó otra querella a Miguel Ángel Revilla, ese político díscolo que se atreve a decir lo que nadie en el Congreso dice: que el emérito es un corrupto con corona. Ahora le pide 50.000 euros por “expresiones injuriosas, difamantes y oprobiosas”. ¿Oprobioso? Lo oprobioso es robar al pueblo y luego tener la desfachatez de pedir compensación porque alguien lo recuerda.
LA IMPUNIDAD SE LLAMA JUAN CARLOS, Y SE RIE EN NUESTRA CARA
¿Pero de qué habla este señor cuando habla de “honor”? ¿Del mismo honor que se escondía tras las cortinas del Palacio de la Zarzuela mientras él cazaba elefantes con jeques, firmaba talones con comisionistas y callaba ante los crímenes del franquismo? Porque no se nos olvide que este rey fue nombrado a dedo por un dictador. Que no llegó por la voluntad del pueblo sino por la voluntad de un genocida. Y que cuando por fin se fue, no lo hizo entre aplausos democráticos, sino huyendo por la puerta trasera del régimen.
Se fue a Abu Dabi en 2020, a seguir viviendo entre lujos mientras aquí se archivaban una tras otra todas las causas en su contra: las comisiones del AVE a La Meca, las tarjetas negras del empresario mexicano, los fondos escondidos en Jersey, la fundación Lucum con 100 millones desde Arabia Saudí, y así hasta completar el mapa del tesoro. Un tesoro que no se enterró: se blanqueó gracias a la inviolabilidad, a las prescripciones y a unos fiscales que dejaron claro que sí, que hubo delitos, pero que no se le podía tocar.
Y ahora, que no tiene causas judiciales pendientes, se dedica a crearlas. Pero no para rendir cuentas, sino para asfixiar a quienes le incomodan.
Qué curioso que su dignidad no se activara cuando lo pillaron cobrando del petróleo saudí. Ni cuando se supo que usaba tarjetas opacas pagadas por terceros. Ni cuando se destaparon las fundaciones en Panamá. Pero sí se activa cuando una periodista, un político o una examante se atreve a hablar. Entonces sí, entonces clama al cielo y llama a los jueces. Qué frágil, qué selectiva, qué interesada esa dignidad.
Y mientras tanto, Felipe VI calla. Como si la podredumbre de su padre no le salpicara. Como si la monarquía fuera una empresa con responsabilidad limitada. Como si la legitimidad no se desangrara con cada escándalo sin castigo. Felipe, el rey invisible, el rey neutro, el rey que aprieta los dientes cada vez que alguien le pregunta por el emérito, pero no dice ni una palabra. La democracia calla con él. Los partidos callan con él. La justicia calla con él. El silencio es el nuevo himno real.
¿Pero qué dignidad, Juan Carlos? La del que roba sin castigo y luego exige respeto. La del que se enriquece a costa del pueblo y luego amenaza con abogados. La del que se marcha sin rendir cuentas y regresa solo para cobrarlas. Esa no es dignidad. Es cinismo institucionalizado. Y huele a podrido desde Abu Dabi hasta Madrid.
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