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Por Laura Estévez Arias
Hace semana y media fueron asesinadas cuatro mujeres, una de ellas menor de edad: 12 años. En lo que va de año, contabilizadas hasta el 23 de febrero, según recoge Baena (2026), llevamos 10 víctimas mortales, con 2 menores asesinados a manos de su padre o la pareja de la madre, más otros 10 menores que se han quedado huérfanos. Las cifras de menores asesinados desde que hay registros, en 2003, ascienden a 67, y las de menores huérfanos a 514, exceptuando hijos e hijas mayores de edad. La cifra de feminicidios del año 2025 es de 100 mujeres.
Y estas cifras recogen la expresión más extrema de violencia de género y violencia vicaria, pero no sabemos cuál es la cifra de mujeres que viven en condiciones de pánico absoluto soportando otras formas de violencia: física, sexual, psicológica o emocional, por poner algunos ejemplos.
¿Cómo es posible que haya una sola persona capaz de negar esta terrible realidad? Más aún, ¿cómo es posible que existan partidos políticos de derechas y ultraderecha capaces de negar estas cifras y utilizar eufemismos para disfrazar su hipocresía y su negacionismo? ¿Cómo es posible que haya mujeres apoyando esta negación?
Todas estas vidas no caben en un titular. No generan clickbait. No monetizan.
No son cifras. Son vidas y tienen nombre: Pilar, Czarina, María Isabel, María del Carmen, Victoria, María Belén, Ana María, María José, Petronila, Tatiana, y también Noemí y Yared. Álex, otro menor asesinado en Sueca (Valencia), que no computa como violencia vicaria pero que fue asesinado por el padre de un amigo, quien posteriormente le dijo a su propio hijo: “Al final tu madre lo ha conseguido (…)” (Álvarez, 2026).
Respiremos. Hace falta para continuar.
Mientras tanto, vemos cómo se gestionan las denuncias cuando el acusado pertenece al propio partido, en PP y VOX. Y lo que sucede cuando la víctima quiere denunciar al DAO de la Policía. Veo que algunos han tomado nota. Van tarde, muy tarde. Esto no debería haber sucedido, señores.
La Psicología Social del Poder lo ha estudiado durante años: los grupos tienden a proteger su estatus cuando sienten amenaza. Porras (2017) lo documenta: cuando los intereses de un grupo se ven amenazados, se activan coaliciones cuyo objetivo principal es resistir el cambio para preservar el poder y el estatus adquiridos.
Cuando el abuso ocurre dentro, la reacción automática no suele ser justicia, sino cierre de filas. Como señala el autor, la toma de decisiones en las organizaciones rara vez responde a criterios racionales o éticos, sino a impulsos de autoprotección y conservación del poder.
Eso no es ideología. Es patrón.
Lo vimos hace más de veinte años con Nevenka Fernández. Lo vemos hoy cuando no se atiende a la víctima denunciante en la propia organización, cuando se filtran identidades de denunciantes o cuando se desacredita a mujeres que señalan acoso sexual o laboral. Cuando la estrategia es convertir la denuncia en escándalo político y no en problema estructural.
La doble vara de medir no es una anécdota. Es síntoma.
Y el síntoma tiene nombres: machismo estructural y heteropatriarcado.
El feminismo no es negociable según pactos de investidura. No se redefine en función de alianzas tácticas. No se ajusta al marco de quienes niegan la violencia de género estructural.
La Teoría de la Identidad Social explica que los grupos construyen cohesión delimitando quién pertenece y quién no (Tajfel y Turner, 1979). Cuando el feminismo se reduce a consigna partidista, se vacía su dimensión colectiva y se convierte en etiqueta.
Pero el feminismo histórico no nació en despachos. Nació como organización colectiva.
El feminismo no es una lucha de las mujeres contra los hombres. Hay que tener intereses perversos para inventarse esta narrativa. El feminismo es la lucha de las mujeres por la igualdad de derechos, libertades y deberes. Una lucha que nace tras una sistemática opresión y violencia estructural histórica. No se lucha contra los hombres, y menos por el mero hecho de ser hombres.
Luchamos contra el machismo estructural, contra las dinámicas impuestas por el heteropatriarcado. Luchamos contra la falta de derechos, espacio y libertad para decidir. Luchamos para que nuestra voz se oiga. Luchamos por el respeto y la dignidad. Para equilibrar los salarios y el acceso igualitario a la vida pública. Luchamos por una sociedad completa y corresponsable.
Luchamos no solo por nosotras, sino por conseguir una sociedad igualitaria y por la justicia social para todas y todos, para nosotras y nosotros y por este planeta en el que vivimos. Porque la lucha feminista es amplia, integradora, inclusiva, interseccional y, por tanto, compleja.
Reducirlo a una guerra de sexos es un sesgo de manual. Es una perspectiva crítica que analiza las relaciones estructurales de poder que generan y reproducen desigualdad de género. La violencia contra las mujeres no es una suma de casos aislados: es la expresión de un orden social históricamente configurado desde relaciones de dominación (Motoi, 2025).
Las dinámicas tóxicas del machismo y del heteropatriarcado nos atraviesan a todas, pero también a todos y a todes. ¿Acaso no es injusto también que a los hombres se les asigne un papel, un rol que los limita como seres humanos? ¿Acaso no impone un mandato rígido de poder, silencio emocional y validación violenta?
Quien solo vea en esta lucha un discurso parcial e interesado está profundamente equivocado y lo más probable es que se sienta amenazado. Si no, ¿a qué viene esa corriente de la “machosfera”, que encorseta a los hombres en un único papel de proveedores y machos alfa, con contenido profundamente misógino que cala cada vez más entre los jóvenes? ¿A qué viene la corriente de las “tradwives”, que reivindican con hipocresía someterse a sus maridos y quedarse en casa mientras en realidad son empresarias e influencers que monetizan sus contenidos ultraconservadores?
Esto no es más que el discurso ultraderechista, profundamente retrógrado, que quiere convertir nuestras sociedades en una distopía fascista, franquista, al estilo de El cuento de la criada de Margaret Atwood, pero con la estética de los años 50 y 60 de Estados Unidos.
¿Es ese el país al que alguien en su sano juicio querría parecerse?
Parece que sí. Parece que Ayuso y Abascal, entre otras pequeñas figuras de nuestro país.
Recordemos la historia.
Nada de lo que hoy consideramos derecho fue un regalo.
La igualdad real no es pérdida. Es ampliación de posibilidades.
Hablar de justicia social implica hablar de interseccionalidad: clase, etnia, origen migrante, orientación sexual, diversidad. No hay igualdad real si solo protege a quienes ya están protegidos por sus privilegios.
La pregunta no es si el feminismo incomoda.
La pregunta es a quién incomoda.
Y la respuesta suele señalar al poder.
Organizarse no es radicalismo.
Luchar por nuestros derechos no es un capricho.
Es responsabilidad democrática.
Lo que no defendemos juntas, nos lo arrebatan por separado.
Por nuestras compañeras asesinadas y sus hijos e hijas.
Alcemos la voz.
Por ellas.
Por todas.
Por todos.
Por todes.
Nos vemos en el 8M.
L.
Referencias Biblográficas
Álvarez, L. [Leo]. (2026, 28 de enero). La declaración del hijo del asesino de Sueca:
escuchó los golpes y vio a su amigo muerto en el cuarto de baño. LaSexta.com.
https://www.lasexta.com/noticias/sociedad/declaracion-hijo-asesino-suecaescucho-golpes-vio-amigo-muerto-cuartobano_20260128697a16575e42f97d78443000.html
Atwood, M. [Margaret]. (1985). The handmaid’s tale. McClelland and Stewart.
Baena, M. [Macarena]. (2026, 7 de enero. Actualizado 23 de febrero). Asesinadas por
violencia de género en España en 2026. Efeminista.com
https://efeminista.com/asesinadas-violencia-de-genero-espana-2026/
Motoi, I. [Ina]. (2025). Enseigner le féminisme en travail social à travers ses luttes
idéologiques. Animation, territoires et pratiques socioculturelles,12(28), 57–78.
https://edition.uqam.ca/atps/article/view/3637
Tajfel, H. [Henri], y Turner, J. C. [John Charles]. (1979). An integrative theory of
intergroup conflict. En W. G. Austin and S. Worchel (Eds.), The social
psychology of intergroup relations (pp. 33-47). Brooks/Cole.
Porras, N. R. [Néstor Raúl]. (2017). Nuevas relaciones de poder/saber en la psicología
de las organizaciones: una aproximación desde Foucault. Revista Espiga,
17(34), 270-285. https://doi.org/10.22458/re.v17i34.1168
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