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La dimisión del jefe de Gabinete argentino, tras 112 días de desgaste político, deja al desnudo la hipocresía de un Gobierno que predica austeridad mientras se hunde en sospechas de enriquecimiento.
EL PENDRIVE, LOS DÓLARES Y LA FÁBULA LIBERTARIA
Manuel Adorni cayó. No por una conspiración socialista, ni por una campaña comunista, ni por ese fantasma mediático que la extrema derecha invoca cada vez que la realidad le pone un expediente encima de la mesa. Cayó después de 112 días ocupando el centro de la escena política argentina por un escándalo asociado a su fortuna, sus gastos y sus declaraciones juradas. El jefe de Gabinete de Javier Milei, imputado por presunto enriquecimiento ilícito, anunció su renuncia tras reunirse con el presidente ultraderechista en la Quinta de Olivos, al norte de Buenos Aires.
La historia tiene todos los ingredientes del libertarismo realmente existente: moralina contra “la casta”, plata sin declarar, victimismo en redes y una explicación tan delirante que parece escrita por un asesor demasiado entusiasmado con las criptomonedas. Adorni llegó a justificar parte del crecimiento de su patrimonio asegurando que encontró un pendrive con 500.000 dólares en Bitcoin. Sí, un pendrive. Como quien encuentra calderilla en un abrigo viejo, pero en versión neoliberal premium.
“Yo soy coleccionista de computadoras y cosas viejas. Más allá de que la ganancia era importante, me lo guardé como un trofeo”, dijo en televisión antes de presentar su última declaración jurada. La frase debería figurar en algún manual sobre cómo no explicar una fortuna opaca. Porque cuando un alto cargo público intenta convertir medio millón de dólares no declarado en una anécdota de coleccionismo tecnológico, el problema ya no es solo judicial. Es político. Es ético. Es obsceno.
Adorni fue portavoz presidencial y después jefe de ministros. Desde diciembre de 2023, formó parte de un Gobierno que exigió sacrificios a trabajadoras y trabajadores, jubiladas y jubilados, empleadas y empleados públicos, estudiantes, pacientes, familias enteras. Un Gobierno que llamó “ajuste” a recortar derechos y “libertad” a dejar a millones de personas más solas frente al mercado. Mientras tanto, el funcionario estrella acumulaba explicaciones ambiguas sobre sus bienes, sus ahorros, sus gastos y sus movimientos.
La motosierra era para abajo. Para arriba, siempre había coartada.
Lo que empezó como una controversia patrimonial se transformó en la mayor crisis política del Gobierno argentino en meses. Las revelaciones periodísticas y judiciales fueron agujereando la credibilidad de Adorni hasta dejarlo sin suelo. Y, con él, se agrietó algo más grande: el relato de pureza moral de Milei. Ese cuento de que la corrupción siempre vive en los otros, de que el mercado purifica, de que las y los libertarios vienen a limpiar el Estado mientras lo usan, lo ocupan y lo reparten.
La renuncia se conoció tras el regreso de Milei de una gira breve por España, donde participó en foros económicos privados. La salida ya se anticipaba en medios y también se daba por hecho el reemplazo: Diego Santilli, hasta entonces ministro del Interior, dirigente con 25 años de recorrido junto a Mauricio Macri y figura del PRO, ese aliado incómodo, zigzagueante y necesario para el oficialismo argentino.
VICTIMISMO, INTERNAS Y UNA CASTA CON PENDRIVE
Adorni no se fue pidiendo disculpas claras a las y los contribuyentes argentinos. No asumió el daño político. No explicó con rigor el origen de todo. Eligió el libreto habitual de la derecha cuando la pillan: hacerse víctima. En su carta difundida en X, habló de “ensañamiento”, de ataques mediáticos y de sufrimiento familiar. “Tal vez simplemente ocurre que a la gente común no le permiten estar en estos lugares”, escribió.
La frase es insultante. Porque la gente común en Argentina no suele tener 500.000 dólares sin declarar en un pendrive. La gente común no se defiende desde la Quinta de Olivos. La gente común no sale de una crisis política con la posibilidad de seguir vinculada a una empresa estatal como YPF. La gente común, esa a la que el Gobierno de Milei dice representar mientras le destroza el bolsillo, no tiene a Karina Milei replicando su comunicado y agradeciéndole su defensa de “las ideas de la libertad”.
Karina Milei, Secretaria General de la Presidencia, lo despidió con elogios: “persona íntegra, valiosa y muy querida”. La palabra “íntegra”, en este caso, suena casi como una provocación. O como una burla. Porque el problema de fondo no es que Adorni guste más o menos dentro del mileísmo. El problema es que un Gobierno que construyó su identidad pública sobre la denuncia de la corrupción acabó protegiendo durante meses a un jefe de Gabinete imputado por presunto enriquecimiento ilícito.
El analista político Pablo Javier Salinas resumió a elDiario.es una clave demoledora: el jefe de Gabinete debería funcionar como fusible de un Gobierno, pero aquí fue el Gobierno de Milei el que actuó como fusible de Adorni. Al revés. Durante 112 días, el Ejecutivo estiró la crisis, bloqueó salidas, intentó ganar tiempo y permitió que el caso siguiera contaminando toda la agenda política.
La oposición convirtió el escándalo en eje de presión parlamentaria. Se hablaba de interpelación, de moción de censura, de una votación incómoda para el oficialismo. La semana pasada, el Gobierno logró bloquear una sesión especial en la Cámara de Diputados. Pero el incendio no se apagó. Solo cambió de habitación. Dentro del propio espacio libertario empezaron a aparecer fisuras, nervios y cálculos. Patricia Bullrich, senadora y figura en tensa convivencia con Milei, publicó tras la renuncia que “la confianza y la ética” son fundamentales para profundizar el cambio.
La frase también tiene lo suyo. Porque si algo muestra este episodio es que la ética suele aparecer en boca de la derecha cuando ya no queda otra salida que cortar una cabeza para salvar el decorado. Durante meses, no molestó tanto el escándalo como su coste político. No el fondo. El ruido. No la sospecha de enriquecimiento, sino la imposibilidad de seguir vendiendo superioridad moral sin que medio país señalara el pendrive.
Santilli llega ahora como reemplazo, con la misión de ordenar una crisis que el Gobierno dejó pudrir. Viene del PRO, viene de Macri, viene de esa política tradicional que Milei insultó para después necesitarla. Otro golpe al teatro libertario. Porque detrás de la motosierra, detrás de los gritos, detrás del show contra “la casta”, aparece siempre lo mismo: alianzas con los viejos poderes, blindaje a los propios y sacrificio para quienes no tienen despacho.
Adorni ya era director de YPF sin cobrar sueldo por ese cargo. Según el recorrido marcado por Guillermo Francos, su antecesor en la Jefatura de Gabinete, no sería extraño que ahora encuentre refugio institucional y empiece a percibir honorarios. La puerta giratoria no entiende de ideología. Solo de clase.
Milei prometió dinamitar la casta y ha terminado demostrando que la casta también puede llevar campera libertaria, hablar de Bitcoin y esconder medio millón de dólares en un relato absurdo.
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