26 Jun 2026

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‘MANGOS’, parte 8 | el peligro que se viene
DESTACADA, INTERNACIONAL

‘MANGOS’, parte 8 | el peligro que se viene 

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No estamos ante una simple carrera tecnológica. Estamos ante una disputa por la infraestructura de la próxima década, y la están ganando empresas privadas con más poder que muchos Estados.

LA NUEVA OLIGARQUÍA NO LLEVA CORONA, LLEVA SERVIDORES

Durante años nos vendieron Silicon Valley como un laboratorio de futuro. Jóvenes brillantes, garajes, innovación, camisetas negras, discursos sobre conectar a la humanidad y mejorar el mundo. La postal era limpia. La realidad, bastante más sucia. Detrás de cada promesa había concentración. Detrás de cada aplicación gratuita, extracción de datos. Detrás de cada “nube”, centros de datos, contratos, energía, agua, minerales, trabajadores y trabajadoras precarizadas, lobbies y dependencias públicas cada vez más profundas.

Ahora esa vieja maquinaria entra en una fase más peligrosa. Los MANGOSMeta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX— no quieren dominar solo una red social, un buscador, un sistema de satélites, una nube o un modelo de inteligencia artificial. Quieren colocarse en todos los puntos por los que tendrá que pasar la economía digital de la próxima década. Chips, datos, cómputo, aplicaciones, satélites, sistemas operativos, distribución, defensa, publicidad, centros de datos y modelos generativos. El menú completo.

Y eso cambia la escala del problema.

Antes hablábamos de plataformas demasiado grandes. Ahora hablamos de infraestructuras demasiado esenciales. Meta puede meter la IA dentro de las aplicaciones que usan más de 3.500 millones de personas. Google puede integrarla en Android, el buscador, Gmail, Maps, YouTube, la nube y las herramientas de trabajo que millones de personas ya usan sin pensar. Nvidia vende los chips sin los que buena parte de la carrera no existe, con una cotización cercana a 4,5 billones de euros, 103.000 millones de beneficio neto en 2025 y márgenes brutos del 75%. OpenAI abrió la fiebre con ChatGPT el 30 de noviembre de 2022, llegando a un millón de usuarios en cinco días y cien millones en dos meses. Anthropic, fundada en 2021, ya ronda una valoración de 830.000 millones de euros. SpaceX, pese a facturar mucho menos que Amazon y perder 4.250 millones de euros, llegó este junio a superar su cotización durante sus primeros días en los mercados.

La lectura es clara: el capitalismo no está premiando solo beneficios presentes. Está comprando control futuro.

Esa es la clave. SpaceX facturó unos 17.000 millones de euros, mientras Amazon ingresó 625.000 millones y obtuvo 68.000 millones de beneficio neto. Pero el mercado miró a Musk y vio otra cosa: satélites, Starlink, cómputo orbital, centros de datos, IA, guerra, dependencia. Vio una llave. Y en esta nueva economía, quien tiene la llave puede permitirse perder dinero durante años si al final consigue cerrar la puerta por dentro.

La inteligencia artificial se presenta como una herramienta. No lo es solo. Es una capa de poder colocada sobre la educación, la sanidad, el trabajo, la administración pública, la justicia, la comunicación, el periodismo, la defensa, la logística y la vida cotidiana. Quien controle esa capa podrá influir en qué se automatiza, qué se recomienda, qué se resume, qué se oculta, qué se monetiza, qué se vigila y qué se vuelve dependiente.

La IA no viene sola. Viene con dueño.

Y esos dueños no son neutrales. Tienen accionistas, ideología, intereses geopolíticos, contratos públicos, relaciones con ejércitos, ambiciones personales y una capacidad enorme para presionar a gobiernos. No hablamos de inventores simpáticos. Hablamos de tecnoligarcas. De una clase empresarial que ya no se conforma con vender productos, sino que aspira a administrar las condiciones materiales de la vida digital.

El peligro no es que una IA escriba mejor o peor. El peligro es que la sociedad entera quede subordinada a seis corporaciones que deciden la infraestructura, el acceso y las reglas.

CUANDO LA DEMOCRACIA PIDE PERMISO A UNA EMPRESA

La dependencia tecnológica siempre empieza con comodidad. Es más fácil usar el buscador que ya existe. El móvil que ya viene configurado. El chat donde ya están tus contactos. La nube que ya contrató tu empresa. El modelo que ya integró tu administración. La herramienta que promete ahorrar tiempo. Nadie siente que está entregando soberanía cuando pulsa “aceptar”. Ese es precisamente el truco.

La cesión ocurre poco a poco. Primero es una ayuda. Luego una costumbre. Después una necesidad. Al final, una infraestructura crítica. Y cuando llega ese punto, regular se vuelve más difícil, porque los Estados ya dependen de aquello que deberían controlar.

Lo hemos visto con Starlink. La red de satélites de Musk no es una extravagancia espacial. Es comunicación estratégica. En Ucrania, el control de Starlink permitió a Musk condicionar una operación militar. Un empresario privado, no elegido por nadie, con capacidad para influir en una guerra. Esa imagen debería bastar para romper el mito del “genio emprendedor”. No es emprendimiento. Es poder soberano privatizado.

También se ve en Google. Si Gemini se integra en Android y en el buscador, la IA deja de ser una opción entre muchas. Pasa a ser el filtro por defecto de la información. Y quien filtra el mundo tiene poder sobre el mundo. Puede decir que democratiza el conocimiento, claro. Todas estas empresas dicen democratizar algo. Pero acceso no es democracia. Acceso puede ser una dependencia con interfaz amable.

Meta plantea otra amenaza. La IA entrando en WhatsApp, Instagram y Facebook no entra en un espacio vacío. Entra en una maquinaria que ya ha convertido la conversación humana en publicidad, perfilado, recomendación y negocio. Una inteligencia artificial integrada ahí puede ser útil. Sí. También puede ser la herramienta definitiva para personalizar propaganda, consumo, manipulación emocional y vigilancia comercial.

OpenAI simboliza el giro más descarado. Nació rodeada de discurso sobre beneficio general y acabó atrapada en la misma pregunta que cualquier empresa valorada en 756.000 millones de euros: cómo monetizar. Si para financiar gastos de computación superiores al billón de euros se abre la puerta a usar datos de las personas usuarias para publicidad personalizada, el mensaje queda claro. La conversación íntima con una IA puede acabar convertida en mercado. Otra vez.

Anthropic ofrece la versión elegante del problema. Habla de seguridad, alineamiento y prudencia. Pero su modelo Fable ya ha sido vetado a ciudadanos extranjeros, y la Casa Blanca vigila sus capacidades por el riesgo de explotación de brechas informáticas. La paradoja es feroz: la empresa que nació alertando sobre los peligros de OpenAI se ha convertido en una infraestructura estratégica que también necesita vigilancia.

Y Nvidia demuestra que todo esto no es etéreo. La IA no flota en una nube limpia. Nace en chips, fábricas, servidores, centros de datos, electricidad y agua. Jensen Huang habla de “fábricas de IA” y compara esta tecnología con la electricidad. Pues bien: si la IA será como la electricidad, dejar sus interruptores en manos privadas es una irresponsabilidad política de primer orden.

El peligro que se viene no es una película de robots. Es mucho más aburrido y mucho más real: administraciones públicas contratando IA sin soberanía tecnológica, medios perdiendo tráfico porque las respuestas quedan dentro de Google, trabajadores y trabajadoras obligadas a producir más con menos derechos, centros de datos devorando recursos, ejércitos integrando modelos privados, escuelas dependiendo de plataformas, hospitales comprando sistemas opacos, gobiernos negociando con empresas que no pueden permitirse enfadar.

Eso no es futuro. Es captura.

La izquierda, los movimientos sociales, las y los periodistas, las organizaciones de derechos humanos, las universidades públicas y las instituciones democráticas tienen que dejar de hablar de tecnología como si fuera un asunto técnico. No lo es. Es lucha de clases. Es soberanía. Es ecología. Es antimilitarismo. Es derecho laboral. Es libertad de expresión. Es privacidad. Es democracia.

Porque la IA puede ayudar, claro que puede. Puede servir para ciencia, accesibilidad, traducción, diagnóstico, investigación, educación y tareas pesadas. El problema no es la inteligencia artificial como herramienta. El problema es el régimen de propiedad que la rodea. En manos públicas, cooperativas, transparentes, auditables y sometidas a control democrático, muchas tecnologías pueden ampliar derechos. En manos de tecnoligarcas, suelen ampliar beneficios.

Y hoy la dirección es la segunda.

Los MANGOS no son un acrónimo gracioso. Son una advertencia. Representan una concentración de poder que une lo que antes estaba separado: información, infraestructura, cómputo, satélites, datos, publicidad, defensa y trabajo. Si esa arquitectura se consolida sin resistencia, la próxima década no será solo más digital. Será más dependiente. Más vigilada. Más desigual. Más privatizada.

La democracia no puede limitarse a pedir transparencia a quienes están construyendo el tablero entero. Tiene que recuperar capacidad de decisión. Regular de verdad. Romper monopolios. Defender infraestructuras públicas. Impulsar soberanía tecnológica. Proteger datos. Blindar derechos laborales. Frenar el uso militar y represivo. Exigir auditorías independientes. Poner límites ecológicos a los centros de datos. Y asumir algo elemental: no todo lo que puede hacerse debe hacerse, y mucho menos si lo decide una élite de multimillonarios con complejo de salvadores.

Si la inteligencia artificial va a organizar parte de la vida común, entonces la vida común no puede quedar en manos de quienes solo responden ante el mercado.

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