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Sundar Pichai no manda como Musk ni posa como Zuckerberg. Google ejerce otro poder: el de estar siempre ahí, incrustado en el buscador, Android, la nube, el correo, los mapas y la vida diaria de millones de personas.
EL MONOPOLIO AMABLE QUE APRENDIÓ A DISFRAZARSE
Google lleva años vendiéndose como una puerta al conocimiento. Una caja blanca. Un logo simpático. Una promesa infantil de acceso universal a la información. Durante mucho tiempo funcionó. Buscar algo en Internet era “googlearlo”, como si una empresa privada hubiera conseguido convertirse en verbo sin que eso pareciera un problema político. Y ahí empezó todo. Cuando una compañía logra confundirse con una acción cotidiana, ya no compite en un mercado. Organiza el mercado.
Ahora Google forma parte de los MANGOS, el nuevo club de gigantes tecnológicos que aspiran a dominar la inteligencia artificial: Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX. Es, junto a Meta, una de las supervivientes del viejo bloque de las GAFAM. No ha llegado a esta fase desde fuera. No es una recién llegada con hambre de disrupción. Es una de las corporaciones que ya moldeaban Internet antes de que ChatGPT encendiera la fiebre global el 30 de noviembre de 2022.
Su ventaja es brutal. Google no necesita convencer a medio mundo de entrar en su ecosistema porque medio mundo ya vive dentro. El buscador, Gmail, YouTube, Maps, Android, Chrome, Google Docs, la nube, la publicidad. Una arquitectura entera de dependencia cotidiana. La inteligencia artificial no aterriza ahí como un producto nuevo, sino como una capa añadida sobre una infraestructura existente. Gemini no tiene que llamar a la puerta. La puerta es suya.
Ese es el poder de Google en la era de la IA. Para muchas personas, Gemini será simplemente “la IA del móvil”. La que aparece integrada. La que está disponible por defecto. La que responde antes de que el usuario o la usuaria se pregunte de qué empresa depende. Android, controlado por la multinacional, coloca a Google en una posición que cualquier competidor envidiaría. Si la IA se integra en el sistema operativo, en las búsquedas, en el correo y en las herramientas de trabajo, el debate sobre elección real se vuelve casi una broma.
La empresa fue fundada en 1998. Hoy su cotización bursátil ronda los 4 billones de euros. Sundar Pichai, su CEO, tiene 54 años. Su fortuna personal se estima en torno a 1.400 millones de euros. A diferencia de Musk o Zuckerberg, Pichai no encarna tanto el caudillismo tecnológico de propietario absoluto. Es un directivo designado, más institucional, más sobrio, más compatible con el lenguaje del consejo de administración. Pero no conviene confundirse. El poder no siempre grita. A veces habla despacio en conferencias, sonríe en fotos oficiales y firma contratos con sectores estratégicos.
Google ha logrado una posición entre los sistemas más potentes de la IA. Gemini rivaliza en capacidades con ChatGPT y Claude. La compañía supo responder al golpe inicial de OpenAI y adaptar su buscador y sus herramientas a la nueva era. El susto fue real. Durante meses pareció que ChatGPT podía amenazar la joya de la corona: el buscador. Ese lugar donde Google no solo respondía preguntas, sino que organizaba el tráfico de Internet, distribuía visibilidad, decidía qué páginas vivían y cuáles morían en la irrelevancia.
La respuesta fue rápida. IA en el buscador. IA en Android. IA en productividad. IA en la nube. IA en publicidad. IA en todos los rincones donde Google ya tenía una posición dominante. La empresa no se limitó a competir con modelos. Movió todo su ecosistema. Y cuando una corporación con ese tamaño mueve el ecosistema, arrastra a empresas, medios, administraciones, comercios, universidades, creadoras y creadores, periodistas, programadores y usuarias comunes. Nadie queda del todo fuera.
Google no necesita conquistar la inteligencia artificial desde cero: puede colonizarla desde los hábitos que ya controla.
LA DEMOCRATIZACIÓN COMO COARTADA
Sundar Pichai ha definido la IA como “el cambio más profundo de nuestras vidas”, mayor que el paso a la informática personal o al móvil, y ha dicho que hará más para democratizar el acceso a la información que el propio Internet. La frase es perfecta para una compañía como Google. Suena generosa, histórica, casi civilizatoria. También esconde una trampa enorme.
La palabra “democratizar” en boca de las grandes tecnológicas suele significar otra cosa: masificar el acceso a una herramienta controlada por ellas. No es lo mismo. Democratizar de verdad implicaría propiedad pública, auditorías independientes, transparencia, derechos laborales, control ciudadano, soberanía tecnológica, límites antimonopolio y capacidad real de decidir. Lo que Google suele ofrecer es acceso. Acceso cómodo, rápido, integrado. Pero acceso no es democracia. Acceso puede ser dependencia con buena interfaz.
Ya ocurrió con el buscador. Google prometía ordenar la información. Y sí, lo hizo. Pero también colocó a millones de webs, medios y negocios bajo la dictadura cambiante de sus algoritmos. Una modificación técnica podía hundir tráfico, ingresos y proyectos enteros. Lo mismo ocurrió con YouTube, donde creadores y creadoras dependen de normas opacas, desmonetizaciones, recomendaciones imprevisibles y una economía de atención que premia demasiadas veces el ruido por encima del rigor.
Ahora esa lógica llega a la IA. Si Google resume contenidos directamente en el buscador, ¿qué pasa con quienes produjeron esa información? Si Gemini responde antes de que el usuario visite una web, ¿quién captura el valor? Si la IA se alimenta de un ecosistema de conocimiento acumulado durante años y luego reduce la necesidad de acudir a las fuentes originales, el reparto vuelve a ser el de siempre: las comunidades producen, las corporaciones empaquetan, la empresa monetiza.
Los medios lo conocen bien. Las y los periodistas también. Primero dependieron del buscador. Luego de las redes. Después de las plataformas de vídeo. Ahora se abre una fase aún más dura: depender de respuestas generadas por IA que pueden absorber información, reorganizarla y ofrecerla dentro del propio entorno de Google. El tráfico puede quedarse dentro. La atención puede quedarse dentro. La publicidad puede quedarse dentro. Y fuera, precariedad.
Google dirá que mejora la experiencia. Que ahorra tiempo. Que ayuda a encontrar información. Parte de eso será cierto. Como siempre. La crítica seria no consiste en negar la utilidad. Consiste en mirar quién controla la utilidad, quién paga sus costes y quién queda subordinado. Una herramienta puede ser cómoda y peligrosa al mismo tiempo. Un monopolio puede parecer amable porque funciona bien. Precisamente por eso hay que mirarlo con más dureza, no con menos.
El peso de Google no se limita a la vida civil. La compañía tiene presencia en sectores estratégicos, incluida la defensa, y su tamaño económico le granjeó un asiento en la famosa foto de Trump con su corte tecnológica. Ese detalle importa. Los MANGOS no son solo un grupo de empresas innovadoras. Son interlocutores del poder político estadounidense. Se sientan cerca del Estado, negocian con el Estado, dependen del Estado y, a la vez, condicionan al Estado. Una relación pegajosa. Peligrosa. Muy rentable.
Europa debería tomar nota. Cuando sistemas críticos, administraciones, empresas y ciudadanía dependen de nubes, software, sistemas operativos y servicios controlados desde Estados Unidos, la soberanía deja de ser una palabra solemne y se convierte en una pregunta práctica. ¿Quién puede apagar? ¿Quién puede restringir? ¿Quién puede imponer condiciones? ¿Quién puede acceder? ¿Quién puede cambiar las reglas? La dependencia tecnológica no es un asunto de informáticos. Es política exterior. Es seguridad. Es democracia.
Google representa una versión especialmente eficaz de esa dependencia porque rara vez parece agresiva. No tiene la teatralidad de Musk. No tiene la deriva imperial de Zuckerberg. No tiene la épica de laboratorio de OpenAI ni la mística de seguridad de Anthropic. Google parece normal. Y esa normalidad es su mayor victoria. Está en el móvil, en el navegador, en el correo, en el calendario, en el mapa que guía el coche, en el vídeo que ve una niña, en la búsqueda de una persona enferma, en el documento compartido de una trabajadora, en la campaña publicitaria de una pequeña empresa. Está.
La IA amplifica esa presencia. Si Gemini se convierte en mediador de búsquedas, correos, documentos, imágenes, llamadas, compras, rutas, vídeos y tareas laborales, Google no solo organizará información. Organizará decisiones. Sugerirá respuestas. Priorizará opciones. Resumirá el mundo. Y quien resume el mundo tiene poder sobre lo que desaparece del resumen.
Ahí está el problema político de fondo. La inteligencia artificial de Google no llega a un terreno neutral. Llega sobre una estructura de monopolio, publicidad, datos, contratos, herramientas y dependencia acumulada durante más de dos décadas. Pensar que esa IA será democrática porque muchas personas podrán usarla es una ingenuidad cómoda. También es exactamente la ingenuidad que necesitan las grandes tecnológicas para seguir avanzando.
Pichai puede hablar de democratización. Puede hablar de conocimiento. Puede hablar de progreso. Pero una empresa valorada en 4 billones de euros no actúa como biblioteca pública. Actúa como corporación. Y una corporación con ese poder no debería decidir sola cómo se busca, se resume, se distribuye y se monetiza la información de la humanidad.
Google no es el villano más ruidoso de los MANGOS. Es algo quizá más serio: el poder que ya estaba instalado antes de que empezara la batalla. El que no necesita romper la puerta porque diseñó la cerradura. El que puede convertir la IA en una función más del móvil mientras el mundo discute si eso es comodidad o captura.
Cuando una empresa privada controla la pregunta, la respuesta y el camino entre ambas, no estamos ante una revolución del conocimiento: estamos ante una privatización de la realidad.
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