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Cuando el colapso deja de ser una amenaza y se convierte en un modelo político.
EL APOCALIPSIS COMO PROGRAMA DE GOBIERNO
Hay una idea que sobrevuela los discursos de Donald Trump, Viktor Orbán o Javier Milei: el fin del mundo ya no es un miedo que haya que evitar, sino una oportunidad que puede gobernarse. Esa es la tesis que Naomi Klein y Astra Taylor han desarrollado en distintos textos recientes: la ultraderecha contemporánea ha dejado de negar el colapso climático, social o democrático. Lo ha convertido en su estrategia.
Si el neoliberalismo clásico vendía optimismo —el crecimiento, la meritocracia, el progreso tecnológico—, el nuevo autoritarismo vende la ruina. El caos ya no se combate, se administra. Trump habla de “limpiar” América; Orbán, de “defender” a Europa; Milei, de “volar por los aires” el Estado. Ninguno propone construir nada. Su proyecto político consiste en celebrar la destrucción: de los derechos laborales, de la confianza en lo público, de la empatía como valor político.
Naomi Klein lo llama “capitalismo del desastre permanente”. Un sistema que necesita crisis continuas para justificar su poder y legitimar la excepción. Astra Taylor lo completa con otro concepto: el “fascismo del fin de los tiempos”, un modelo que promete orden no a través de la justicia, sino de la catástrofe. El colapso se convierte así en un espectáculo ideológico: cada incendio, cada guerra, cada crisis económica refuerza la idea de que solo un líder fuerte puede salvarnos del caos que él mismo alimenta.
EL GOCE DE LA RUINA
En ese nuevo marco, la política deja de ser gestión de lo común y se convierte en un ejercicio emocional. El votante no busca soluciones, busca sentido. Orbán ofrece pureza étnica; Trump, redención nacional; Milei, venganza contra el Estado. La catástrofe deja de ser un trauma y se transforma en identidad colectiva.
La ultraderecha global ha entendido que el colapso no se discute, se explota. Donde los movimientos ecologistas ven urgencia, los fascismos del siglo XXI ven negocio: militarización de fronteras, privatización de recursos, censura y control social en nombre de la emergencia. Lo llaman supervivencia, pero es extractivismo político.
En ese contexto, la crisis climática se convierte en narrativa moral. El negacionismo ya no niega: muta. Asume el desastre como inevitable, pero redefine quién merece sobrevivir. No se trata de salvar el planeta, sino de decidir quién tendrá derecho a vivir en él. Esa es la lógica de la extrema derecha climática: muros ecológicos, nacionalismo energético y nostalgia de un pasado donde los privilegiados aún podían respirar aire limpio.
Frente al discurso progresista que todavía intenta reparar el mundo, el fascismo del colapso propone disfrutar de su caída. Hay un goce nihilista en la destrucción, una estética del apocalipsis que se vende en TikTok, en los discursos de campaña, en los foros digitales donde se fantasea con la vuelta al “orden natural”. El colapso se estetiza, se vuelve mercancía.
DE LA POLÍTICA A LA RELIGIÓN
El nuevo fascismo no promete bienestar, promete fe. Su teología es simple: el mundo se ha corrompido, los débiles sobran, la élite moral debe purificarlo. Así se construyen los relatos de Trump, Orbán o Milei. Ya no son políticos, son predicadores del fin. Convencen no por lo que dicen, sino por cómo lo dicen: gritando que el caos es obra del enemigo, que la ruina es libertad y que la crueldad es realismo.
Astra Taylor advierte que el capitalismo tardío ha vaciado el futuro de esperanza y lo ha llenado de miedo. Ese vacío lo ocupan los líderes apocalípticos. Prometen orden a cambio de obediencia, seguridad a cambio de derechos, prosperidad a cambio de sumisión. Lo que ofrecen no es un horizonte, sino una trinchera.
La paradoja es que cuanto más visible es el desastre —el clima, las guerras, el hambre—, más crece el discurso que lo instrumentaliza. El fascismo del fin de los tiempos no necesita ganar debates, necesita agotar la esperanza.
Y lo está consiguiendo. No porque sea inteligente, sino porque el sistema le prepara el terreno. Porque mientras la izquierda debate sobre matices, la ultraderecha ya ha aprendido a vender el apocalipsis en cómodas cuotas mensuales.
El colapso ya no está por venir. Está siendo gobernado. Y su forma política tiene nombres y rostros. Algunos se sientan en la Casa Blanca, otros en Budapest, otros gritan desde Buenos Aires. Todos comparten la misma promesa: que no hay nada que salvar, solo que mandar.
El fascismo del fin de los tiempos no teme al desastre: lo administra.
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