28 May 2026

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Vídeo | Cuando el negocio eres tú: así funciona la industria que vende tu vida privada sin que lo sepas
DESTACADA, POLÍTICA ESTATAL

Vídeo | Cuando el negocio eres tú: así funciona la industria que vende tu vida privada sin que lo sepas 

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El nuevo capitalismo ya no vende productos: te vende a ti. Y lo hace con tu consentimiento fabricado.

Hay algo profundamente enfermizo en descubrir que una empresa conoce tu nombre, tu dirección, tu teléfono, tus hábitos y hasta tus intereses políticos sin que recuerdes haberle dado nunca permiso. Más aún cuando intentas borrar esos datos y descubres que es casi imposible. Correos sin respuesta. Teléfonos mudos. Formularios diseñados para desesperarte. Silencio.

Eso es exactamente lo que muestra el último episodio de Se nos ha ido de las manos, el programa de Carles Tamayo emitido el 26 de mayo en RTVE. Un trabajo incómodo. Mucho. Porque obliga a mirar de frente uno de los negocios más turbios y rentables del capitalismo digital contemporáneo: el tráfico masivo de datos personales.

Durante semanas, Tamayo recibe llamadas comerciales de empresas que saben demasiado sobre él. No solo su número. También dónde vive, cómo contactar con él y otra información privada que jamás recuerda haber compartido. Tirar del hilo lleva hasta un nombre concreto: Egentic, una empresa alemana dedicada al negocio del data brokering. Es decir, comprar, cruzar y vender perfiles detallados de personas como quien comercia con soja o petróleo.

Y ahí empieza el absurdo. En su propia web, Egentic asegura que cualquier ciudadano tiene derecho a retirar el consentimiento sobre el uso de sus datos personales. Lo dice el Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea. Muy bonito sobre el papel. La realidad es otra cosa. Carles intenta contactar con la empresa por correo electrónico, teléfono e incluso fax. Nada. Viajan hasta Alemania para buscar respuestas en persona. Otra vez nada. Un muro. Uno más.

Porque el problema no es solo que recojan datos. El problema es que han construido un sistema diseñado para que nunca puedas recuperar el control sobre ellos.

El periodista y experto en derechos digitales Ingo Dachwitz lo resume de forma demoledora durante el programa: “Ellos no quieren que sepas cómo funciona”. Y probablemente esa sea la frase más importante de toda la investigación. Porque el negocio depende precisamente de eso. De que no entiendas. De que aceptes cookies sin leer. De que pulses “aceptar” agotado. De que regales información a cambio de una app gratuita, un descuento absurdo o cinco céntimos acumulados en una tarjeta de puntos.

LA DEMOCRACIA DEL ALGORITMO: CUANDO LAS EMPRESAS YA NO QUIEREN VENDERTE COSAS, SINO MANIPULARTE

La parte más inquietante llega cuando Tamayo decide infiltrarse en el sistema. Convertir temporalmente su inmobiliaria ficticia, Voltor & Voltor, en un data broker. Y lo consigue con una facilidad insultante.

Montan una campaña sencilla: ofrecer 50 euros en gasolina a cambio de rellenar formularios. Parece inocente. Un regalo rápido. Una promoción más. Pero detrás de esas preguntas se esconde una maquinaria de extracción brutal. Datos personales, gustos, emociones, habilidades, experiencias vitales. Todo empaquetado y clasificado.

Y funciona.

Con esa información, sumada a técnicas habituales como cookies, rastreo online, compra de datos filtrados en la dark web y segmentación de perfiles, consiguen construir una base de datos valorada en más de 20.000 euros. Veinte mil euros obtenidos comerciando con vidas ajenas. Con personas convertidas en mercancía digital.

Lo más perverso ni siquiera es el dinero. Es el objetivo final.

Porque ya no hablamos solo de venderte unas zapatillas o un seguro médico. Hablamos de modificar comportamientos. De moldear opiniones políticas. De alterar percepciones sociales sin que la gente sea plenamente consciente. Y ahí el documental pega donde duele.

Tamayo logra contactar con una consultora política haciéndose pasar por un grupo de presión interesado en influir en unas elecciones. La respuesta que recibe es escalofriante por lo natural que suena. “Lo podemos hacer sin hablar directamente de votar”. Sin necesidad de propaganda explícita. Sin mítines. Sin debates públicos. Solo trabajando “la percepción”.

Esa es la palabra clave del capitalismo digital contemporáneo: percepción.

Ya no necesitan censurarte. Ya no hace falta prohibir periódicos o cerrar televisiones. Basta con inundarte de estímulos diseñados para llevarte exactamente hacia donde otros quieren. Un vídeo aquí. Una noticia sugerida allá. Una campaña emocional. Un anuncio personalizado. Un miedo concreto amplificado en el momento adecuado.

Y mientras tanto seguimos creyendo que internet es gratis.

No lo es. Nunca lo fue.

Pagamos con nuestros datos. Con nuestros patrones de consumo. Con nuestras relaciones personales. Con nuestras inseguridades. Incluso con nuestras emociones. Cada clic deja un rastro. Cada búsqueda alimenta una maquinaria gigantesca que genera miles de millones mientras la ciudadanía apenas entiende qué está entregando realmente.

Las aplicaciones gratuitas, las tarjetas de fidelización de supermercados, los sorteos absurdos en redes sociales, las encuestas disfrazadas de entretenimiento, los permisos infinitos que aceptamos sin leer. Todo responde a la misma lógica extractiva. Una minería contemporánea donde el recurso natural ya no es el petróleo. Eres tú.

Y lo más inquietante es que este sistema ya no opera en los márgenes. Está completamente integrado en la vida cotidiana. Normalizado. Invisibilizado. Convertido en rutina.

El capitalismo descubrió hace tiempo que la mercancía más rentable del planeta no era el oro ni el petróleo. Era la intimidad humana.

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