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El hundimiento laborista del 7 de mayo ha dejado al primer ministro británico sin relato, sin autoridad y con más de 70 diputados pidiendo ya que abandone el poder.
EL LIDERAZGO SE ROMPE DESDE DENTRO
Keir Starmer lleva meses intentando aguantar como si la política fuera una cuestión de resistencia física. Aguantar titulares, aguantar encuestas, aguantar malestar interno, aguantar el desgaste de un Gobierno que prometió reconstrucción y ha terminado oliendo demasiado a administración del mismo desastre. Pero la crisis abierta tras las elecciones locales del 7 de mayo ya no parece una tormenta pasajera. Parece otra cosa. Una retirada que todavía no se atreve a pronunciar su nombre.
El primer ministro británico insiste en que no se marcha. Lo repite como quien intenta tapar con una frase la grieta de todo un edificio. Pero este 11 de mayo, decenas de diputadas y diputados laboristas le han pedido la dimisión o, al menos, un plan de salida. No una reflexión abstracta. No una pausa. Una salida. Y cuando un líder tiene que convencer a los suyos de que todavía manda, normalmente ya ha empezado a dejar de mandar.
La presión no viene solo de las voces críticas de siempre. Eso sería cómodo para Downing Street. Se podría vender como ruido interno, como izquierda molesta, como el viejo partido protestando desde los márgenes. Pero no. A lo largo del lunes se fueron sumando parlamentarios de distintos sectores, también quienes habían defendido a Starmer con entusiasmo en el pasado. Más de 70 diputados habían pedido públicamente su marcha a última hora de la tarde. Esa cifra no es un mal día. Es una sentencia política en construcción.
Según The Guardian, la ministra de Interior, Shabana Mahmood, y la de Exteriores, Yvette Cooper, habrían pedido ya a Starmer que considere anunciar un calendario para una “transición ordenada”. Traducido del lenguaje educado del poder: vete antes de que te echen peor. La idea sería abrir un proceso para elegir sucesor antes de septiembre, cuando se celebrará el congreso del Partido Laborista. El partido no está debatiendo si hay crisis. Está debatiendo cómo gestionar el cadáver político sin manchar demasiado la moqueta.
Los nombres ya circulan. Angela Rayner, exviceprimera ministra. Wes Streeting, ministro de Sanidad. Andy Burnham, alcalde de Manchester, aunque ahora mismo no podría presentarse porque no es diputado. Y ese requisito importa: cualquier candidatura necesita el apoyo del 20% del grupo parlamentario, es decir, 81 de los 403 diputados laboristas en la Cámara de los Comunes. Hasta las matemáticas le han dejado de sonreír a Starmer.
El detalle más simbólico llegó con las dimisiones cercanas al Gobierno. Cuatro diputados que trabajaban como asistentes de ministros presentaron su renuncia por pérdida de confianza en el líder. Entre ellos, el enlace parlamentario de Wes Streeting, uno de los posibles rivales internos. No son gestos menores. Son señales. En política británica, esas señales suelen escribirse con cortesía y leerse como cuchillos.
UNA PROMESA OBRERA CON MANOS DE GESTOR
Starmer intentó defenderse con un discurso en Londres. Otra vez habló de la clase trabajadora. Otra vez prometió acercarse a la Unión Europea. Otra vez lanzó la idea de renacionalizar empresas en sectores clave al borde de la quiebra. El problema es que cuando una promesa llega después del derrumbe suena menos a proyecto y más a salvavidas. El laborismo no puede invocar a las y los trabajadores solo cuando las urnas le rompen la cara.
Ahí está la contradicción central. Starmer ganó en 2024 una mayoría abrumadora para el laborismo en la Cámara de los Comunes. Tenía poder, margen, legitimidad y un país exhausto esperando algo distinto tras años de conservadurismo. Pero el cambio no puede consistir en administrar con rostro serio el mismo modelo que vacía barrios, precariza vidas y convierte los servicios públicos en una subasta lenta. La gente no vota solo para cambiar de gestor. Vota, cuando aún cree en algo, para cambiar de vida.
Por eso la revuelta interna duele tanto. Porque no habla solo de una mala noche electoral. Habla de una desconexión. De un Gobierno que no ha sabido traducir la rabia social en políticas capaces de tocar la realidad material. Salarios, vivienda, sanidad, transporte, energía. Lo básico. Lo que no cabe en los discursos bien peinados. Lo que las élites políticas suelen recordar cuando necesitan votos y olvidar cuando reparten poder.
El caso de Sam Carling, diputado por Cambridge y elegido con 22 años en 2024, resume el clima. Pidió la dimisión de Starmer con una frase que podría sonar medida, pero que políticamente es devastadora: “Se necesita cambio y tristemente he llegado a la conclusión de que Keir Starmer no es la persona adecuada para liderar ese cambio”. No es una salida de tono. Es peor para Starmer. Es la forma fría, casi administrativa, de decir que el ciclo se ha agotado.
La maniobra europeísta tampoco basta. Starmer intenta sobrevivir agarrándose ahora al rechazo del Brexit y prometiendo poner al Reino Unido “en el corazón de Europa”. Puede tener sentido estratégico. Puede incluso conectar con una parte de la sociedad británica harta de las mentiras del Brexit. Pero no resuelve lo central. Europa no puede ser una cortina elegante para ocultar que la vida cotidiana sigue rota. Si acercarse a la UE sirve para proteger derechos, reconstruir cooperación y frenar el nacionalismo reaccionario, adelante. Si sirve para maquillar la falta de valentía social, es humo con bandera azul.
El laborismo se enfrenta a una verdad incómoda: no basta con derrotar a la derecha si se gobierna con miedo a molestar al capital. No basta con hablar de clase trabajadora mientras se tranquiliza a los mercados. No basta con prometer renacionalizaciones cuando el incendio ya ha llegado al salón. Las y los votantes no son figurantes de una obra institucional. Tienen alquileres, facturas, listas de espera y trabajos que no alcanzan para vivir.
Este martes por la mañana, sus propios ministros pueden pedirle que se vaya durante la reunión del gabinete. El lunes por la noche algunos le animaban a seguir “luchando”. Pero la pregunta ya no es si Starmer quiere luchar. La pregunta es por quién, contra quién y para qué. Porque cuando un Gobierno laborista necesita que le recuerden que la clase trabajadora existe, el problema no es de comunicación: es de obediencia al orden que decía venir a cambiar.
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