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Cuando la política exterior se mezcla con la teología, el resultado no es estrategia: es cruzada
Un vídeo circula estos días con una mezcla inquietante de espectáculo y poder. En él, Pete Hegseth recita un monólogo de Pulp Fiction como si fuera una oración. No es una escena de ficción. Es el secretario de Defensa de Estados Unidos, el hombre que supervisa una guerra real, jugando a confundir religión, cine y violencia. La escena parece absurda. Lo preocupante es que encaja.
Encaja porque lo que ocurre en el Pentágono desde hace meses ya no se puede entender solo como política exterior. Hay otra capa. Más ideológica, más profunda. Y más peligrosa.
Nueve meses y seis días antes del bombardeo del 28 de febrero contra una escuela primaria en Minab (Irán), donde murieron más de 175 personas, en su mayoría menores, el entorno espiritual de Hegseth ya marcaba el tono. Su pastor, Brooks Potteiger, hablaba ante mandos militares en el Pentágono. No hablaba de estrategia. Hablaba de Dios. De misiles. De destino.
“Jesucristo tiene la última palabra”, dijo. Y lo dijo en un edificio desde el que se ordenan ataques militares.
Ese ataque, ejecutado con misiles Tomahawk, no ha sido asumido públicamente ni por Donald Trump ni por el propio Hegseth. No hay disculpas. No hay autocrítica. Solo una narrativa que insiste en algo inquietante: que la guerra forma parte de un plan divino.
Hegseth lo ha repetido varias veces. Habla de “providencia”, de “voluntad de Dios”, de una lucha donde el enemigo no es solo geopolítico, sino moral. En sus intervenciones públicas mezcla sin pudor la retórica militar con referencias religiosas. Y eso cambia todo.
No es una metáfora. Es una forma de pensar.
El 25 de marzo, en un servicio religioso dentro del Pentágono, rezó por “una violencia abrumadora contra aquellos que no merecen piedad”. Una frase que no suena a diplomacia. Suena a cruzada. Tanto que incluso el papa León, en su homilía del Domingo de Ramos, lanzó una advertencia indirecta sobre quienes rezan con “las manos manchadas de sangre”.
Pero Hegseth no responde a Roma. Su marco es otro.
Una teología del poder
El actual jefe del Pentágono pertenece a una corriente calvinista muy específica, vinculada a la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas (CREC). Una estructura con jerarquía fuerte, disciplina interna y una idea central: todo lo que ocurre está determinado por Dios.
Eso incluye guerras. Bombardeos. Muertes.
La profesora Julie Ingersoll lo resume con claridad: en esta cosmovisión, Dios no solo permite los acontecimientos, los decide. Incluso los más violentos. Incluso los más atroces.
La consecuencia es evidente. Si todo responde a un plan divino, la responsabilidad política desaparece. No hay errores. No hay excesos. Solo ejecución de un designio superior.
Y eso, trasladado a la política de defensa de una potencia como Estados Unidos, no es un detalle menor.
Hegseth no solo cree en esto. Ha integrado esa visión en su forma de gobernar. Ha llevado servicios religiosos al Pentágono. Ha incorporado lenguaje teológico a ruedas de prensa militares. Ha reinterpretado operaciones bélicas en clave bíblica.
El 6 de abril, tras el rescate de un piloto derribado en Irán, describió la operación como una especie de resurrección pascual. Viernes Santo. Sábado oculto. Domingo de resurrección. Un relato simbólico para tapar una realidad menos épica: un caza perdido, millones de dólares en operaciones de rescate y una guerra sin rumbo claro.
El problema no es la metáfora. Es lo que revela.
Masculinidad, religión y guerra
La historiadora Kristin Kobes Du Mez lleva años estudiando este fenómeno. Lo llama “masculinidad militante”. Una transformación del ideal evangélico en Estados Unidos que, desde mediados del siglo XX, ha ido desplazando valores como la compasión hacia otros más duros: dominación, fuerza, violencia legitimada.
Hegseth encaja perfectamente en ese molde. Exmilitar, presentador de televisión, defensor de criminales de guerra, ahora convertido en figura clave del poder político. Con tatuajes de cruzados. Con discursos que desprecian las leyes de la guerra. Con una narrativa donde el enemigo no es solo adversario, sino hereje.
En ese marco, la guerra deja de ser un instrumento político. Se convierte en una misión moral.
Y eso explica muchas decisiones recientes. La escalada contra Irán, que duró seis semanas antes de un alto el fuego frágil, no responde únicamente a cálculos estratégicos. Tiene una carga ideológica evidente. Porque durante décadas, Estados Unidos evitó precisamente ese escenario: una confrontación directa que podía desestabilizar toda la región.
Ahora ese equilibrio se rompe. Y las consecuencias son las esperadas. Ataques a bases estadounidenses. Impacto económico global. Tensiones energéticas por el estrecho de Ormuz. Nada de eso es sorpresa.
La pregunta es por qué se asumió ese riesgo.
Parte de la respuesta está en esta fusión entre política y fe. Entre poder militar y convicción religiosa. Entre estrategia y dogma.
Porque cuando alguien cree que actúa en nombre de Dios, negociar deja de ser una opción. Dudar tampoco.
El propio Hegseth lo dejó claro en el Desayuno Nacional de Oración del 5 de febrero. Allí defendió que el sacrificio militar garantiza la vida eterna. Una idea que, según varios teólogos, se acerca más a las Cruzadas medievales que al cristianismo contemporáneo.
No es una exageración histórica. Su tatuaje lo dice todo: “Deus Vult”. Dios lo quiere.
Una consigna del siglo XI que ahora vuelve a aparecer en el siglo XXI. Esta vez no en campos de batalla medievales, sino en la cúpula del poder militar más grande del mundo.
Y cuando esa idea se instala en el centro de decisión, lo que está en juego deja de ser solo una guerra. Pasa a ser algo mucho más difícil de detener.
Porque las guerras se negocian. Las cruzadas, no.
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