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El PP compra el discurso racista y punitivista de Vox mientras Junts, Alvise y Espinosa de los Monteros disputan quién lleva más lejos la deriva reaccionaria.
LA COMPETICIÓN RACISTA QUE YA HA CONTAGIADO AL PP
Hace diez años Ciudadanos abrió la brecha, pero hoy el tablero se ha desplazado hacia un terreno aún más peligroso. La extrema derecha española no solo se ha normalizado, sino que ha contaminado al propio Partido Popular, que ahora juega a ver quién expulsa más rápido a migrantes legales.
Alberto Núñez Feijóo ha prometido deportaciones de personas “reincidentes” incluso por delitos leves. Se trata de una línea roja inédita en democracia: equiparar un hurto o una pelea con la expulsión del país, aunque se tenga residencia legal. Es la institucionalización del racismo como programa de gobierno.
El discurso de Feijóo se parece cada vez más al de Santiago Abascal, que exige hundir barcos de rescate o echar del país a “ocho millones de personas”. La carrera hacia la xenofobia no es una ocurrencia: los datos del CIS muestran cómo en un año la percepción de la inmigración como “principal problema” ha pasado del 2,6% al 20,7%. No es casualidad. Es el resultado de un bombardeo político y mediático calculado.
Junts no se queda atrás. Míriam Nogueras clamó esta misma semana que “la supervivencia de nuestra identidad no está garantizada” si no se limita la inmigración, envolviendo racismo en la bandera catalana para no perder espacio frente a Aliança Catalana. Se trata de un frente político que busca convertir a las personas migrantes en chivo expiatorio de la precariedad, la falta de vivienda o la degradación de los servicios públicos, problemas provocados por quienes gobiernan y no por quienes llegan buscando una vida digna.
Mientras los incendios forestales arrasaban cientos de miles de hectáreas y morían personas, Vox permanecía en silencio. Su prioridad fue jalear el odio en Torre Pacheco o apoyar vetos a celebraciones religiosas musulmanas en Jumilla. El incendio social les importa más que el ecológico.
EL JUEGO DE TRONOS DE LA ULTRADERECHA
Iván Espinosa de los Monteros intenta capitalizar el desgaste de Abascal con su think tank “Atenea”, que ya ha recibido el aplauso de Cayetana Álvarez de Toledo y de viejos cuadros expulsados de Vox. En su estreno se dejó fotografiar con Víctor de Aldama, imputado en múltiples causas de corrupción, y con Daniel Esteve, dueño de Desokupa. El PP, incómodo, improvisó excusas. Pero el mensaje es claro: la ultraderecha española se rearma con empresarios del bulo, matones de alquiler y figuras judicialmente manchadas.
Al mismo tiempo, Luis “Alvise” Pérez trata de sostener su proyecto SALF con la carta del punitivismo a lo Bukele, pese a que sus expectativas electorales se desinflan. De su gira por El Salvador vuelve con la receta del Estado de excepción permanente, como si España necesitara campos de encarcelamiento masivo para resolver una delincuencia que los propios datos oficiales desmienten. La “antipolítica” que pregona no es más que fascismo en beta, envuelto en Telegram y financiado bajo sospecha.
La ecuación es evidente: PP y Vox se necesitan para gobernar, pero se detestan lo suficiente como para tratar de devorarse mutuamente antes de 2027. En medio, Junts agita el espantajo xenófobo, Espinosa construye su plataforma con restos de naufragio y Alvise busca oxígeno en la radicalización punitiva.
España parecía resistir mejor que otros países europeos el avance del populismo ultraderechista. Pero esa barrera ya se ha roto. Las cifras lo dicen y las calles lo confirman. Si la vivienda, el paro y los salarios siguen sin respuesta, la reacción llenará ese vacío a golpe de odio.
El tablero está marcado. Lo que viene no es solo una pugna electoral. Es la apertura de una temporada donde la democracia se juega la garganta.
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