Javier F. Ferrero
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Ayuso no gestiona el duelo. Lo administra. Decide cuándo el dolor es respetable y cuándo resulta molesto. A quién se le concede un altar, una misa solemne y una fotografía institucional, y a quién se le niega incluso el derecho a ser nombrado sin desprecio. El funeral por las víctimas del accidente de Adamuz, contraprogramado con precisión quirúrgica, no es un gesto de recogimiento sino de control del relato. Una escenificación del poder que se envuelve en incienso mientras evita cualquier pregunta incómoda. Porque el problema nunca ha sido el homenaje en sí, sino la comparación inevitable con esas otras muertes que no tienen ceremonia, ni obispos, ni reconocimiento público: las 7.291 personas mayores fallecidas en residencias madrileñas tras los llamados protocolos de la vergüenza.
Ahí, donde el duelo podría convertirse en responsabilidad política, Ayuso levanta un muro. No solo se niega a organizar un acto de memoria, sino que deshumaniza a las familias, las reduce a una “plataforma de frustrados”. El insulto no es un exabrupto. Es una técnica. Nombrar así a quienes reclaman verdad y reparación sirve para convertir el dolor en patología, la exigencia de justicia en resentimiento, y la memoria en ruido. Si las víctimas son “frustradas”, el poder queda exonerado. No hay deuda moral, no hay culpa, no hay nada que explicar. Solo gente molesta que insiste en no olvidar.
La diferencia entre unas víctimas y otras no está en la gravedad de la tragedia, sino en su utilidad política. Las muertes que no comprometen decisiones de gobierno pueden ser lloradas con solemnidad. Las que apuntan directamente a una gestión concreta deben ser minimizadas, ridiculizadas o empujadas al olvido. No es una cuestión de sensibilidad, es de jerarquía. Hay vidas que refuerzan el liderazgo y otras que lo ponen en cuestión. Y esas últimas no merecen misa, ni silencio respetuoso, ni siquiera un mínimo de dignidad institucional.
En Madrid se ha construido un modelo de poder que elige qué muertos cuentan y cuáles sobran. Un poder que habla de libertad mientras administra el olvido. Que se envuelve en símbolos religiosos para no asumir responsabilidades políticas. Y que ha dejado claro, una y otra vez, que el problema no son las víctimas, sino lo que esas víctimas recuerdan. Porque hay memorias que consuelan y otras que acusan. Y esas, para Ayuso, no se lloran: se insultan.
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