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Mientras Huelva despedía a las personas fallecidas en Adamuz con respeto institucional, Madrid se convertía en escenario de una maniobra política que volvió a colocar a las víctimas en segundo plano.
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La tragedia ferroviaria de Adamuz, que ha dejado 45 personas muertas, merecía silencio, cuidado y acompañamiento público. Merecía instituciones al servicio del duelo y no el duelo al servicio de la política. Sin embargo, el 29 de enero de 2026, Madrid fue testigo de una escena que vuelve a tensar la relación entre poder y víctimas. Isabel Díaz Ayuso decidió celebrar en la Catedral de la Almudena un funeral propio, apenas una hora después del homenaje oficial celebrado en Huelva, al que acudieron familiares, supervivientes y representantes del Estado.
No fue un gesto inocente. Fue una contraprogramación consciente. Un acto político envuelto en liturgia. Un movimiento que trasladó el foco desde quienes habían perdido la vida hacia quien necesitaba reaparecer en escena. A su llegada a la Almudena, la presidenta madrileña fue recibida entre gritos de “asesina” por familiares de personas fallecidas en las residencias durante la pandemia de Covid-19. Familias a las que ella misma había insultado solo un día antes, llamándolas “plataforma de frustrados”.
Las palabras importan. Y cuando quien gobierna insulta a quienes reclaman justicia por 7.291 personas muertas en residencias madrileñas, lo que aparece no es solo desafección política, sino una herida que sigue abierta. Las familias de las víctimas acusan a Ayuso de haber impulsado los llamados “protocolos de la vergüenza”, que durante 2020 establecieron criterios discriminatorios para derivar —o no— a personas mayores desde residencias a hospitales públicos. Unos protocolos cuya existencia ha sido ampliamente documentada y que siguen siendo objeto de investigación judicial y social.
DUELO OFICIAL EN HUELVA, ESCENOGRAFÍA POLÍTICA EN MADRID
Mientras en Madrid se organizaba un funeral paralelo, Huelva acogía el acto central de despedida a las víctimas del accidente. Allí estuvieron los reyes, junto a familiares y supervivientes. También acudieron responsables institucionales de distinto signo político, como Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, y miembros del Gobierno de España, entre ellos María Jesús Montero, Luis Planas y Ángel Víctor Torres. Fue un acto marcado por la contención y por una tregua política explícita, algo cada vez más infrecuente.
En contraste, el funeral impulsado por el Gobierno de la Comunidad de Madrid evidenció su desconexión con las propias víctimas. Solo acudió una persona directamente afectada por el accidente, Mario Terrón, alcalde de Carabaña, que perdió a su hermano en el siniestro. Una sola víctima en un acto presentado como homenaje colectivo. El resto del aforo lo llenaron cargos públicos, personas afines y ciudadanía convocada sin vínculo directo con la tragedia.
La Catedral de la Almudena, con capacidad para unas 800 personas sentadas, se llenó. Hubo personas de pie, misa solemne y autoridades bien colocadas. También estuvieron el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y el delegado del Gobierno en la capital, Francisco Martín. Lo que no hubo fue centralidad de las víctimas. Porque cuando el poder ocupa el espacio del duelo, lo que se diluye es el sentido mismo del homenaje.
LAS VÍCTIMAS COMO MOLESTIA Y EL SILENCIO COMO COARTADA
Durante la eucaristía, el arzobispo de Madrid, José Cobo, apeló al silencio, al respeto y a la presencia como forma de consuelo. Habló de nombres, de historias truncadas, de vínculos rotos. Dijo que la Iglesia no estaba allí para ofrecer respuestas rápidas, sino para acompañar. Sus palabras, medidas y solemnes, contrastaron con el contexto político que envolvía el acto.
Porque no todo silencio es neutral. Hay silencios que acompañan y silencios que tapan. Hay silencios que protegen a quienes sufren y otros que funcionan como cortina. Cuando una dirigente que ha despreciado públicamente a víctimas se refugia en la liturgia para evitar responder, el silencio deja de ser consuelo y se convierte en coartada.
Ayuso no se dirigió a las personas que la increparon. Entró directamente en la catedral. No hubo palabra pública, ni gesto de reparación, ni reconocimiento del daño causado con sus declaraciones. Solo la imagen. Solo el plano institucional. Solo el intento de reescribir el relato.
El duelo no se contraprograma, no se instrumentaliza y no se usa para lavar responsabilidades políticas, porque cada vez que se hace, las víctimas vuelven a morir un poco más en nombre del poder.
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