La ofensiva imperial de Estados Unidos convierte una crisis de soberanía en oxígeno electoral para una primera ministra que estaba contra las cuerdas.
Durante meses, Mette Frederiksen caminaba hacia el abismo político. Las elecciones municipales de noviembre de 2025 dejaron a su partido tocado, perdiendo incluso Copenhague por primera vez en 100 años. Las encuestas de diciembre la situaban con una aprobación del 34 %, lejos del 79 % alcanzado en 2020. Todo apuntaba a un desgaste terminal. Entonces apareció Donald Trump y cambió el tablero.
A principios de enero de 2026, Trump amenazó abiertamente con anexionar Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía de Dinamarca. No fue una bravuconada más. Llegaba después de la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, un precedente que convirtió la amenaza en algo creíble. La soberanía dejó de ser una palabra abstracta y pasó a ser una urgencia nacional.
SOBERANÍA, MIEDO Y EFECTO BANDERA
El impacto fue inmediato. Entre el 20 y el 22 de enero de 2026, una encuesta de Megafon realizada a 1.012 personas otorgó al Partido Socialdemócrata de Frederiksen un 22,7 % de los votos y 41 escaños, frente a los 32 escaños que le daba el mismo instituto a principios de diciembre. Once escaños más en poco más de un mes. No por un giro social, ni por una rectificación económica, sino por una crisis geopolítica provocada desde Washington.
La reacción social fue de cierre de filas. Politólogos y eurodiputadas coincidieron en el diagnóstico. “No hay otra explicación que Groenlandia”, resumía la profesora Anne Rasmussen. El fenómeno tiene nombre y manual: efecto bandera. Cuando un actor externo amenaza, la población tiende a respaldar al Gobierno, incluso aunque esté desgastado. Dinamarca no es una excepción. Ya ocurrió durante la pandemia de la COVID-19 y vuelve a repetirse ahora.
La coalición de Gobierno, formada por socialdemócratas, liberales moderados y el partido Venstre, alcanzó en otro sondeo de Voxmeter publicado el 27 de enero de 2026 un 40,9 % de apoyo, el dato más alto en dos años. Traducido en escaños, 73 de los 179 del Parlamento. Insuficiente para gobernar en solitario, pero muy lejos del escenario de hundimiento que se daba por hecho hace apenas semanas.
Trump no solo ha reforzado a Frederiksen, también ha legitimado su discurso de firmeza. Donde antes se le reprochaba tibieza, ahora se premia una línea dura frente a la mayor potencia militar del planeta. La paradoja es evidente: un líder ultranacionalista estadounidense se convierte en el mejor aliado electoral de una socialdemócrata europea.
ELECCIONES, OPORTUNISMO Y FECHA LÍMITE
La pregunta ya no es si Frederiksen ha salido reforzada, sino qué hará con ese capital político. La ley danesa obliga a convocar elecciones antes del 1 de noviembre de 2026, pero la tentación de adelantar los comicios está sobre la mesa. No sería la primera vez. En 2022, con las encuestas en contra, Frederiksen apostó por un adelanto y ganó.
El contexto actual es delicado. Convocar elecciones en mitad de la mayor crisis de política exterior de Dinamarca en décadas puede percibirse como oportunismo, pero dejar pasar el impulso también entraña riesgos. El propio análisis académico apunta a que el efecto Groenlandia no será eterno. Cuando la atención vuelva al coste de la vida, a la sanidad o a la vivienda, el desgaste regresará.
Consciente de ello, el Gobierno ha movido ficha. Esta misma semana cerró un acuerdo con partidos de izquierda para repartir 600 millones de euros en vales de alimentos libres de impuestos a más de 2 millones de personas afectadas por el encarecimiento de la cesta básica. Una medida social en cifras concretas para apuntalar un apoyo coyuntural.
El problema es que el historial reciente pesa. Frederiksen sigue cargando con decisiones muy contestadas: el sacrificio de 17 millones de visones durante la pandemia o el encarcelamiento polémico de un exjefe de inteligencia. Son heridas que no se cierran con una crisis internacional, solo se tapan temporalmente.
Desde la oposición, la lectura es pragmática. La derecha del Partido Popular Danés se declara lista para elecciones anticipadas. Sabe que el viento sopla a favor del Gobierno ahora, pero también que el miedo externo no sustituye indefinidamente a la gestión interna.
La amenaza sobre Groenlandia ha reconfigurado el mapa político danés en cuestión de semanas. Trump ha convertido una ofensiva imperial en una tabla de salvación electoral ajena, demostrando que el autoritarismo global no solo desestabiliza fronteras, también reordena democracias enteras, aunque sea de forma provisional.
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