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La presión de Washington sobre Dinamarca rompe inercias, acelera consensos y coloca el Ártico en el centro de la disputa por el poder europeo
La escena no es habitual. En Estrasburgo, **el **21 de enero de 2026, una Eurocámara poco dada a la unanimidad cerró filas ante una amenaza exterior explícita. No fue una crisis financiera, ni una guerra en el flanco oriental, ni una pandemia. Fue Groenlandia. El intento de Donald Trump de reabrir la cuestión de la soberanía de la isla, acompañado de advertencias comerciales y presión directa sobre Dinamarca, activó un reflejo político que Europa llevaba años sin mostrar. Cuando la Casa Blanca habla en términos de coerción, la Unión Europea deja de hablar de matices.
La presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, abrió la primera sesión plenaria del año con un mensaje que no admitía ambigüedades. Las amenazas estadounidenses no aumentan la seguridad en el Ártico y sí elevan el riesgo de desestabilización. No era una declaración retórica. Era un aviso institucional. En un contexto en el que Washington ha normalizado el chantaje como herramienta diplomática, Bruselas empezó a hablar de soberanía sin complejos.
EUROPA MUEVE FICHA ANTE LA PRESIÓN DE WASHINGTON
El debate reveló algo más profundo que un desacuerdo coyuntural. La voluntad estadounidense de “hacerse con” Groenlandia no se percibe ya como una excentricidad personal, sino como una estrategia de poder. El Ártico concentra rutas marítimas, minerales críticos y proyección militar. Y Europa ha entendido que la neutralidad discursiva equivale a la cesión política.
Desde la tribuna, Metsola insistió en que cuando el pueblo de Groenlandia mire a Europa encontrará cooperación, no imposición. La frase no fue inocente. Marca distancia con un modelo imperial que convierte territorios en activos y pueblos en variables. También desmonta la idea de que la moderación europea sea sinónimo de debilidad. En paralelo, desde Davos, el gobernador de California, Gavin Newsom, resumía el clima con crudeza. Esto no es diplomacia, es estupidez. Un mensaje dirigido a Europa para que no se encogiera.
El Parlamento no se quedó en palabras. La semana anterior canceló las votaciones para ratificar el acuerdo comercial con Estados Unidos. Un gesto político medido, pero inédito en este contexto. La Eurocámara reclama ahora que la Comisión active instrumentos políticos, jurídicos y económicos si la escalada continúa. No como amenaza, sino como defensa.
EL ÁRTICO COMO CAMPO DE BATALLA ECONÓMICO Y MILITAR
Por primera vez, el Ártico entró de lleno en la agenda estratégica europea. La alta representante para la Política Exterior, Kaja Kallas, fue clara. Los aranceles amenazados por Washington no presionarán a la Unión. Al contrario. Empobrecerían a ambas partes y socavarían la prosperidad compartida. La advertencia no es ideológica, es económica. En un escenario de interdependencia, la coerción tiene efectos bumerán.
Kallas apeló a la calma y a la unidad. Pero también reconoció que Europa se enfrenta a una situación sin precedentes recientes. De ahí que el debate haya girado hacia herramientas concretas. Desde el grupo de los Verdes, Vicent Marzà volvió a poner sobre la mesa el Reglamento Anticoerción, diseñado precisamente para responder a chantajes económicos. Reducir la dependencia del dólar y consolidar el euro como moneda central del comercio internacional aparece ya no como un debate técnico, sino como una cuestión de soberanía.
En paralelo, los y las socialistas subrayan la gravedad del momento. Nacho Sánchez Amor habló de superar “peleas domésticas” y cerrar filas en lo esencial. Aparecer ante la ciudadanía como el bloque que decimos ser. La petición incluye elevar el tono diplomático para reconfortar a una población que percibe una amenaza exterior real. No es retórica bélica. Es pedagogía política.
Desde el Partido Popular Europeo, el consenso no se rompe. La retórica de la Casa Blanca es calificada de inaceptable. El eurodiputado danés Niels Flemming defiende la vía diplomática, pero también una presencia militar en Groenlandia en cooperación con la OTAN. La seguridad vuelve a ocupar el centro, y con ella la lógica de bloques. Nicolás Pascual de la Parte lo formula sin rodeos. El Ártico es ya un eje estratégico. Estabilidad, protección de intereses y disuasión vuelven al vocabulario comunitario.
El resultado es un consenso proeuropeo poco habitual, reconocido por fuentes parlamentarias. No elimina las fracturas internas, pero las aplaza. Groenlandia ha funcionado como catalizador. Ha recordado a Europa que la soberanía no se delega, se ejerce, y que cuando el poder se expresa en términos de amenaza, la respuesta no puede ser el silencio.
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