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Un consejo internacional presidido por Trump y con Netanyahu como fundador convierte el genocidio en escenografía diplomática.
La escena se vende como un giro histórico. Una carta solemne, firmada por el presidente de Estados Unidos, convoca a medio centenar de dirigentes mundiales a integrar una nueva arquitectura de “paz” para Gaza. En el centro, como fundador, Benjamin Netanyahu, el mismo dirigente bajo cuyo mandato Gaza ha sido reducida a escombros y fosas comunes. Al frente del invento, Donald Trump, que promete “solidificar la paz” con un tablero burocrático que pretende gobernar temporalmente el enclave. La diplomacia como atrezo, la violencia como método.
La fecha importa. 18 de enero de 2026. La cifra también. Unos 50 líderes invitados a un club selecto bautizado como “Gaza Board of Peace”, con un órgano ejecutivo subordinado que asesoraría la toma de decisiones. La puesta en escena se completa con la fotografía del poder, el comunicado grandilocuente y la distribución de papeles. Lo que falta es la gente de Gaza, su voz, su derecho a decidir.
LA PAZ COMO MARCA REGISTRADA
El texto de invitación, difundido en redes por Javier Milei, presenta la adhesión como un “honor” reservado a quienes “lideren con el ejemplo” e “inviertan brillantemente” en un futuro seguro y próspero. El léxico corporativo no es casual. La paz se empaqueta como producto y se gestiona como franquicia, con un consejo internacional que pretende gobernar un territorio devastado por bombardeos, desplazamientos forzados y hambre inducida.
Reuters confirmó que Francia, Alemania, Australia y Canadá recibieron invitación. También Egipto y Turquía, que confirmaron públicamente. Desde Bruselas, un cargo comunitario señaló que Ursula von der Leyen fue requerida para representar a la Comisión Europea. Europa, otra vez, llamada a legitimar con su presencia lo que no se atreve a frenar con su política.
La promesa de “gobernanza temporal” para Gaza no aclara ni el marco legal, ni la rendición de cuentas, ni la centralidad del derecho internacional humanitario. No hay referencia a las cifras que definen la tragedia ni a las fechas que marcan la secuencia del horror. No hay mención a la ocupación, ni al bloqueo, ni a las responsabilidades penales. Hay, en cambio, una idea persistente: administrar el desastre sin cuestionar a quien lo causó.
La paz como logotipo exige borrar el crimen del relato.
UN CONSEJO SIN VÍCTIMAS Y CON VERDUGOS
La reacción del Gobierno israelí fue reveladora. La Oficina del primer ministro arremetió contra la inclusión de Turquía, Catar y Egipto en el órgano ejecutivo asesor, alegando que la decisión “no fue coordinada con Israel” y “contradice su política”. El mensaje añade una instrucción concreta: el ministro de Exteriores, Gideon Sa’ar, debe tratar el asunto con Marco Rubio, designado miembro fundador del órgano ejecutivo. El problema no es la devastación de Gaza, sino quién se sienta en la mesa.
Que Netanyahu sea fundador de un consejo de paz para Gaza no es una ironía. Es una operación de blanqueo. Un movimiento para desplazar el foco desde la violencia estructural hacia la ingeniería institucional. Quien dirige la destrucción pasa a dirigir la reconstrucción del relato. Quien niega derechos reclama liderazgo moral. La ecuación no falla porque no busca coherencia, sino control.
El diseño es clásico: un órgano central presidido por Washington, un ejecutivo asesor con actores regionales tolerados a conveniencia y una retórica universalista que promete prosperidad. No hay autodeterminación, hay tutela. No hay justicia, hay administración. No hay memoria, hay marketing.
En este esquema, la participación europea funciona como sello de calidad. La presencia de Bruselas convierte la excepción en norma y el paréntesis en política permanente. Mientras tanto, Gaza sigue sin soberanía, sin puerto, sin aeropuerto, sin control de fronteras. La paz que se propone no devuelve derechos, redistribuye poder.
La cronología importa. Diciembre de 2025, rueda de prensa en Mar-a-Lago. Enero de 2026, cartas de invitación y anuncios coordinados. Las fechas trazan una secuencia de legitimación acelerada, diseñada para fijar hechos consumados antes de que la presión social y jurídica vuelva a imponer preguntas incómodas.
No es un consejo para detener la violencia. Es un dispositivo para gestionarla. No es un puente hacia la convivencia. Es un atajo para normalizar la impunidad. La paz convertida en comité no necesita víctimas, necesita firmas.
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