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La izquierda no está muerta, pero sí extraviada en los pasillos del poder. Recuperar la ilusión popular exige volver a lo esencial: la vida digna, la comunidad y la esperanza colectiva.
EL DESENCANTO COMO SÍNTOMA POLÍTICO
En casi todo el mundo occidental, la izquierda atraviesa una crisis de identidad. No de valores, sino de conexión. Las clases trabajadoras que la alumbraron ya no la sienten propia, y quienes aún la defienden lo hacen con más resignación que entusiasmo. El proyecto emancipador se ha vuelto administrativo; la retórica de la justicia social se ha institucionalizado hasta confundirse con la burocracia.
Mientras tanto, la derecha ha sabido apropiarse del lenguaje de la rabia y el descontento, ofreciendo un enemigo visible —migrantes, feministas, ecologistas, sindicatos— allí donde la izquierda no ha sabido ofrecer un horizonte. En España, Vox recita discursos de “rebelión popular” mientras defiende los intereses de las grandes fortunas; en Estados Unidos, Trump se presenta como “la voz del pueblo” desde su mansión de Florida; y en Francia, Marine Le Pen promete proteger al obrero mientras vota contra sus derechos en el Parlamento Europeo.
El desencanto popular no es irracional. Es el resultado de décadas de abandono material. Las políticas de austeridad impuestas tras la crisis de 2008 y la pandemia de 2020 dejaron a millones de personas con trabajos precarios, alquileres imposibles y servicios públicos en ruina. El miedo a perder poder institucional llevó a muchos partidos progresistas a pactar con las mismas élites que deberían combatir. En lugar de movilizar, se han especializado en gestionar. En lugar de soñar, en justificar.
Pero no hay poder popular sin fe colectiva. Y la fe, en política, no se impone: se construye en el territorio, se defiende en la calle y se siente en la piel. El pueblo no necesita más discursos ilustrados sobre la desigualdad: necesita ver que hay manos dispuestas a transformar su realidad inmediata.
CINCO CLAVES PARA RECUPERAR EL PODER POPULAR
1. RECONEXIÓN CON LO MATERIAL
La izquierda solo puede renacer si vuelve a hablar el idioma de la supervivencia. Salario, vivienda, sanidad, educación, tiempo. Todo lo demás —las estrategias comunicativas, las batallas culturales o los pactos parlamentarios— son secundarios si no se garantizan las condiciones materiales para una vida digna.
- En España, la subida del salario mínimo interprofesional a 1.134 euros en 2025 fue una medida acertada, pero insuficiente si no se acompaña de control de precios y de vivienda. Portugal ha ido más allá con el “Programa Mais Habitação”, que grava la vivienda vacía y limita los alquileres turísticos.
- En Francia, el movimiento de los chalecos amarillos demostró que la clase trabajadora reacciona cuando se siente escuchada, no cuando se la sermonea.
- En América Latina, Bolivia y Uruguay probaron que nacionalizar sectores estratégicos puede financiar políticas sociales y devolver soberanía económica.
- La recuperación del control público de la energía, como propuso en su día Unidas Podemos, o la banca pública que defiende la izquierda italiana, no son sueños de los 70: son las condiciones para que la democracia no dependa del capital financiero.
Sin redistribución real, no hay política transformadora.
2. DEMOCRATIZAR LA DEMOCRACIA
El poder popular se marchita cuando las decisiones se toman lejos del pueblo. Es necesario romper la distancia entre instituciones y ciudadanía.
- En Porto Alegre (Brasil), los presupuestos participativos permitieron durante décadas que las vecinas y vecinos decidieran directamente el destino de una parte del gasto público. Esa experiencia fue replicada en cientos de municipios del mundo.
- En Madrid, las asambleas de barrio de los años de Ahora Madrid acercaron la política municipal a los barrios obreros, aunque su desmantelamiento posterior mostró lo frágil que puede ser el poder ciudadano sin institucionalización.
- En Chile, el proceso constituyente frustrado de 2022 dejó una lección amarga pero clara: no hay democracia real sin pedagogía popular. Los procesos de base deben ir acompañados de educación política, medios propios y autonomía frente a los partidos.
- En España, un ejemplo sería devolver a los sindicatos de clase la capacidad de veto o propuesta sobre legislación laboral, frente a la actual subordinación a los ministerios y patronales.
Democratizar la democracia implica descentralizar el poder. Cada barrio, cada centro de trabajo y cada comunidad debe ser soberana en lo que le concierne.
3. HACER DE LA ECOLOGÍA UNA CAUSA DE CLASE
El cambio climático no es un problema de osos polares, sino de barrios obreros que se ahogan bajo la lluvia o se asfixian con el calor. La izquierda debe unir la justicia social con la justicia climática.
- El plan “Green New Deal” europeo, desvirtuado por los lobbies, podría ser una oportunidad real si se centrara en empleo público verde, rehabilitación energética de viviendas y transporte gratuito.
- En Galiza, la lucha contra el proyecto de la macrocelulosa de Altri muestra cómo los pueblos defienden su territorio contra la contaminación y la especulación.
- En Andalucía, la resistencia contra los regadíos ilegales en Doñana es una batalla de clase: grandes propietarios destruyendo el agua de las comunidades rurales.
- En América Latina, movimientos como los de Ecuador o Colombia por la defensa del agua frente a la minería articulan un discurso ecosocialista que debería inspirar a Europa.
La transición ecológica no puede ser una reconversión neoliberal. Debe ser pública, redistributiva y feminista.
4. CONSTRUIR COMUNIDAD FRENTE AL INDIVIDUALISMO
El neoliberalismo triunfó porque consiguió lo que ninguna dictadura logró: convencer a las personas de que estaban solas. Recuperar el poder popular exige reconstruir los lazos que sostienen la vida.
- En España, las redes vecinales que surgieron durante la pandemia demostraron más capacidad logística y empatía que muchas instituciones.
- En Barcelona, cooperativas como Som Energia o La Comunal ofrecen modelos alternativos de producción y consumo.
- En América Latina, las ollas comunes en Chile o los comedores populares en Argentina sostienen literalmente a miles de familias donde el Estado no llega.
- En Italia, el movimiento Non Una Di Meno ha convertido la organización feminista en un tejido de resistencia frente a la ultraderecha.
Cada escuela pública, cada sindicato de base, cada huerto urbano es un acto político. El poder popular no nace en el Parlamento, sino en la convivencia.
5. REIVINDICAR LA ALEGRÍA POLÍTICA
Durante demasiado tiempo, el progresismo ha hecho política desde el sacrificio, la culpa y el miedo. Pero la transformación necesita entusiasmo.
- El movimiento del 15M fue una explosión de esperanza que cambió para siempre el lenguaje político del Estado español.
- En Latinoamérica, las campañas de Lula en Brasil o Petro en Colombia se apoyaron en un relato de alegría y dignidad, no en la nostalgia.
- Las nuevas generaciones de artistas, youtubers y activistas están creando un lenguaje emocional que habla de justicia desde la risa, la música y el arte. El feminismo lo entendió primero: sin alegría, no hay revolución.
- Incluso la izquierda institucional debe aprender de estos códigos. Un gobierno que comunica con ilusión genera confianza; uno que solo advierte del desastre, no moviliza, paraliza.
La política emancipadora no se sostiene en el lamento, sino en la alegría de lo posible. La izquierda debe volver a cantar, bailar y reírse del poder mientras lo combate.
HACIA UNA NUEVA CULTURA DE LA IZQUIERDA
La izquierda no puede seguir confiando en que los errores de la derecha basten para hacerla ganar. Necesita volver a emocionar a quienes hoy se sienten abandonados por la política. Y eso exige tres transformaciones profundas: cultural, organizativa y simbólica.
Cultural, porque debe romper con el elitismo y el moralismo que han convertido su discurso en una lengua muerta para las periferias. Organizativa, porque la izquierda del siglo XXI no puede depender de partidos envejecidos y estructuras jerárquicas; necesita redes ágiles, locales, con capacidad de actuar desde abajo hacia arriba. Y simbólica, porque el lenguaje del poder debe dejar paso al lenguaje del pueblo: no hablar de “resiliencia”, sino de dignidad; no de “competitividad”, sino de cooperación; no de “mercado laboral”, sino de trabajo con derechos.
Recuperar el poder popular no es un eslogan romántico. Es una tarea histórica que pasa por devolver a la gente la capacidad de imaginar el mañana. Cuando la política deja de prometer futuro, el fascismo ocupa ese vacío con odio y venganza. Por eso la izquierda no puede limitarse a resistir: tiene que volver a ilusionar, a inventar y a organizar la esperanza.
Porque un pueblo sin esperanza no se levanta, pero un pueblo con esperanza ya está en marcha.
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