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Una cadena de decisiones tardías y silencios en plena catástrofe que dejó 229 muertes y muchas preguntas sin responder.
CRONOLOGÍA DE UNA AUSENCIA
La jueza Nuria Ruiz Tobarra ha citado a seis altos cargos del núcleo duro del Consell para reconstruir, llamada a llamada, el papel del president valenciano en funciones, Carlos Mazón, y de la exconsellera de Emergencias, Salomé Pradas, durante la DANA del 29 de octubre. La pieza clave es un registro telefónico implacable: 105 llamadas de Pradas antes de que Mazón pisara el Cecopi a las 20:28. Con Mazón, apenas 11,07 minutos en total antes del envío de la alerta. Con la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé, el tiempo fue 21,36 minutos.
Entre las 14:45 y las 18:45, el president estuvo en el restaurante El Ventorro con la periodista Maribel Vilaplana. A esa misma hora, el territorio se degradaba a ojos vista. La Generalitat había elevado la emergencia a nivel 2, solicitado la UME y convocado el Cecopi. A las 20:11 salió la alerta masiva a móviles. Para entonces, al menos 155 personas ya habían fallecido. El total oficial ascendería a 229 muertes, muchas tras agonizar durante días por heridas sufridas aquel 29 de octubre.
El sumario detalla un patrón. Primeros intentos de contacto: 12:54 a José Manuel Cuenca y 12:59 a Mazón. Ambas llamadas, canceladas. A las 16:11, Cayetano García llama a Pradas durante 2 minutos. A las 16:29, Pradas marca a Mazón; otra cancelación. Entre 16:43 y 16:56, dos comunicaciones con Cuenca, 35 y 36 segundos. El Cecopi ya funcionaba y ya había una decena de fallecidos.
17:37: primera llamada de Mazón a Pradas, 2 minutos. 18:00: 25 muertos, la posibilidad de alerta masiva está sobre la mesa, pero no se aprueba. 18:16: el intercambio más largo, 7 minutos. Antes de las 19:00, Emergencias registra 13.338 llamadas al 112 por el desbordamiento del barranco del Poyo. Mazón llama a Pradas 46 segundos; Cuenca y Pradas hablan 1 minuto. 18:28, Mazón telefonea al alcalde de Cullera por WhatsApp y le pide que le llame si hay problemas. 18:30, nueva llamada a Pradas, 33 segundos. 18:48 y 18:57, contactos con su director de comunicación y con el secretario general del PP valenciano.
A partir de las 19:00 comienza la hora más crítica. El barranco desborda. En la siguiente hora mueren al menos 84 personas. Se suceden intentos fallidos, llamadas de segundos, teléfonos ilocalizables. A las 19:36, Pradas intenta hablar con Mazón sin éxito; habla con Cayetano García 2 minutos y 33 segundos. 19:43, Mazón contacta con Pradas 48 segundos. A esa hora, según el propio listado del Consell, el president llega al Palau y hace otras dos llamadas internas.
20:11. La alerta masiva por fin se envía. Al menos 155 personas estaban ya muertas. El 60% de los fallecimientos se produjeron dentro de edificios, lo que convierte la consigna tardía de “no desplazarse” en un consejo inútil para quienes esperaban rescate. 19.821 llamadas recibió el 112 ese 29 de octubre; más de 15.000 antes del primer pitido en los móviles.
La cronología no es opinión, es prueba. Es un mapa de minutos perdidos mientras la población pedía auxilio.
RESPONSABILIDADES POLÍTICAS Y UN SISTEMA DISEÑADO PARA FALLAR
La instrucción quiere saber qué sabía cada cual y cuándo lo supo: Cayetano García, José Manuel Cuenca, Francisco González, María Teresa Gómez, Josep Lanuza, además del dueño de El Ventorro por ser testigo de parte de la jornada. No se trata de criminalizar errores humanos en medio del caos, sino de auditar un poder que convirtió la emergencia en agenda y la agenda en silencio. Cuando las y los responsables políticos gestionan un desastre como si fuera un problema de comunicación, la población queda a la intemperie.
La gestión de la DANA exhibe un patrón que conocemos en otras crisis: opacidad, centralización, decisiones tardías y prioridad de la imagen. El énfasis en la cadena de llamadas al círculo de Presidencia, la presencia de asesores y responsables de prensa en el tramo decisivo y la ausencia de una alerta temprana cuando ya existían señales de colapso dibujan un Estado que no pone la vida en el centro. Las y los operadores del 112 soportaron colas de más de 100 llamadas en espera y tiempos de respuesta de 120 segundos mientras se acumulaban peticiones de rescate. No fallaron las y los trabajadores. Falló la política.
Este caso no es una excepción meteorológica. Es la confirmación de un sistema de riesgos privatizado en la práctica, donde la cadena de decisión se subordina a agendas, jerarquías y cálculo electoral. La emergencia climática no es un fenómeno natural sino social: el clima desencadena la tormenta, pero el daño lo multiplica la desigualdad, la urbanización sin planificación, las infraestructuras recortadas, los servicios públicos delgados y una cultura institucional que tolera que un presidente sea ilocalizable en la hora más letal.
No hacen falta discursos épicos, sino protocolos claros y ejecutados a tiempo. La literatura científica lleva años insistiendo en que los minutos salvan vidas en inundaciones repentinas y que las alertas tempranas multimodales reducen mortalidad y daños materiales de forma significativa; así lo recogen revisiones de la UNDRR y la OMM sobre sistemas de alerta y respuesta rápida en eventos extremos. Si la política conocía el riesgo y tenía la herramienta, ¿por qué el pitido sonó a las 20:11?
Once minutos y siete segundos de conversación con quien debía tomar decisiones. Veintiún minutos y treinta y seis segundos con la delegación del Gobierno. Ciento cinco llamadas en la línea de Emergencias de la Generalitat. Diecinueve mil ochocientas veintiuna entradas en el 112. Doscientas veintinueve personas muertas. Una cifra no tapa a la otra, las condena.
La instrucción judicial debe esclarecer responsabilidades, pero la responsabilidad política es ya palmaria. Las enfermeras y enfermeros, las y los bomberos, las y los agentes, las y los teleoperadores sostuvieron la noche más larga; el poder, no. El Cecopi abrió, la lluvia cayó, el barranco se desbordó y la alerta llegó tarde. El resto es ruido, o peor, cálculo.
La democracia se mide en esos minutos en los que el teléfono suena y alguien decide no atender.
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