El obispo del pecado original y la discapacidad: la cruzada contra los derechos humanos sigue en pie
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Mientras la Iglesia pide perdón a medias, el Ministerio de Bustinduy lleva ante la Fiscalía un discurso que vulnera la dignidad y los derechos de millones.
«La discapacidad física, intelectual o psíquica es una herencia del pecado». Esa es la frase que el obispo emérito Juan Antonio Reig Pla soltó desde su púlpito, en pleno siglo XXI, con una sonrisa ritual en el rostro y la arrogancia de quien ha vivido toda su vida por encima del bien y del mal, protegido por sotanas, impunidad e indulgencias plenarias. No era un exabrupto aislado. Era una pieza más del discurso teológico rancio y deshumanizador que algunos sectores de la Iglesia católica siguen empeñados en perpetuar. Aunque tengan que atropellar la Constitución, la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad o simplemente el sentido común.
La reacción del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 ha sido clara: denuncia ante la Fiscalía. El escrito, firmado por Jesús Martín, director general de Derechos de las Personas con Discapacidad, exige la apertura de diligencias por un posible delito de odio, tal y como recoge el artículo 510.2 del Código Penal. Y no es para menos. Cuando alguien con autoridad religiosa vincula la existencia de personas con discapacidad a un castigo, está legitimando siglos de exclusión, institucionalizando el estigma y deshumanizando a millones de personas. No es opinión. Es violencia simbólica. Y es delito.
Este no es un ataque puntual. Es un síntoma de una teología anclada en tiempos inquisitoriales que aún goza de espacios de poder y privilegio. Reig Pla, conocido por sus soflamas homófobas, antifeministas y ultraconservadoras, ha vuelto a hacerlo. Porque puede. Porque nadie dentro de la Conferencia Episcopal ha levantado la voz con la contundencia debida. Porque en vez de reprobarlo públicamente, le dejan espacio para «pedir disculpas» como si aquí estuviéramos hablando de una falta de protocolo o una metáfora mal entendida.
El problema no es Reig Pla. El problema es que su discurso no es marginal, sino estructural.
CUANDO EL PERDÓN ES UNA COARTADA Y NO UNA REPARACIÓN
Después de que varias asociaciones como Asprodes Plena Inclusión expresaran su indignación, el obispo se vio obligado a recular. En un comunicado sin alma, reconoció «haber ofendido sin intención» y pidió «sinceras disculpas». Pero no hubo una revisión teológica, ni una rectificación pública de fondo. Solo el típico juego de manos eclesial: se retira la frase, pero se mantiene intacta la ideología.
Mientras tanto, el Ministerio ha instado a la Conferencia Episcopal a tomar medidas reales: reprobar oficialmente al obispo, garantizar que no se repitan este tipo de declaraciones y ofrecer formación en derechos humanos. Porque no se trata solo de evitar el escándalo mediático. Se trata de que ningún niño, ninguna mujer, ningún joven con discapacidad intelectual tenga que escuchar nunca más que su existencia es fruto de un castigo divino. Se trata de arrancar de raíz la doctrina del desprecio.
Lo más grave no es que un obispo diga barbaridades. Lo más grave es que aún haya instituciones que las justifican, las relativizan o las encubren. Que aún haya tertulianos, políticos y periodistas que, cuando la Iglesia vulnera los derechos de las personas, prefieren mirar a otro lado para no incomodar a sus votantes, a sus jefes o a sus anunciantes.
En 2025, el Gobierno ha tenido que recordar que los púlpitos no son espacios para estigmatizar sino lugares que deberían promover la dignidad humana. Que las homilías no pueden convertirse en panfletos ultrarreaccionarios donde se vincule el sufrimiento de una persona con el “pecado original”, el “desorden natural” o cualquier otro invento teológico diseñado para controlar cuerpos, vidas y libertades.
El caso está ya en la Fiscalía, pero la batalla no ha hecho más que empezar. Porque la impunidad eclesial no se combate con comunicados. Se combate con leyes, con pedagogía, con políticas públicas y, sobre todo, con memoria. La misma memoria que recuerda que durante siglos se encerró, esterilizó, institucionalizó y ocultó a las personas con discapacidad bajo esa misma idea de pecado. Y que esa herencia no es divina, sino política.
Reig Pla representa el pasado. Y ese pasado todavía sangra.
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