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Feijóo dice que ahora ve mejor desde el “centro del campo”. Lo que no sabe es que no está jugando un partido. Está haciendo teatro.
Por Javier F. Ferrero
Alberto Núñez Feijóo no quiere ganar las elecciones. Quiere ganar el relato. Porque sabe —o se lo han susurrado los fontaneros de Génova— que en política ya no manda la verdad, sino la verosimilitud. Y ahí, la economía se ha convertido en su tabla de Ouija. La agita, la invoca, la manipula. Como si con repetir tres veces “infierno fiscal” delante del Consejo General de Economistas pudiera hacer desaparecer los datos que contradicen su mantra.
En su última intervención, Feijóo ejecutó una pirueta política digna de escuela de magia y cinismo: convertir el mejor punto del Gobierno —el crecimiento económico— en un campo minado. Y lo hizo sin pestañear, disparando contra el aumento de la recaudación, el salario mínimo, la tributación del IRPF, la deuda pública y hasta contra la mismísima renta real de las familias, que, paradójicamente, se encuentra en su mejor momento en décadas.
Bienvenidos al “infierno fiscal”. Un lugar donde los impuestos suben porque hay más gente trabajando que nunca, donde las empresas baten récords de beneficios, donde el consumo se dispara y donde la inversión extranjera crece. El infierno, según Feijóo, no es un pozo sin fondo, sino una caja llena: la de Hacienda.
El bulo de los impuestos: cuando la derecha teme la igualdad
Dice Feijóo que pagamos más impuestos que nunca. Y tiene razón. También hay más empleo que nunca, más salarios, más cotizantes y más actividad económica. Más de 21,5 millones de afiliados a la Seguridad Social. Lo que omite es que pagamos más porque ganamos más. Y porque los que antes se escaqueaban —las grandes fortunas, los dividendos, los alquileres vacacionales— ahora, por fin, empiezan a poner algo en la mesa.
¿Es España un infierno fiscal? No según Eurostat. Nuestra presión fiscal (42,3% del PIB) sigue por debajo de la media de la Eurozona (46,5%) y a años luz de países como Francia (51,3%) o Alemania (46,8%). Si Feijóo quiere parecerse a Europa, debería pedir subir los impuestos, no bajarlos. Pero claro, ¿qué harían entonces los bufetes que asesoran al PP en materia fiscal? ¿O las eléctricas que financian sus campañas?
En realidad, el pecado original no es la recaudación. Es que los impuestos, cuando se gestionan bien, redistribuyen. Y ese verbo es anatema para quienes entienden el Estado como un club privado: caro, exclusivo y sin becas.
El salario mínimo: del desprecio a la hipocresía
Dice Feijóo que el SMI ahora tributa y que eso es un “negocio perfecto” para el Gobierno. Lo que no dice es que, gracias a su subida del 61% desde 2018, casi dos millones de personas (mujeres, jóvenes, migrantes) han salido de la pobreza laboral. Que esa tributación se compensa con deducciones para que nadie que cobre el SMI pague IRPF. Y que fue su partido quien congeló ese salario durante años mientras subía las dietas de sus diputados.
La derecha no odia el SMI porque sea bajo o alto. Lo odia porque funciona. Porque demuestra que el Estado puede intervenir para mejorar la vida de la gente. Y eso desmonta su dogma sagrado: que todo lo público es ineficiente y lo privado, virtuoso.
Renta real: cuando las familias van mejor… y el PP se enfada
Feijóo denuncia que la renta per cápita ha crecido poco. Pero según la OCDE, los ingresos disponibles de los hogares españoles han superado en cinco puntos los niveles previos a la crisis inflacionaria. Alemania, Francia o Italia no pueden decir lo mismo. ¿El motivo? Políticas públicas como el tope al gas, la excepción ibérica, la reforma laboral, los ERTE, las pensiones actualizadas al IPC, y sí, otra vez, el dichoso SMI.
¿Y qué hace el PP ante eso? Fingir que no ha pasado. Ignorar que tener más empleo, menos temporalidad y más contratos indefinidos es una mejora estructural. Inventar una nostalgia ficticia donde todo era mejor cuando gobernaban. Pero las estadísticas no entienden de melancolía.
Deuda y déficit: el apocalipsis que nunca llega
Otra joya del discurso fue su habitual apocalipsis fiscal. Feijóo profetiza una España hundida en deuda, con déficit fuera de control y Bruselas tocando la puerta. Pero la AIReF —no precisamente una célula de Podemos— dice otra cosa: que el déficit se mantendrá por debajo del 3% y que la deuda pública bajará del 100% antes de 2028. Lo dicen también el FMI, el Banco de España y hasta Standard & Poor’s.
Entonces, ¿por qué insiste? Porque necesita el miedo. El miedo al gasto social, el miedo a la deuda, el miedo a que el Estado funcione. Porque si funciona, ¿para qué sirve el PP?
El relato por encima de la realidad
El problema no es Feijóo. Es el sistema que lo aúpa. Una derecha que ha renunciado a gobernar y se dedica a sembrar desesperanza. Una oposición sin proyecto, sin datos y sin alma. Su única oferta es el castigo: recortes, bajadas de impuestos a los ricos, amnistías fiscales, privatizaciones. Un déjà vu que ya vivimos con Aznar y Rajoy, y que nos dejó más desigualdad, más precariedad y más corrupción.
Feijóo no quiere arreglar la economía. Quiere apropiarse del descontento. Convertir cada cifra en sospecha, cada logro en farsa, cada mejora en mentira. Y lo hace porque, en el fondo, sabe que cuando las cosas van bien, el populismo se debilita. Su populismo. Ese que viste de corbata y cifras, pero que apesta igual que el de Milei, Meloni o Trump.
Epílogo: el dato no miente, pero molesta
Feijóo dice que ahora ve mejor desde el “centro del campo”. Lo que no sabe es que no está jugando un partido. Está haciendo teatro. Y la economía, como el fútbol, se gana con hechos, no con lamentos desde la banda.
Los datos son tozudos. Y la tozudez del dato es la peor pesadilla del político sin propuesta.
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