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No es una carta a los Reyes Magos. Es una lista mínima para dejar de retroceder. Tras años de precarización, militarización del discurso público y normalización del cinismo político, 2026 no puede ser otro año de gestión del desastre. O se cambia el rumbo o se asume que la democracia seguirá siendo una promesa vaciada desde arriba.
DIEZ DESEOS PARA SALIR DEL BLOQUEO
Primer deseo: romper relaciones con Israel de forma clara y sin ambigüedades. No más eufemismos diplomáticos, no más comunicados de “preocupación” sin consecuencias. Mantener relaciones políticas, comerciales y militares mientras se cometen crímenes masivos no es neutralidad, es complicidad. España no puede seguir escondiéndose tras un lenguaje tibio mientras el derecho internacional se convierte en papel mojado.
Segundo deseo: derogar la ley mordaza. La Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana cumple once años en 2026 y su balance es conocido. Multas arbitrarias, persecución de la protesta social y criminalización del activismo y del periodismo incómodo. No fue una anomalía del PP: fue asumida como normalidad por quienes prometieron cambiarla.
Tercer deseo: que el problema de la vivienda sea tratado como lo que es, una emergencia social. Más del 40 % de las y los jóvenes no puede emanciparse, los alquileres siguen subiendo muy por encima de los salarios y los fondos de inversión continúan marcando precios. No faltan diagnósticos. Falta voluntad política para intervenir el mercado, limitar precios de forma efectiva y ampliar un parque público que en España no alcanza ni el 3 %.
Cuarto deseo: que la crisis climática deje de ser un epígrafe y pase a ser una prioridad política real. 2025 cerró con récords de temperaturas extremas y fenómenos meteorológicos violentos. No es una advertencia futura, es una realidad presente. Sin planificación, inversión pública y transición justa, la factura seguirá cayendo sobre quienes menos responsabilidad tienen.
Quinto deseo: frenar la escalada del gasto militar. Mientras se repite que “no hay dinero” para sanidad, educación o cuidados, los presupuestos en defensa crecen sin debate público ni control democrático. Más armas no significan más seguridad, significan más dependencia geopolítica y menos recursos para sostener la vida.
Sexto deseo: reconstruir los servicios públicos que han sido vaciados de forma deliberada. Sanidad colapsada, educación precarizada y dependencia convertida en una carrera de obstáculos administrativos. Lo público no está en crisis por ineficiencia, sino por decisiones políticas conscientes.
Séptimo deseo: una fiscalidad que deje de blindar a quien más tiene. Las grandes fortunas y las grandes corporaciones continúan pagando proporcionalmente menos que las clases trabajadoras. No es una disfunción del sistema, es su diseño. Sin justicia fiscal no hay democracia material.
Octavo deseo: que Benjamín Netanyahu sea juzgado por crímenes de guerra. No como gesto simbólico, sino como aplicación efectiva del derecho internacional. La impunidad sostenida por alianzas políticas y silencios cómplices erosiona cualquier discurso sobre derechos humanos. La justicia no puede depender de la geopolítica ni del peso militar de un Estado.
Noveno deseo: una política migratoria basada en derechos humanos y no en la excepción permanente. Centros de internamiento, devoluciones en caliente y discursos que criminalizan la pobreza. La frontera se ha convertido en un espacio donde la ley se suspende sistemáticamente. No es seguridad, es violencia institucional.
Décimo deseo: medios de comunicación libres del chantaje económico y político. Concentración empresarial, precariedad estructural en las redacciones y tertulias convertidas en espectáculo. Sin información crítica no hay ciudadanía capaz de decidir con libertad.
UNA EXIGENCIA QUE LO ATRAVIESA TODO
La exigencia no es decorativa ni retórica. Un frente único elevado desde la clase trabajadora. No como consigna nostálgica, sino como necesidad histórica. Las derechas avanzan cuando la mayoría social está fragmentada, cansada o desmovilizada.
Ese frente no se construye en despachos ni en platós. Se construye en los barrios, en los centros de trabajo, en las huelgas, en las mareas y en el sindicalismo de base. Se construye entendiendo que vivienda, salarios, clima y derechos no son luchas aisladas, sino expresiones del mismo conflicto.
La extrema derecha no crece porque convenza, crece porque divide. Por origen, por género, por edad y por territorio. Responder con tibieza o marketing político es regalarle el terreno.
Cuando la clase trabajadora se reconoce como sujeto político, el tablero se mueve. Cuando se diluye en identidades inconexas sin proyecto común, el poder se recompone sin resistencia.
2026 no necesita más promesas vacías ni pactos que se incumplen. Necesita organización, conflicto democrático y una mayoría social consciente de su fuerza, porque lo que está en juego no es un programa electoral, es la posibilidad misma de vivir con dignidad.
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