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Los audios de Frank Cuesta revelan un patrón de maltrato, tráfico ilegal y violencia contra animales. Lo que empezó como un show de aventuras acabó oliendo a podrido.
Hace años que venimos advirtiendo que Frank Cuesta no era el héroe animalista que los medios y las redes sociales vendían. Su deriva ideológica, sus discursos cada vez más agresivos y su desprecio a cualquier crítica… El personaje público que se presentaba como defensor de la fauna salvaje y azote del maltrato animal, escondía una peligrosa mezcla de soberbia, ignorancia y prepotencia que hoy estalla con fuerza en la cara de quienes lo encumbraron.
Frank Cuesta ha reconocido como auténticos unos audios en los que admite haber envenenado animales de forma premeditada y con alevosía. Sus propias palabras no dejan espacio a interpretaciones: “Voy a poner veneno todos los días hasta que mueran todos los perros”, afirma con total frialdad. Asegura haberlo hecho antes con gatos y ahora planea seguir con los perros que merodean su supuesto “santuario”.
No son declaraciones aisladas ni sacadas de contexto. En otro audio, se jacta de haber comprado tres suricatas por 30.000 baht tailandeses (aproximadamente 750 euros), calificando la compra como una “inversión”: “Hay que tener suricatas, que a la gente le gustan”. Sin ningún reparo, confiesa que tráfico de animales y espectáculo son parte de su modelo de negocio. Que sus vídeos de rescates no eran más que escenografía para acumular clics y donaciones.
UN SANTUARIO QUE NO EXISTE
Lo más grave no son solo los audios, sino el conjunto de mentiras que componen su fachada. Durante años, Frank ha afirmado ser veterinario y dirigir un refugio legal en la localidad tailandesa de Lao Khwan. Ambas afirmaciones son falsas. Tal y como ha destapado La Otra Crónica de El Mundo, no posee ninguna titulación veterinaria válida ni licencia oficial para tener a su cargo animales salvajes protegidos.
Frank Cuesta en su audio más impactante hasta la fecha:
— Bravo Enigmas (@BravoEnigmas) April 30, 2025
"Put* país de mier**, put* gente de mier**, put*s perros de mi*.
Insulta a Tailandia, a su gente, y a los perros. Al final dice querer acabar con cualquier perro que entre a su negligente "santuario" sin gallinero. pic.twitter.com/WTTW3sddXR
Su detención en febrero de 2025 no fue casualidad. Fue arrestado bajo cargos de posesión ilegal de especies protegidas, tras una investigación de las autoridades tailandesas y denuncias de activistas locales. Le fue impuesta una fianza para evitar la prisión preventiva, pero sigue en libertad condicional y pendiente de juicio. No estamos ante un malentendido, sino ante la caída de un mito construido a base de show, mentiras y explotación animal.
Su retórica ultraviolenta tampoco ayuda. En uno de sus últimos audios, se despacha sin filtros: “Puto país de mierda, puta gente de mierda, putos perros de mierda”, insultando a Tailandia, a sus habitantes y a los animales callejeros. Una mezcla de racismo, desprecio colonial y odio visceral, impropia de alguien que presume de llevar más de dos décadas viviendo en ese país.
Las autoridades tailandesas han comenzado a tomar cartas en el asunto. En medios locales, como el Bangkok Post y Thai PBS, han empezado a aparecer informaciones que cuestionan la legalidad de sus instalaciones, su actividad y su supuesto santuario. El problema no es solo que Cuesta mienta, sino que actúe impunemente en un país con una legislación laxa y a menudo corruptible, donde ha podido ocultar durante años un entramado que, en cualquier otro lugar, le habría costado una condena firme.
La clave de su éxito fue siempre la impunidad. Mientras otras y otros defensores de la fauna han sido criminalizados por enfrentarse al sistema o denunciar a multinacionales, Cuesta ha gozado de una posición privilegiada. Medios generalistas, youtubers e incluso instituciones públicas le han dado cobertura sin contrastar nada, alimentando una figura que ahora se desmorona como un castillo de naipes.
EL PROBLEMA NO ES SOLO FRANK
Este escándalo no debería limitarse a él. Hay responsabilidad compartida. Las plataformas que permitieron que generase ingresos millonarios con vídeos de animales, sin verificar la legalidad de sus prácticas. Los youtubers que se sumaron al carro por la moda, las y los periodistas que le dieron espacio sin una sola pregunta incómoda, las personas que defendieron su racismo como “sinceridad” y su desprecio por los derechos humanos como “naturalismo crudo”.
También es hora de revisar qué significa realmente un santuario. El término se ha desvirtuado. Un santuario no es una finca privada donde alguien se graba alimentando serpientes o acariciando tigres. Un santuario es un espacio sin ánimo de lucro, con personal profesional y bajo supervisión veterinaria constante, dedicado al cuidado de animales rescatados sin fines comerciales ni de reproducción.
No hay nada de eso en el “Santuario Libertad” de Frank Cuesta. Solo hay desinformación, explotación de especies exóticas y un discurso cada vez más desquiciado que, lejos de esconderse, se exhibe sin pudor. Y todavía hoy, sus vídeos siguen monetizando en YouTube, sin ninguna restricción. Plataformas que sí censuran contenidos feministas, antirracistas o ecologistas por considerarlos “políticos”, siguen alimentando económicamente a un tipo que admite querer matar perros con veneno.
En este caso, la negligencia no es individual: es estructural. Frank Cuesta solo es el síntoma más mediático de una enfermedad que mezcla capitalismo salvaje, espectáculo sin escrúpulos y falsas causas solidarias. No hay nada más rentable que venderte como defensor de lo que en realidad estás destruyendo.
Y mientras miles de activistas de verdad se dejan la piel salvando animales sin focos, el show de Cuesta sigue facturando cada click como si nada hubiese pasado.
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