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La empresa que encendió la mecha del coche eléctrico puede acabar enterrada bajo sus propias cenizas
INVENTAR EL FUTURO PARA PERDERLO
Kodak creó la cámara digital en 1975. La inventó, la patentó, la encerró. No supo imaginar un mundo sin carrete y terminó barrida por quienes sí lo hicieron. Su error no fue tecnológico, fue cultural. Confundió la invención con el control. Veinticinco años después, Tesla y Elon Musk parecen correr por el mismo precipicio.
Tesla no solo lideró la electrificación del automóvil: la simbolizó. Fue la utopía sobre ruedas de la clase media urbana, un fetiche verde que combinaba diseño, eficiencia y superioridad moral. Pero los símbolos también se agotan. Hoy, en Europa, Tesla ya no vende futuro. Vende un pasado reciente que empieza a oler a cerrado.
En mayo de 2025, las ventas de Tesla cayeron un 18% interanual en el continente europeo, según datos de la ACEA. Mientras tanto, marcas como BYD, Hyundai o Renault no solo la superan en matriculaciones: la adelantan en innovación, en precios y en simpatía. La causa no es técnica: Tesla no ha dejado de producir vehículos potentes ni de introducir mejoras. Pero ha dejado de marcar tendencia. Ya no lidera. Persigue.
Los consumidores más conscientes, los mismos que hicieron crecer la marca, ahora la abandonan en silencio. Lo hacen no por el coche, sino por el conductor. El narcisismo desatado de Musk, su fanatismo por Trump, sus declaraciones xenófobas y su obsesión por X (antes Twitter) han convertido su figura en una grieta reputacional. La marca ya no vale lo que vale el coche, sino lo que pesa su ego.
CUANDO LA EMPRESA SE VUELVE SU PROPIA CÁRCEL
Tesla es hoy la Kodak del siglo XXI porque está atrapada en su propio legado. No supo evolucionar hacia lo colectivo. Apostó todo a un solo rostro, a un solo relato, y ahora ese relato da miedo. El coche eléctrico ha dejado de ser sinónimo de Tesla. Ya no es el único, ni el mejor, ni el más deseado. La transición energética sigue adelante, pero sin su primer apóstol.
El sueño de Musk ha mutado: ahora no habla de coches, sino de humanoides. Mientras el mercado europeo se decanta por coches accesibles, compactos, compartibles y conectados, Musk predica sobre robots bípedos y colonias marcianas. Quiere convertir Tesla en una empresa de inteligencia artificial, en una factoría de androides. Pero nadie ha votado eso. Ni sus clientes, ni sus inversores.
La identidad de Tesla ya no la define la tecnología, sino la confusión. ¿Qué es ahora Tesla? ¿Un coche? ¿Un avatar? ¿Una secta? Lo que fue motor de transformación es hoy un símbolo disonante: eléctrico, sí, pero vinculado al negacionismo climático; eficiente, sí, pero dirigido por un hombre que propone el exterminio de las agencias públicas; rápido, sí, pero que llega tarde a las nuevas demandas sociales.
Los datos son brutales. En 2024, Tesla perdió el 70% de su valor de marca en Europa, según el informe de Interbrand. Y en EE. UU., pasó del puesto 8 al 95 en reputación corporativa, según Axios Harris Poll. En apenas dos años, se ha convertido en una de las empresas con peor imagen del país. Scott Galloway, profesor de NYU, lo resume sin tapujos: “Es la mayor autodestrucción de reputación corporativa en la historia reciente”.
La historia se repite, pero no rima: Kodak no murió por no tener tecnología. Murió por no saber imaginar otro modelo de negocio. Tesla corre el mismo riesgo. Su creador ha confundido la disrupción con el dogma, y donde antes hubo apertura, hoy hay soberbia. El coche eléctrico sobrevivirá. Tal vez Tesla no.
Porque quien inventa una revolución y luego la abandona, se convierte en el obstáculo que impide que esa revolución siga su camino.
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