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La delgadez vuelve como mandato disfrazado de salud, éxito y autocontrol mientras la industria convierte la inseguridad en beneficio
¿Ha muerto el body positive? La pregunta circula con la misma velocidad con la que se viralizan cuerpos imposibles y promesas de transformación exprés. Pero quizá la cuestión está mal formulada. El body positive no ha muerto: lo han enterrado bajo una avalancha de fármacos, algoritmos y viejos mandatos reciclados. Y lo han hecho con precisión quirúrgica, con la eficacia de un sistema que sabe detectar cualquier grieta emancipadora para convertirla en negocio.
El último vídeo de Spanish Revolution, disponible en este análisis sobre la nueva obsesión por la delgadez y el efecto Ozempic, lo expone con claridad: durante unos años pareció que las mujeres y los cuerpos disidentes podían escapar del régimen de la culpa corporal. Que el valor no dependía de la talla, del deseo masculino ni de la permanente vigilancia estética. Y precisamente por eso había que desactivarlo.
La escritora Naomi Wolf lo anticipó hace décadas: cada avance feminista genera una reacción. No es casual. Es estructural. Y cuando esa reacción puede generar beneficios millonarios, se acelera. El capitalismo patriarcal no solo resiste, también monetiza el retroceso.
EL NEGOCIO DE LA DELGADEZ: DE IDEAL ESTÉTICO A DISCIPLINA MORAL
La llamada era Ozempic no ha inventado nada nuevo. Ha actualizado un viejo mandato. La delgadez ya no se vende solo como belleza, sino como virtud. Como señal de autocontrol, éxito y superioridad moral. No se trata únicamente de “verse bien”. Se trata de demostrar disciplina, orden, incluso valor social.
Este giro no es inocente. Cambia el marco. Si antes el ideal era aspiracional, ahora se presenta como responsabilidad individual. Si no encajas, no es que el sistema falle: es que tú no te esfuerzas lo suficiente. Y en ese relato encajan perfectamente los nuevos fármacos.
Medicamentos desarrollados para tratar la diabetes se han convertido en productos estrella del mercado estético. Según explica el análisis sobre el efecto Ozempic y su impacto en la relación con el cuerpo, su uso está reconfigurando conductas alimentarias, generando nuevas formas de obsesión y reactivando dinámicas que se creían en retroceso.
No importa que existan dudas sobre los efectos a largo plazo. No importa que los efectos secundarios puedan ser duros o frecuentes. No importa que el discurso médico se utilice como escudo. Cuando el mandato de la delgadez regresa, la salud rara vez es el objetivo real. La salud es la coartada perfecta.
Mientras tanto, el mercado hace su trabajo. Influencers que antes defendían el body positive adelgazan de forma repentina. Se impone de nuevo el cuerpo fino, blanco, contenido. Las mujeres vuelven a ocupar menos espacio, literal y simbólicamente. Y todo ello envuelto en un relato de empoderamiento que no es más que marketing.
ALGORITMOS, REDES Y CONTROL: CUANDO LA LIBERTAD SE CONVIERTE EN TENDENCIA
El fenómeno no se limita a la industria farmacéutica. Está amplificado por plataformas digitales que convierten cualquier tendencia en norma. Instagram, TikTok y otras redes no solo reflejan el cambio: lo aceleran. Los algoritmos premian los cuerpos normativos, invisibilizan la diversidad y refuerzan un único modelo de éxito.
Alrededor de ese ideal resurgen comunidades que venden la delgadez como si fuera liberación. Cuentas como The Skinni Société o Liv Schmidt construyen universos donde la delgadez no es una opción, sino un horizonte obligatorio. No se presenta como imposición, sino como elección personal. Y ahí reside su eficacia.
Pero no es libertad. Es mercado. Es una industria multimillonaria que convierte la inseguridad en producto. El mismo sistema que generó la presión estética vende ahora la solución, empaquetada como autocuidado. Una lógica circular donde el problema y la respuesta pertenecen al mismo negocio.
La pregunta, entonces, no es si el body positive ha desaparecido. La pregunta es cuánto tarda el sistema en absorber cualquier discurso de liberación, vaciarlo de contenido y devolverlo convertido en tendencia rentable. Porque ya ocurrió con el feminismo corporativo, con la diversidad convertida en campaña publicitaria y con la salud transformada en consumo.
Esto nunca fue solo una cuestión de cuerpos. Es una cuestión de control, de poder y de quién decide qué significa ser válido en una sociedad que convierte la vida en mercado.
Y cuando el mercado dicta el tamaño que debe ocupar tu cuerpo, lo que está en juego no es la estética, es la libertad.
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