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Mientras centenares de personas lo perdían todo bajo el agua, el president de la Generalitat comía, callaba… y luego mintió
LA VERDAD SE ESCUCHA EN UNA LLAMADA AÚN NO DESMENTIDA
“He visto lo que pasa, no me metas en un lío”. Así, con una frase que hiela la sangre, la periodista Maribel Vilaplana trató de desmarcarse de la catástrofe. Eran las últimas horas del 29 de octubre de 2023. Las lluvias ya habían dejado 227 muertes directas y un mapa de devastación en media València. Y esa frase, lejos de redimirla, revela mucho más de lo que pretende ocultar.
La escena es grotesca: mientras miles de personas luchaban contra el agua y la desesperación, el president Carlos Mazón compartía mantel con Vilaplana en un restaurante llamado El Ventorro. Aislados del desastre y de la gente que gobiernan. Pero lo realmente grave no es la comida: es la ocultación. Es que durante una franja de 90 minutos, entre las 18:00 y las 19:30, no se sabe dónde estaba Mazón. Ni el Cecopi, ni el Palau de la Generalitat, ni ninguna trinchera institucional. La nada. El silencio. El agujero negro de la responsabilidad.
Cuando la presión mediática hizo estallar el caso, el Palau de la Generalitat no solo mintió: retuvo el nombre de la periodista hasta el 8 de noviembre, argumentando que había sido ella quien pidió mantenerse al margen. Porque sí, era más fácil esconder una cara que asumir una culpa.
Y mientras el país preguntaba dónde estaba Mazón durante las horas más críticas de la DANA, su equipo afirmaba con firmeza que se encontraba «al tanto», cuando en realidad no contactó con la consellera de Justicia e Interior hasta las 17:37, casi tres horas después de que la Unidad Militar de Emergencias estuviera ya desplegada en el terreno.
UNA CENA, UNA LLAMADA Y UN ESCÁNDALO AÚN SIN ASUMIR
El relato oficial es una muralla de mentira cuidadosamente levantada, pero con goteras que ya no se pueden tapar. Cada nueva investigación judicial, cada revelación periodística, cada testimonio filtrado desmonta la farsa palmo a palmo.
El hueco más grave en la versión del president es ese “vacío telefónico” de 36 minutos entre las 19:00 y las 19:36. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una ubicación. Nadie sabe qué hizo, con quién estuvo, ni si intentó siquiera comprender la magnitud del desastre. Lo único que sí sabemos es que no estaba gestionando la emergencia. Y que cuando apareció en la reunión del Cecopi a las 20:28, ya era tarde para muchas de las víctimas.
Maribel Vilaplana, que se dedica a impartir cursos de “comunicación de impacto” financiados con dinero público, es ahora una testigo incómoda. También es consejera del Levante UD, que por entonces colaboró en la recogida de ayuda para zonas afectadas. Y también es una de las periodistas que más años trabajó en Canal 9, la televisión pública que sirvió durante décadas como portavoz del PP valenciano. Nada de eso la convierte en responsable directa de la tragedia, pero sí en partícipe de una arquitectura de poder que lleva años blindando a sus propios protagonistas, incluso cuando fallan estrepitosamente.
Ahora, siete meses después, Vilaplana se enfrenta a una citación en la Comisión del Congreso que investigará la gestión de la DANA. Su papel ya no es el de comunicadora, sino el de pieza clave en un puzle que solo encaja si se desmantelan las mentiras oficiales.
En sus declaraciones más recientes, Vilaplana se centra en denunciar el linchamiento en redes sociales, la crueldad de los algoritmos y el dolor personal sufrido. Nadie debe normalizar el acoso, pero convertirse en víctima no es coartada para ignorar el daño estructural que provoca callar cuando se es testigo de una negligencia mortal. Porque hay una diferencia abismal entre sufrir un señalamiento injusto y ayudar a encubrir a quien ostenta el poder.
“Nadie está preparado para un acoso y derribo en redes”, dice. Pero la pregunta es otra: ¿Está preparada una periodista para sentarse a comer con un presidente mientras su comunidad se desangra?
La comisión del Congreso no debería convertirse en un teatro. Debe preguntar lo que Mazón se niega a responder: dónde estaba, por qué se ocultó la reunión, por qué mintió su equipo, quién ordenó tapar la identidad de la periodista y qué otras conversaciones se han borrado del relato. Porque el poder no solo se mide por lo que se hace, sino por lo que se calla cuando todo se derrumba.
La verdad ya no cabe en los titulares oficiales. Y el relato que empezó con una comida a las tres de la tarde se ha convertido en la crónica de una responsabilidad desaparecida. Mazón no solo no estaba en el lugar donde debía, sino que tampoco ha vuelto desde entonces.
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