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La extrema derecha española se envuelve en la cruz mientras combate exactamente aquello que predica el cristianismo cuando habla de pobres, migrantes, paz o dignidad humana.
Vox lleva años utilizando la “herencia cristiana” como una coartada política. No como una convicción espiritual. Como una herramienta de confrontación. La cruz convertida en frontera. El evangelio reducido a un eslogan identitario para señalar a musulmanes, migrantes, personas racializadas o cualquiera que no encaje en su idea estrecha y agresiva de España.
Y ahora llega una escena bastante incómoda para ellos. Porque el Papa León XIV ha aterrizado en España y, prácticamente desde el primer minuto, no ha dejado de lanzar mensajes que chocan frontalmente con el discurso de Santiago Abascal.
Aun así, allí estarán. En primera fila. Escuchando al pontífice en el Congreso mientras fingen que no va con ellos.
La imagen tiene algo de tragicomedia política. O de puro cinismo.
El domingo, ante más de 1,2 millones de personas durante la misa del Corpus en Madrid, León XIV soltó una frase que cayó como una piedra sobre el discurso ultra europeo: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. No hizo falta señalar a nadie. No hacía falta. Todo el mundo entendió perfectamente de qué estaba hablando.
Porque Vox lleva años construyendo un discurso que convierte a las personas migrantes en sospechosas permanentes. Les culpa del deterioro de los servicios públicos mientras protege un modelo económico que privatiza la sanidad, destruye vivienda pública y precariza salarios. El viejo truco. Buscar un enemigo vulnerable para no señalar a quienes se enriquecen de verdad.
Y aun así se presentan como guardianes de la cristiandad.
Curioso concepto de cristianismo ese que desprecia pobres, refugiadas y refugiados o personas desplazadas mientras se abraza a multimillonarios, fondos buitre y líderes autoritarios.
EL PAPA LES ESTÁ HABLANDO A ELLOS
El sábado, en el Palacio Real, León XIV volvió a insistir. Pidió “huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”. Otra vez. Otra vez el mensaje iba directo al corazón del proyecto ultra europeo, construido precisamente sobre el miedo, el enemigo permanente y la paranoia cultural.
Porque eso es Vox en gran parte. Una máquina de fabricar amenazas. La “invasión migratoria”. La “islamización”. Los “estercoleros multiculturales”. Siempre hay un enemigo útil. Siempre alguien a quien culpar.
Mientras tanto, el Papa hablaba también de derecho internacional, paz y solidaridad entre pueblos. Justo cuando Vox lleva meses alineándose con Donald Trump incluso en posiciones relacionadas con Gaza o Irán, despreciando organismos internacionales y relativizando violaciones flagrantes de derechos humanos.
La contradicción es ya imposible de ocultar.
Lo interesante es que la tensión no viene de ahora. Lleva meses creciendo. Y tiene mucho que ver con la inmigración. Ahí está el verdadero choque. Porque mientras la Iglesia católica española respaldó la regularización masiva impulsada por el Gobierno —apoyada por 84 instituciones católicas, incluyendo Cáritas o la Conferencia Episcopal— Vox respondió acusando a obispos y organizaciones religiosas de “hacer negocio con la inmigración ilegal”.
Ese fue el nivel.
Abascal llegó a decir que algunos obispos debían “bajar del palacio” para ver las consecuencias de la inmigración. Como si quienes trabajan diariamente con personas pobres, migrantes o excluidas fueran precisamente los que viven aislados de la realidad. Tiene cierta ironía.
José Antonio Fúster fue todavía más lejos. Llegó a invitar a los obispos críticos con la “prioridad nacional” de Vox a irse a Molenbeek, el barrio de Bruselas convertido desde hace años en símbolo propagandístico de la extrema derecha europea. Siempre el mismo recurso. El barrio multicultural como amenaza. La convivencia como decadencia.
Y mientras tanto, León XIV insistiendo en algo bastante básico. Bastante humano. Que no se puede rezar despreciando personas.
LA DERECHA QUE USA A DIOS COMO DECORADO
Hay algo profundamente revelador en todo esto. Vox no está defendiendo el cristianismo como fe. Está defendiendo una identidad cultural vaciada de contenido ético. Una estética. Una bandera emocional útil para construir exclusión.
Porque cuando la Iglesia habla de acoger migrantes, molesta.
Cuando habla de paz en Gaza, molesta.
Cuando denuncia el odio al diferente, molesta.
Cuando recuerda la dignidad humana, molesta.
Entonces dejan de escuchar al Papa y empiezan a hablar de “deriva de algunos pastores”, como hizo Abascal en febrero. O directamente responden con un “que digan misa”. Literal.
Ahora intentan suavizar el choque porque la visita papal les obliga a posar como católicos respetables. Pepa Millán con mantilla. Garriga defendiendo el uso del castellano en la Sagrada Familia. Declaraciones institucionales cuidadosamente medidas. Todo muy solemne.
Pero debajo sigue intacto el mismo proyecto político basado en señalar al diferente y convertir la empatía en debilidad.
Y ahí está el problema para Vox. Que León XIV no les está discutiendo un matiz técnico. Les está desmontando el marco moral entero.
Porque resulta complicado presumir de defender la civilización cristiana mientras atacas precisamente todo lo que el cristianismo dice sobre pobres, migrantes, paz o fraternidad humana.
Al final, lo verdaderamente incómodo para la extrema derecha no es que el Papa venga a España.
Es que el Papa siga leyendo el Evangelio.
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