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Estados Unidos ha convertido la salud en una operación financiera. Y UnitedHealth es su trader estrella.
INCENTIVOS PARA NO SALVAR VIDAS
34.000 millones de dólares de beneficio en 2024. Esa es la cifra que explica todo. No el juramento hipocrático, no la salud pública, no la medicina como derecho. En la cima del sistema sanitario estadounidense, lo que manda es el capital. Y el capital, en manos de UnitedHealth, ha dictado una sentencia: mejor un paciente muerto que uno hospitalizado.
La denuncia no viene de un panfleto radical. Senadores demócratas de Estados Unidos, Ron Wyden y Elizabeth Warren, han exigido explicaciones a la empresa después de que una investigación de The Guardian revelara que UnitedHealth está premiando económicamente a las residencias que evitan hospitalizar a personas ancianas, aunque eso suponga condenarlas.
El mecanismo es brutal en su sofisticación. Optum, filial de UnitedHealth, emplea directamente a profesionales médicos en residencias o los coordina con el personal de los centros. Pero en lugar de garantizar que los pacientes sean trasladados al hospital cuando lo necesitan, se imponen techos presupuestarios y se ofrece dinero a cambio de reducir traslados. “Stockbrokers disfrazados de médicos”, lo llamó uno de los denunciantes.
Una persona mayor, según los registros filtrados, sufrió daño cerebral irreversible tras no ser trasladada a tiempo. No fue un caso aislado. No fue un error. Fue una estrategia. Una estructura empresarial de negligencia sistemática, según testimonios recogidos por The Guardian.
ÉTICA MÉDICA A PRECIO DE MERCADO
La lógica de la muerte rentable ha calado hasta el fondo del sistema. UnitedHealth controla directamente o a través de sus más de 2.700 subsidiarias casi cada rincón del sector. El algoritmo que decide si alguien debe recibir atención en Medicare Advantage también está bajo su dominio. Y, según una investigación anterior de Stat News, se ha utilizado para negar sistemáticamente cuidados esenciales a personas con enfermedades crónicas.
Presupuesto limitado, traslados restringidos, bonos por evitar el hospital. Esto no es sanidad, es un sistema de apuestas donde el dinero se gana cuando la gente no accede a los servicios. Lo explica bien una de las denunciantes, exenfermera de la compañía: “Obligan a los profesionales a seguir un guion financiero que pone en peligro a las y los pacientes. Nos forzaban a violar nuestros principios éticos.”
El eufemismo corporativo lo llama “optimización del servicio”. Pero los hechos lo gritan: se está premiando dejar morir antes que curar. El cinismo alcanza el paroxismo cuando la empresa, en su respuesta oficial, asegura que esas políticas “reflejan las mejores prácticas en el cuidado de personas mayores”.
¿Mejores prácticas según quién? ¿Según qué código moral? ¿El de Wall Street?
UN PROBLEMA DE ESTADO, UNA CÚPULA INTOCABLE
La gravedad del caso no se limita al mal funcionamiento de una empresa. El caso UnitedHealth es un espejo de la privatización absoluta de la salud en Estados Unidos, y del modelo que Donald Trump no solo ha tolerado, sino reforzado y defendido.
El Departamento de Justicia, bajo el propio Trump, ha iniciado investigaciones, como confirma el propio Wendell Potter, exdirectivo de Cigna y hoy presidente del Center for Health and Democracy. Pero no por convicción política: los grandes inversores han perdido cientos de miles de millones con las caídas bursátiles tras destaparse el escándalo. Si hay movimiento en la justicia es porque hay sangre en el parqué, no compasión en las instituciones.
La clase política, tanto republicana como demócrata, ha permitido durante décadas que las aseguradoras devoren el sistema público, los hospitales se convirtieran en franquicias, y la medicina en una bolsa de valores. Pero ahora hay un límite que se ha cruzado: el lucro con la vida de las y los ancianos.
No se trata de un error del sistema. Es el sistema. Se premia no salvar. Se penaliza curar. Se despide a quien se niega a seguir el guion. Se manipula a quienes trabajan en cuidados para que se conviertan en cómplices.
Una palabra recorre este caso: casta sanitaria, pero no la de médicas y enfermeros, sino la de ejecutivos blindados, fondos de inversión, y algoritmos letales.
El verdadero crimen no es la negligencia, es la arquitectura que la financia.
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