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El nuevo mapa de la infamia tiene forma de jaula.
UNA DEPORTACIÓN GLOBAL, PAGADA CON SILENCIO
La maquinaria de deportación masiva impulsada por la administración de Donald Trump ha roto todos los límites morales, diplomáticos y jurídicos. Ya no se trata de expulsar a personas de su territorio. Se trata de crear una red global de terceros países dispuestos a aceptar migrantes que no son suyos a cambio de dinero, favores geopolíticos o intercambio de prisioneros. Se trata de pagar para deshacerse de seres humanos. Se trata de externalizar la crueldad y rebautizarla como acuerdo internacional.
A día de hoy, al menos nueve países han aceptado recibir migrantes expulsados por Estados Unidos sin ser nacionales suyos: Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Panamá, México, Ruanda, Sudán del Sur, Esuatini y Kosovo. Algunos lo hacen de forma puntual, otros han establecido programas estables de recepción. Todos, sin excepción, tienen un denominador común: violaciones sistemáticas de derechos humanos, conflictos internos o regímenes autoritarios que no garantizan el mínimo jurídico ni humanitario a las personas deportadas.
No importa si el país receptor está gobernado por un rey absolutista como en Esuatini o si sufre una de las crisis humanitarias más graves del planeta como Sudán del Sur. Lo relevante es que estén dispuestos a hacer el trabajo sucio que Trump no puede ejecutar dentro de sus propias fronteras sin quedar retratado ante la opinión pública internacional. La crueldad se privatiza y se subcontrata. Las leyes se esquivan con acuerdos secretos. La humanidad se borra con talonarios.
Desde el fallo del Tribunal Supremo que dio luz verde a las deportaciones a terceros países, los vuelos se han multiplicado. No hay apenas notificación previa. No hay abogados. No hay información a las familias. No hay garantías. Solo un número de vuelo, un uniforme de ICE y un destino que nadie eligió.
RAZONES DE ESTADO, INTERCAMBIO DE PRESOS Y VIOLENCIA SUBCONTRATADA
En esta red de países cómplices hay de todo: Estados que buscan reconocimiento internacional, como Kosovo, que ha aceptado hasta 50 deportados a cambio de que EE.UU. presione para que otros países lo reconozcan como Estado. Gobiernos que se venden por millones de dólares, como El Salvador, que aceptó a más de 200 venezolanos —acusados sin juicio de pertenecer a una banda criminal— a cambio de casi cinco millones de dólares. Incluso se han ejecutado intercambios de prisioneros, como en ese mismo caso, en el que los venezolanos fueron devueltos a su país a cambio de ciudadanos estadounidenses, entre ellos un asesino múltiple condenado en Madrid.
En Ruanda, los deportados recibirán formación y alojamiento, asegura el Gobierno. Lo mismo prometía el Reino Unido cuando intentó en 2022 un acuerdo similar, invalidado por su Tribunal Supremo. Aquella vez pagaron 380 millones de dólares. Nunca se devolvieron. Hoy Ruanda vuelve a ser destino de deportación, esta vez bajo el sello de Trump, y sin garantías judiciales.
En Esuatini, los deportados están en régimen de aislamiento, sin asistencia legal y en prisión de máxima seguridad, pese a no haber cometido delito alguno. El país está gobernado por un monarca absoluto, acusado de represión brutal. En Sudán del Sur, ocho hombres fueron enviados tras semanas retenidos en una base militar en Yibuti. Su destino final: un país devastado, sin seguridad ni derechos.
Algunos países, como Panamá o México, han permitido vuelos puntuales. En México, miles de personas de otras nacionalidades han sido recibidas sin revuelo público, en una política de puertas abiertas bajo chantaje diplomático. En cambio, en Panamá o Costa Rica, la reacción social fue tan fuerte que los gobiernos cancelaron nuevas operaciones.
Lo que EE.UU. llama “solución diplomática” es en realidad un castigo sin fronteras. Deportar migrantes no solo a su país de origen, sino a países donde serán invisibles, sin estatus legal, sin redes sociales, sin idioma, sin defensa. La externalización del infierno.
Y mientras tanto, Trump vende esta barbarie como la mayor operación de deportación de la historia de Estados Unidos. En efecto, lo es. También es la más cínica, la más secreta y la más inhumana. Pero en tiempos donde el autoritarismo se viste de democracia, las cifras parecen importar más que las vidas.
Esta red de países receptores no es un error diplomático. Es un modelo. Es el Guantánamo global del siglo XXI. Pero esta vez, sin cámaras. Sin periodistas. Sin nombres. Solo humanos reducidos a moneda de cambio.
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