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Después de incendiar Oriente Medio junto a Israel, Washington firma concesiones, petróleo caro y propaganda para intentar salvar unas legislativas en noviembre.
LA GUERRA QUE IBA A DURAR SEMANAS HA DURADO CASI CUATRO MESES
Donald Trump quería una victoria rápida. Un golpe de autoridad. Una de esas escenas de poder imperial con bandera, rueda de prensa y titulares obedientes hablando de “firmeza”. La guerra contra Irán empezó el 28 de febrero con bombardeos de Estados Unidos e Israel y con la promesa tácita de siempre: destruir, imponer, redibujar el mapa y luego llamar paz al repliegue. Pero casi cuatro meses después, el resultado es bastante menos cinematográfico. Trump ha terminado aceptando un memorando de entendimiento que no parece una rendición iraní, sino una retirada estadounidense envuelta en celofán electoral.
La escena es reveladora. Tras la cumbre del G7 en Evian, Francia, celebrada el 16 de junio, el presidente estadounidense salió a explicar un acuerdo que, según la Casa Blanca, fue firmado digitalmente el domingo por el vicepresidente Vance y el presidente del Parlamento iraní, Ghalibaf, con Trump como testigo. Después lo firmaron Trump y el presidente Pezeshkian. La rúbrica protocolaria está prevista este viernes en Ginebra. Mucha solemnidad para intentar tapar una evidencia bastante simple: la guerra no consiguió lo que prometía conseguir.
Trump dijo que el acuerdo evita una “catástrofe económica”. Traducido del idioma imperial al castellano corriente: metieron al mundo en un incendio y ahora presumen de haber encontrado una manguera. También admitió algo aún más incómodo para Washington y Tel Aviv: aunque los bombardeos siguieran durante semanas, meses o años, el estrecho de Ormuz podía no reabrirse. Es decir, la mayor maquinaria militar del planeta descubriendo otra vez que la geografía existe. Y que los países bombardeados no siempre obedecen al guion escrito en despachos con aire acondicionado.
Antes de los ataques, el 27 de febrero, el estrecho estaba abierto. Después de la guerra, el barril de Brent se instaló en los 100 dólares, la gasolina subió un 50% para las y los estadounidenses y la inflación llegó al 4,2%, el pico más alto en tres años. Esto no lo pagó Trump. Lo pagaron trabajadoras, trabajadores, familias, pequeñas empresas, gente que no decide guerras pero sí paga sus facturas. Como siempre. El militarismo lo anuncian los ricos y lo financian quienes no tienen chófer ni avión privado.
La proximidad de las elecciones legislativas de noviembre pesa más que cualquier discurso sobre seguridad global. Trump tiene el control del Legislativo y teme perderlo. Ahí está la clave. No en la paz. No en el derecho internacional. No en las víctimas. En la gasolina, la inflación y las urnas. La guerra que iba a durar 4-6 semanas se convirtió en un agujero político, económico y diplomático. Y cuando el imperio ve amenazada su caja registradora, descubre de pronto las virtudes de la negociación.
EL ACUERDO QUE NO MEJORA EL DE OBAMA Y SÍ DESNUDA EL FRACASO DE TRUMP
El memorando tiene 14 puntos y contiene concesiones que la derecha estadounidense ya mastica con rabia. Prevé la reapertura del estrecho de Ormuz bajo control iraní, algo que ya existía antes de los bombardeos, con el riesgo de que Teherán imponga tasas de paso. Incluye el levantamiento de ciertas restricciones económicas. Deja el programa nuclear para conversaciones futuras. Y no cuestiona el régimen de los ayatolás, pese a que Trump había coqueteado con la fantasía de una rebelión interna tras los ataques. Mucho ruido, muchas bombas, mucho pecho inflado. Al final, nada de cambio de régimen.
El texto abre una negociación de 60 días, prorrogable por acuerdo mutuo. Durante ese plazo, Irán permitirá el libre tránsito por el estrecho y Estados Unidos levantará en 30 días el bloqueo marítimo a los buques que salen y entran en puertos iraníes. Washington se compromete, como parte del acuerdo final, a levantar todo tipo de sanciones contra la República Islámica. Así, sin épica. Con papel, firma y tragadera.
La parte más escandalosa para el trumpismo duro es el fondo de al menos 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo económico de Irán. Estados Unidos se compromete a trabajar con socios regionales en ese plan, a conceder licencias, exenciones y autorizaciones financieras. Dicho de otro modo: después de bombardear, toca pagar. Pero no lo llamarán reparación. Lo llamarán estabilidad. El capitalismo armado siempre encuentra una palabra limpia para cubrir una operación sucia.
La derecha republicana ya ha olido la derrota. Bill Cassidy, senador por Luisiana, ha denunciado que no se frenan las ambiciones nucleares de Irán y que el cierre de Ormuz ha demostrado ser eficaz como instrumento de presión. También recordó que antes de la guerra el estrecho estaba abierto, Irán estaba asfixiado por sanciones y 13 militares estadounidenses seguían vivos. Ahora hay 13 muertos, miles de millones gastados en combustible, sanciones camino de levantarse y bombardeos detenidos. Ted Cruz, desde Texas, ha cargado contra la idea de entregar miles de millones a un régimen teocrático y contra permitir que Irán cobre por el tránsito marítimo. No lo dicen por pacifismo, claro. Lo dicen porque la guerra les ha salido mal.
Y aquí aparece el fantasma de Obama, el hombre al que Trump intentó borrar con una firma en 2018 al abandonar el acuerdo nuclear de 2015. Aquel pacto obligaba a Irán a enriquecer uranio solo al 3,67% y Teherán se deshizo del 98% de sus reservas. Trump rompió aquello en nombre de una dureza que ahora vuelve por la puerta de atrás, más cara, más sangrienta y menos eficaz. Irán acumuló uranio altamente enriquecido como respuesta a esa ruptura. Un problema creado por Trump y vendido después como amenaza inevitable.
El acuerdo actual recoge que Irán reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares. La trampa propagandística está en presentarlo como un gran logro, cuando Irán lleva décadas sosteniendo esa posición como Estado parte del Tratado de No Proliferación. También se acepta que Teherán tenga uranio enriquecido bajo un mecanismo acordado y supervisión del OIEA. Para uso energético se necesita uranio enriquecido entre el 3% y el 5%. A partir del 20% ya se considera altamente enriquecido. Para una bomba suele hablarse del 90% o más. Y el isótopo útil para fabricarla representa apenas el 0,7% del uranio natural. Datos. No consignas.
El programa de misiles iraní ni siquiera aparece de verdad como pieza central del acuerdo. Trump, que en 2018 exigía que Irán no tuviera misiles balísticos intercontinentales y dejara de amenazar la navegación en el Golfo Pérsico y el mar Rojo, ahora acepta una realidad incómoda: Teherán no va a desmantelar el corazón de su doctrina de seguridad porque Washington lo ordene. La guerra lo ha demostrado. Las bombas también tienen límites. Aunque algunos tertulianos tarden décadas en enterarse.
Esto no convierte al régimen iraní en víctima angelical ni borra su autoritarismo. Pero sí deja al desnudo otra cosa: Estados Unidos e Israel provocaron una escalada que no resolvió el problema nuclear, encareció la vida de millones de personas, dejó muertos, bloqueó rutas energéticas y terminó en un acuerdo peor para Washington que el que Trump destruyó por pura soberbia política.
La gran potencia que prometía imponer orden ha terminado negociando con quienes quería doblegar. Y eso, aunque lo envuelvan en banderas, comunicados y sonrisas de cumbre, tiene un nombre bastante antiguo: fracaso.
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